Retratar las muchas caras del mundo

Retratar las muchas caras del mundo (sobre la serie Mundos íntimos)

Todos tenemos nuestro desván de historias. Esa imagen que siempre vuelve, el dato latente, la certeza no revelada que hoy reclama vida propia. Sabemos que ponerlas en palabras es reescribirnos, buscarles otros significados, esculpir los que estuvieron silenciados. Una tarea que necesita de alguien que escuche, que tenga reminiscencias distintas pero que en un lugar se rocen: compartir es una forma de comunicar.

En mi propio desván existe una historia mínima vinculada con el periodismo. De muy chico –diez, once años– devoraba las crónicas de Vietnam en clave de novela humana. Sospechaba, con razón, que ahí se jugaba algo que era pura realidad despojada. No entendía qué había en la balanza, pero quería estar para contarlo: la figura del cronista que vaga por el otro extremo del planeta me provocaba al límite. Así fue que la vocación se mantuvo y me ganó el oficio. Pero el destino marca sus intríngulis: nunca cubrí una guerra y cada vez me alejé más de las noticias duras, calientes.

No creo que haya sido por mero azar. Una cierta necesidad de conocer al otro, de saber qué había detrás de lo aparente me enseñó a mirar lo cotidiano. A entender que el tuétano de una buena historia no sólo se asocia a momentos políticos y sociales críticos sino también a esa otra batalla, la más difícil, la de intentar ser personas cómodas en nuestra piel en el día a día. Así surgieron testimonios fundantes de estas páginas con la idea de retratar las muchas caras de nuestro mundo. Ha habido tinta para la pasión y el fútbol, pero también para la mujer torturada que se pregunta sobre el torturador. Para el padre que se siente cobarde y para la profesora de setenta y tantos que se atreve a una sexualidad plena. Para la alegría y para la discriminación. Para los que alguna vez huyeron y para los que jamás quisieron salir.

La emoción no siempre se lleva bien con las matemáticas. Conocemos la magnitud de esas realidades pero el mero número no logra hacer contacto, impresiona sin conmover. Este es uno de los desafíos del periodismo contemporáneo: gestar, a través de un medio masivo, la cercanía de una charla de café, el testimonio con gusto a vida que no hable de lo que pasa sino de lo que nos pasa como un puente para crear vínculos, para ponerse en el lugar del otro, para darse cuenta de que uno no está solo en esas dudas que nos inundan.

Clarín, a principios de 2012, tomó una decisión innovadora al generar un espacio para un periodismo en primera persona en el que el protagonista de lo que sucede es, a la vez, el autor del texto. Un yo que es un nosotros tácito. En esta época de palabras desiertas en la que los amigos se cuentan por miles y las sonrisas prefabricadas avanzan, urge un lenguaje honesto, intimista, a veces confesional que abra el universo personal al debate, que lo cruce con las expectativas y con las lógicas culturales.

Que dé luz a lo que a menudo no se comenta y permanece subterráneo, sin posibilidad de ser conversado. Así iniciamos este diálogo que cada uno de ustedes potenció con sus lecturas, con los comentarios que nos hicieron llegar. Por la repercusión que han logrado, la revista Ñ ofrece durante diez semanas aquellos textos –muchos de escritores destacados– que pusieron en jaque algunas de nuestras ideas más arraigadas. Sabemos que luego vendrán otros. Y se acercarán ustedes una vez más. Y habrá historias inexploradas porque de eso se trata, de sorprendernos, de ser más palabra y menos escondite.

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