Religiosidad y cofradías

Lo testamentos nos informan de una variedad de devociones y sentimientos religiosos de los indígenas, la mayoría de ellos ligados al tránsito de la muerte. Los indígenas, al igual que los otros grupos sociales de la época, invirtieron sus recursos en conseguir un sepelio digno, en ocasiones con pompa, y en asegurar su más allá. Por ejemplo, todos piden que su cuerpo sea amortajado de cierta manera. Y que el día que su cuerpo sea llevado de su casa a la iglesia lo acompañe una cruz. Representando la presencia de Cristo crucificado. Pero había dos posibilidades: cruz alta o baja. La primera era una cruz de dos metros, la segunda no superaba la cabeza del cura que la portaba y era más económica. La segunda era preferida por los pobres, pero también por los que querían dar muestras de humildad cristiana.

Sin embargo una devoción que hasta ahora ha sido muy poco estudiada, es la de la pertenencia de los indígenas a las cofradías de culto. Las cofradías eran una organización de origen medieval, que reunía fervientes devotos. Su propósito fundamental era custodiar y venerar la imagen del santo, pero además velar y socorrer por el alma de los hermanos cofrades. Sin embargo, la esencia de estas cofradías era asistir a sus miembros en el momento de la agonía y la muerte. Sus mayordomos y familiares visitaban al enfermo, y cuando fallecía lo acompañaban en el velorio, cantaban y oraban en su sepelio. Después lloraban y rezaban por su alma. Cada santo o santa, y sus advocaciones tuvieron sus cofradías. Es decir, en cada iglesia o parroquia tenían asiento muchas cofradías. Hubo cofradías de peninsulares y de criollos, es decir de la gente blanca, y en algunas ciudades hubo cofradías de grupos regionales, las que reunían a los vascos, por ejemplo, y rendían devoción a Nuestra Señora de Aranzazu o a San Benito Abad. Hubo cofradías étnicas, de indígenas y negros. Uno de los distintivos del catolicismo del siglo XVI, presente en los indígenas y en los demás grupos, es el fervor y devoción a las santidades. Se trataba, en cierta medida, a que ofrecía en el santo un intermediario, una entidad próxima al dolor de los mortales.

Resulta llamativo que las cofradías hubieran arraigado tanto entre los indígenas. Cada indígena pertenecía a una, o varias cofradías. En ocasiones hubo quienes pertenecieron a más de una, tanto como siete u ocho cofradías. Entre los indígenas las más populares eran la del Santo Rosario, Santa Lucía, Nuestra Señora de las Nieves, Nuestra Señora de Copacacabana, Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Señora de los Remedios, Nuestra Señora de la Candelaria, Nuestra Señora del Campo, Cristo Crucificado, San José, San Agustín, San Francisco, el Santísimo Sacramento, Las Ánimas del Purgatorio y la de la Santa Veracruz. Las últimas promovidas por los franciscanos. La entrega de los indígenas a las cofradías es comprensible puesto que fue el canal a través del cual los misioneros los atraparon a sus parroquias. Su estrategia principal de evangelización se dirigía a la vecindad, la cual terminaban conociendo fielmente. A esa feligresía de vecinos dirigían sus prédicas, la confesión y comunión, y demás sacramentos. Finalmente, eran atraídos hacia las cofradías.

Las cofradías eran organizaciones estables, que contaban con su mayordomo y tesorero. Los aportes de los hermanos proveían de un capital considerable a las cofradías. No cabe duda, que las cofradías eran efectivas redes sociales. Proveyeron el vínculo más estable y duradero a los indígenas en su proceso de establecimiento en la ciudad. En las cofradías los indígenas encontraban solidaridad y asistencia espiritual, elemento que sin duda mantuvo su voluntad en una época caos y cambios vertiginosos. No sabemos aun cuantos elementos étnicos indígenas aparecían en sus formas de culto. Cuanto de la utilización de agua, copal, flores y cantos en las fiestas de las cofradías era una tradición prehispánica, compartida con el catolicismo. Con todo, cuando hablamos de la fe, creencia y devoción de estos indígenas, no quiero afirmar que fuera perfecta en el sentido de la ortodoxia católica. Toda vez que, bien lo sabemos, durante mucho tiempo sobrevivieron formas de culto clandestinas, y en la vida cotidiana tanto ritos como supersticiones se conservaron. La occidentalización y catolización de los indígenas deben verse entonces como procesos y no como hechos terminados.

Además las cofradías presentaban una cierta división de género. Las de la ciudad fueron administradas por mujeres. Ellas fueron el grupo más dinámico de la religiosidad urbana. En cambio, en el campo, en los pueblos indios, los hombres controlaban las mayordomías. En el pueblo indígena la cofradía era un espacio, un poder que competía con el dominio tradicional de los caciques.

Pero si las cofradías nos enseñan elementos comunitarios, no podríamos olvidar que uno de los aspectos más incisivos de la evangelización era la individualización de los indígenas. Es decir, que se asumieran como individuos autónomos y racionales, capaces de discernir entre el bien y el mal, entre Dios y el demonio. El testamento es la concreción cultural de ese logro. En él el indígena habla en primera persona «Yo fulanito de tal…», «Mando y ordeno…». El testador se reconoce persona, en el sentido de la tradición cristiana y romana, y no como alguien que pertenece a una comunidad indiferenciada y homogénea. Aquí el indígena se reconoce como sujeto de derecho, por ejemplo el de poseer sus bienes. Lo sobrenatural cristiano de que nos habla S. Gruzinski17, constituye el más firme amarre entre el alma y el cuerpo, fundamento de la estrategia de conversión de los naturales. Y en el que, a pesar de todos los sincretismos dados, los religiosos lograron sus mayores victorias

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