RELIGION EGIPCIA-. Serapis

En la época de la dinastía ptolomea , instaurada por los sucesores de Alejandro Magno al final del Bajo Imperio, e mediados del siglo IV, Ptolomeo I hizo construir, en la capital Alejandría, el famoso templo denominado Serapeon, en donde, tanto los griegos residentes en la ciudad, como los egipcios, participaban en los misterios del culto a la nueva divinidad, Serapis. Pero ¿quién era esta nueva divinidad, no conocida como tal durante la historia egipcia anterior? La hipótesis más probable es que se trata de una fusión entre dos divinidades tradicionales egipcias, cuya popularidad era particularmente importante en el Delta: Osiris, dios del panteón heliopolitano, identificado con Atón gracias a su vuelta a la vida inmortal, y Apis, el toro sagrado cuyo culto tenía lugar en Memfis. Ambos dioses eran símbolos divinos de la fertilidad y, por lo mismo, el pueblo veía en ellos su esperanza de retorno a la vida después de haber descendido al lugar de los muertos, en el fondo de la tierra. Por su parte, los griegos habían desarrollado con mucha fuerza también, particularmente en Atenas y en Eleusis, ritos mistéricos de fertilidad que constituían sus fiestas principales en primavera y otoño (Thesmoforias eleusinas y Anthesterias dionisíacas).

Pues bien, Ptolomeo I vio en esa devoción popular, tanto egipcia como griega, el recurso político-cultural para unificar a los dos pueblos bajo una misma motivación religiosa y, así, poder ejercer también un poder sacralizado sobre ambos grupos de ciudadanos habitantes de Alejandría. Decidió, pues, construir un santuario popular donde se encontraban por igual griegos y egipcios alejandrinos, invocando y celebrando las fiestas religiosas referidas al mismo protagonista divino, Serapis, en quien los egupcios reconocían sus dioses tradicionales Osiris y Apis y, por su parte, los griegos veían, en la imagen del nuevo dios, una representación antropomórfica típìca del panteón helénico, pues el personaje Serapis tenía una forma humana similar a la imagen de Plutón, que recibía culto en el santuario griego de Sinope. De esta manera, para darle mayor fuerza de convicción religiosa, la historia oficial alejandrina atribuía el origen de esa nueva divinidad a una revelación dada por el mismo dios al rey Ptolomeo I Soter, ordenándole que trasladara la colosal estatua de Plutón, desde su santuario en Sinope a Alejandría, para construirle ahí su nuevo santuario egipcio,el Serapeon.

Otro aspecto significativo de la religiosidad egipcia, durante el Bajo Imperio, lo constituyen los textos sapienciales entonces compilados. La tradición egipcia tenía ya de muy antiguo tradiciones de sabiduría, consistentes sobre todo en consejos de buena crianza o buen gobierno dados por sabios, faraones, o padres, a sus discípulos o a sus hijos para introducirlos en el arte del bune gobierno. Así, del Imperio Antiguo, se conseva la «Instrucción del Visir Pta-Hotep», un sabio egipcio que instruye a su hijo sobre la mejor manera de comportarse para llegar a ser un buen oficial. O bien, la «Instrucción de Meri-ka-re», faraón de la sexta dinastía, que aconseja a su hijo sobre la forma de gobernar con sabiduraía. Del Imperio Medio se conserva también la «Instrucción de Ani», consistente en los consejos de un padre a su hijo sobre la vida de piedad y el correcto comportamiento ritual, así como profundas reflexiones sobre el valor de la compasión en la vida.

Pero es durante el Bajo Imperio cuando los textos sapienciales cobran mayor envergadura, siendo el más importante y significativo el de las Instrucciones de Amen-en-Opet, consejos que, en un total de 30 capítulos, un alto personaje egipcio, de alrededor del 750, dedica a su hijo menor, con unas reflexiones de elevada espìritualidad y justicia ética. Este texto fue utilizado, muy probablemente, por el autor sapiencial del libro bíblico de los Proverbios.

Conclusión

La religión egipcia tiene un interés particular por su vinculación estrecha al problema de la muerte y de la búsqueda de inmortallidad, que lleva a sus ciudadanos a un desarrollo ritual notable por su riqueza sin precedentes, en que, primero el faraón y, a partir del Imperio Medio, todo el pueblo egipcio, encontraban la expresión de su mejor esperanza en el Más Allá.
El mito de Osiris es, sin duda, el exponente más antiguo y permanente de las celebraciones populares de misterios de salvación frente al enigma angustiante de la muerte como peligro real de aniquilación. Contra esa esperanza, adquirida ya por todo el pueblo egipcio, no pudo nada el intento de reforma puritana monoteista emprendido por Akén Atón, a mediados del Imperio Nuevo. La esperanza popular de inmortalidad, no sólo no se extinguió, sino que pudo incluso ampliarse a otros grupos de animales, cuya momificación muestra que podían haber sido también asociados al ritual de Osiris.

La conciencia progresiva del destino inmortal de todo ser viviente, llevó, asimismo, a valorar cada vez más la ética durante la vida, por encima del mero recurso mágico de las «confesiones de inocencia» realizadas durante el Imperio Medio y Nuevo, como consta en los textos del Libro de los Muertos. Asimismo, la conciencia ética permitió un desarrollo notable de textos sapienciales, sobre todo durante el Bajo Imperio, con la profundización de la igualdad radical de todo ser humano, sabio o ignorante, rico o pobre.

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