RELIGION EGIPCIA- Osiris

Los ritos funerarios relacionados con la sepultura del faraón estaban vinculados particularmente con el mito de Osiris. Ese mito no se encuentra explícitamente elaborado en ningún texto egipcio antiguo; sin embargo las referencias son numerosas en los Textos de las pirámides, así como en muchos otros textos que se han recogido en la publicación conocida como Libro de los muertos, que recopila textos, con viñetas ilustrativas, contemporáneos del Imperio Antiguo, así como sobre todo del Imperio Medio y Nuevo. Todo ello permite reconstruir los diversos aspectos del mito con bastante exactitud. La recensión más completa del mito se conserva en un texto griego de Plutarco, del siglo II, traducido al latín con el título De Iside et Osiride.

El mito toma su sustancia de la memoria de un rey predinástico egipcio, Osiris, el que fuera asesinado por su hermano Seth para apoderarse de su reino. Una vez muerto, Seth despedazó el cuerpo de Osiris, desparramando sus pedazos en el río Nilo. De esta manera, quería aniquilar la vida de Osiris, sin dejarle ninguna posibilidad de sobrevivencia, puesto que el Ka, o alma, del difunto sólo podía sobrevivir mientras el cuerpo no estuviera desintegrado, de acuerdo a la antropología unitaria y no dualista de los semitas y egipcios. Ahora bien, Isis, la hermana-esposa de Osiris, con profundos lamentos (que son celebrados en los rituales osirianos) fue siguiendo, a lo largo del Nilo, la pista del cuerpo despedazado de Osiris, para reintegrar sus miembros, mientras Horus luchaba contra el maligno Seth, en cuya refriega perdió un ojo, que aparecerá en numerosos jeroglíficos egipcios como símbolo sacrificial, asegurando así que las plegarias dirigidas a Osiris logren su objetivo siempre que sean hechas «por el ojo de Horus», su hijo.

Gracias a los lamentos y a la búsqueda paciente de Isis, y a la la lucha de Horus contra Seth, el cuerpo de Osiris es, pues, reconstruido por entero, exceptuando sus órganos genitales que fueron devorados por los animales acuáticos del Nilo, que, paradójicamente como el «tabú», simbolizan a la vez la amenaza de muerte y la fertilidad dadora de vida. En su lugar, Isis mandó construir una estatua de Osiris, con un enorme falo de madera, que, llevado en andas, presidía las procesiones de los rituales osirianos. Reconstruido, pues, el cuerpo de Osiris, y gracias a los lamentos de Isis y a la intecesión imprecatoria de Horus, Atón concedió a Osiris el retorno a la vida inmortal, dándole acceso desde entonces a su barca solar, que va nace en el oriente (oriundo) y muere en el occidente (occiso), como dios de los muertos.

El mito de muerte-resurrección de Osiris tomó ya forma ritual durante el Imperio Antiguo. Y ello precisamente en los ritos funerarios de embalsamamiento y sepultura de los faraones. No cabe duda de que la fórmula ritual-mágica encontrada en el muro de una pirámide de la quinta dinastía, dedicada al farón Unas , actualiza ese mito refiriéndolo a la momia del farón difunto, quien aparece como identificado con Osiris, con la esperanza de que, gracias a la eficiencia homeopática de esas fórmulas mágicas, el faraón Unas participe también de la inmortalidad lograda por Osiris.

No parece, sin embargo, que, durante el Imperio Antiguo, el pueblo egipcio, después de haber muerto, tuviera acceso a esos ritos funerarios ni, por lo tanto, a la esperanza de resurrección, gracias a su identificación mágica con el mito de Osiris. Esos rituales eran exclusivos, según parece, del Faraón difunto. Por lo mismo sólo a éste, así como a algunos animales más sagrados, como el escarabajo y el cocodrilo, se les aplicaban los rituales de embalsamamiento y momificación. De hecho, únicamente de ellos se conservan momias correspondientes al Imperio Antiguo.

2.2. Religiosidad durante el Imperio Medio y Nuevo-.a. «Democratización» de los ritos funerarios

Al finalizar la sexta dinastía, y con ella el Imperio Antiguo, tiene lugar el llamado «Primer Interregno», durante el cual la crisis social y religiosa determina situaciones humanas de angustia por parte de la gente. De este período se conservan testimonios impactantes, como la tentación de suicidio de un ciudadano ante la falta de horizontes en esta vida; pero la duda se le plantea ya con respecto al «más allá» y a la inseguridad de si, quienes le sobrevivan, le harán o no los rituales funerarios adecuados que le permitan acceder a ese incierto «Más Allá».
Con el inicio del Imperio Medio, la perspectiva religiosa del pueblo egipcio experimenta una notable transformación. Los faraones dejan de hacerse construir las enormes pirámides y éstas reducen notablemente su tamaño, localizándose sus tumbas sobre todo en el Valle de los Reyes, cerca de la nueva capital, Tebas, junto a las de otros personajes de la nobleza. Ahora los difuntos del pueblo son también momificados, siendo objeto de los rituales funerarios que acompañan la momificación y la sepultura y teniendo así, gracias a ello, acceso a la esperanza de inmortalidad que, durante el Imperio Antiguo, era exlusiva de los faraones.

Se conserva un texto que muestra la transición hacia esa nueva etapa «democratizadora». Es la carta de agradecimiento de un ciudadano egipcio, Sinu-he, quien después de transcurrir su vida en un país extranjero regresa a terminar su vida en Egipto, donde, por encargo del faraón Senruset I (1970-1936), se le hace construir un mausoleo para su sepultura, una vez se haya muerto. Sin-hue agradece al faraón el favor y termina con estas palabras: «No ha habido antes otro hombre de condición humilde para quien se haya dispuesto cosa semejante».

La excepción, sin embargo, pasó a ser la regla general a lo largo del Imperio Medio; no en el sentido de que todos tuvieran grandes mausoleos, sino en el hecho de que todos los egipcios recibían un trato ritual semejante, por parte de los familiares, con la convicción adquirida de que con ello tenían acceso a la inmortalidad, gracias a su identificación mágica con el mito de Osiris. Este fenómeno, conocido como la «democratización de los ritos funerarios», constituye el aspecto más característico de la religión egipcia durante el Imperio Medio y Nuevo y, tal como lo destaca el egiptólogo A. Moret, «denuncia la transformación social más grande que la historia de Egipto nos haya revelado».
Un abundante material ritual-mágico, referido al sepelio y embalsamamiento de los ciudadanos difuntos a lo largo de la historia egipcia, ha sido compilado en el famoso Libro de los muertos. Esta compilación contiene fundamentalmente los rituales funerarios correspondientes a los tres pasos requeridos para su correcto desempeño y, por lo mismo, para que el funeral consiga la eficacia esperada, «saliendo al Día», junto a Osiris, en la barca solar de Atón: «Plegarias y rito de momificación», «Apertura de la boca y regeneración» y «Sepultura del difunto con transfiguración». Los restantes capítulos, hasta el 192, el último, contienen ritos para celebrar en aniversarios posteriores de la muerte del difunto.

El centro teológico de los ritos aquí compilados está en la identificación del difunto con el mito de Osiris, que permitía a los ciudadanos confiar en la propia resurrección, gracias al resultado del ritual, plenamente garantizado siempre que se ejecutara de acuerdo a las normas prescritas, gracias a la fuerza «homeopática » del mismo ritual mágico.

El capítulo más significativo lo constituye sin duda el 125, precedido con su notable viñeta ilustrativa. La escena representa la «Sala del juicio de Osiris», o «Sala de las dos verdades». El ka, o alma, del difunto aparece entrando a por el extremo derecho, vestida de blanco como símbolo de inocencia y con la pluma de la sabiduría verdadera sobre su cabeza, acompañada de la diosa misma de la Verdad (Maat). En el extremo opuesto está Osiris, sentado en su trono con sus dos coronas y sosteniendo el látigo, en una mano y, en la otra, una cruz con un círculo en su parte superior, como símbolo de eternidad inmortal (ankh). Mientras, a sus pies hay la bestia infernal «Babi», el «devorador de Occidente» (Duat). En este juicio, el alma está representando a su propio cuerpo, cuya momificación ritual le permitirá sobrevivir. Para ello, ha de superar con éxito el juicio de Osiris. En el centro de la escena hay unas balanzas, en cuyos platillos se encuentra, por un lado, el del difunto y, por el otro, la pluma de la sabiduría. Anubis y Horus hacen el pesaje, mientras el dios lunar, Thot, toma nota del resultado del pesaje del difunto, en el juicio de Osiris, convertido en el dios de los muertos, quien decide su «salida al Día», en la barca solar de Atón, o su permanencia en el lugar de los muertos, devorado por Babi en el Duat.

El juicio tiene dos momentos sucesivos: primero, la «confesión de inocencia» del difunto, cuya función es identificarse mágicamente con Maat. Si bien el listado de todos los actos malos, que el difunto confiesa no haber cometido, ofrece una perspectiva sobre la valoración moral que tenía el Antiguo Egipto, ello no significa necesariamente que el difunto se había comportado así; sino que, al poner en su boca, y pegar como amuleto en el pecho de su momia, esa confesión ritual, por la fuerza de la magia «homeopática», equivalía a su efectivo comportamiento ético, ante el tribunal de Osiris.
Una vez terminada esta confesión, el alma del difunto era introducida por Thot ante la presencia de Osiris; pero, antes, debía pasar la segunda prueba, consistente en conocer los nombres secretos de las cuarentaydos divinidades que aompañaban a Osiris en el juicio, con sus respectivas plumas de sabiduría (maat) sobre sus cabezas. La pronunciación de esos nombres, culminaba con el del nombre secreto de Osiris. Con lo cual, el difunto accedía a la barca solar, «saliendo al Día», junto a Osiris.

La eficiencia del ritual aplicado al difunto se ratifica en la conclusión del mismo capítulo 125, cuyo texto, colocado sobre el pecho de la momia del difunto, dice:

«Aquel sobre quien este libro sea recitado, será próspero…no será sacado de ninguna puerta de Occidente, sino que será introducido junto a los reyes del Alto Egipto y del Bajo Egipto, y él estará en el séquito de Osiris. Esto ha sido realmente eficaz millones de veces».

La importancia mágica del conocimiento del «nombre secreto» de Osiris puede relacionarse con el texto de Exodo 3, 14, cuando, al ser mandado por Dios a enfrentarse con el faraón, Moisés le pide a Jahvé que le revele su «nombre», para poder así usarlo con la eficiencia propia de la magia, ante el poder faraónico. Pero Dios rehuye dárselo dárselo, contestándole:»Yo seré quien estaré ahí» (Jahvé…Jahvé»); es decir, no va a ser Moisés quien, gracias a tener el «secreto» del Nombre del Dios poderoso que lo envía, realizará la liberación del pueblo; sino que será Dios mismo quien lo haga por su decisión gratuita soberana. Por eso, en lugar de pronunciar «Jahvé», ese tetragrama sagrado se lee como «Adonai» (Señor). Es el mismo significado «antimágico» que explica la prohibición bíblica de «pronunciar el Nombre de Dios en vano».
La devoción popular al dios Osiris no esperaba, sin embargo, la muerte de alguien para manifestarse. Durante el Imperio Medio, la celebración del misterio de Osiris, particularmente en el santuario de Abydos, aumentó en interés con respecto al Imperio Antiguo. Puesto que ahora el pueblo entero participaba en ese culto, sintiéndolo como referido no sólo a la inmortalidad del faraón, sino de cada ciudadano. Ello no quita que el faraón conservabaya en vida, su antiguo privilegio de ser considerado «hijo del dios solar».

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