RELIGION EGIPCIA- Creencias religiosas principales- 1. Base animista y magia

No cabe duda que las formas primitivas de religiosidad en Egipto fueron de tipo animista, con las prácticas mágicas que le son inherentes y que acompañaron siempre su religiosidad. El elemento animista principal en esa primera religiosidad era conocido como el Ka. Y puede describirse así:
«Una especie de sombra clara, análoga al reflejo que se percibe en la superficie de un agua tranquila o de un espejo limpio; una proyección viva y coloreada de la figura humana, un doble que reproducía en sus menores detalles la imagen entera del objeto o del individuo al cual pertenecía».

Se trata, pues, del equivalente a cierto concepto de «anima», que es como un doble del ser corporal y que, como tal, puede separarse de él, aunque siempre en referencia a él, de tal forma que, sin esa referencia, no podría existir. Cuando se separa del cuerpo (muerte), entonces pasa a ser Ba y, en imágenes posteriores, se representa como un pájaro.

De esta manera se formaban fetiches de piedra o de madera que consideraban habitados por su «ka». Asimismo, los árboles, los animales y las montañas estaban habitadas por esas «ánimas» que a menudo se representaban antropomórficamente.
Probablemente, las divinidades egipcias , tan abundantes a partir del Imperio Antiguo, son en gran parte transformaciones de anteriores creencias en «ánimas». Así se explican las representaciones diversas de esas divinidades con figuras humanas o de animales. El hombre y el animal son, en efecto, los vivientes más «animados» de la naturaleza. Nada de extraño, pues, que sean ellos los que más fácilmente se divinizaron.
Los astros, particularmente el sol, por su impacto especial sobre los desiertos egipcios, tienen un culto privilegiado en el Egipto histórico; pero el culto astral está siempre relacionado y en función del culto a los espíritus o ánimas. Ello explica que el dios más popular en Egipto no sea Amón o Atón, sino el dios de los muertos, Osiris. Y, por lo mismo, se explica también que los ritos funerarios constituyan el centro del culto egipcio a lo largo de toda su historia, así como la práctica ritual de la momificación de hombres y animales.

Todas estas creencias, relacionadas con el «animismo» primitivo, iban vinculadas a prácticas mágicas, destinadas a controlar o asegurar la acción de los espíritus (o espíritus divinizados) en beneficio de los fieles egipcios. Por lo demás, la asociación entre animismo y magia es un fenómeno constante en la religiosidad primitiva. Por otra parte, esta notable base animista de la religiosidad egipcia iba probablemente vinculada a una cultura matriarcal en sus primeros orígenes. Es sabido, en efecto, que las culturas matriarcales, fundamentalmente agrarias, desarrollan formas religiosas animistas relacionadas con la observación de los ciclos de muerte y vida en la naturaleza, o de fertilidad (invierno-primavera), propios de la agricultura. Se sabe que, en los tiempos proto-históricos inmediatamente anteriores al establecimiento de la primera dinastía faraónica, una buena parte del Alto Egipto era gobernado por siete reinas en un tipo de cultura matriarcal. Su emblema era el buitre. De ahí que le primer faraón, Menes, al unificar en sus manos los dos Egiptos, tomó también por emblema el buitre, junto con el suyo propio, la cobra, correspondiente al Bajo Egipto. Y es posible que la esposa de Menes, Neithotep, haya sido la reina heredera del Alto Egipto, última representante de la antigua cultura matriarcal egipcia. Esa misma raíz matriarcal podría también explicar el hecho de que la ley de sucesión dinástica, durante gran parte de la historia egipcia, fuera matriarcal. El trono se trasmitía por sucesión femenina. Es decir, la hija mayor era heredera legítima de la corona; aunque, debido a la dureza militar necesaria para mantener la unidad de ambos Egiptos, a partir de su unificación en manos de Menes, se vio necesario recurrir a reyes varones. Por esa razón, el primer hijo varón de la corona solía casarse con su hermana heredera del trono, de esta manera el hombre asumía el título de faraón gracias a estar casado con la heredera real legítima. Esta, por su parte, conservaba siempre el título de «Gran Reina».

Ello explica también que, en Egipto, el faraón y su esposa fueran frecuentemente hermanos carnales.

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