Relatos y acordes de una pasión

Todas las historias de amor se parecen, todos los enamorados tienen algo en común: cada uno cree ser la excepción, el primer cartógrafo de una tierra desconocida.

El fanático de la ópera. Etnografía de una obsesión (Siglo veintiuno editores) es un libro curioso, que contiene muchas historias de amor, y que funciona, él mismo, como una cartografía para un territorio poco explorado. El amor es el de un puñado de melómanos por ese espectáculo deslumbrante que es la ópera. La cartografía es la del circuito de ópera de Buenos Aires y sus alrededores, con sus figuras recurrentes, sus obsesiones, sus rincones sagrados y sus códigos precisos.

No es que no existan libros sobre la ópera y el lugar simbólico que ocupa entre los productos culturales. Pero las particularidades del libro del sociólogo argentino Claudio Benzecry son varias, y de muy diversa índole. En primer lugar, El fanático de la óperaes un libro publicado originalmente en inglés, en el ámbito académico del que su autor forma parte (es profesor de Sociología en la Universidad de Connecticut y la primera edición de The Opera Fanatic fue publicada por la Universidad de Chicago). De ahí la profusión de algunos datos o descripciones que un lector argentino podría suponer innecesarias.

Algunos de esos pasajes –la descripción de las calles que rodean al Teatro Colón, la distancia entre Buenos Aires y La Plata, por ejemplo– producen un efecto inesperado: de pronto nos encontramos mirando con ojos extraños un paisaje habitual.

Ese distanciamiento es fundamental para el abordaje de un tema que exige liberarse de algunos prejuicios que rodean al mundo de la ópera en general y al Teatro Colón en particular.

El propio autor debió someterse a un proceso similar de extrañamiento, al tener que enfrentarse como observador distante a un universo que conoce desde que era niño y acompañaba a su padre a ensayos y funciones.

La investigación implicó años de trabajo de campo, asistiendo a varios teatros, entrevistando largamente al público, observando su comportamiento dentro y fuera de las salas, para identificar los mecanismos que convierten a una persona común y corriente en el “fanático de la ópera” que da título al libro.

Esa mirada “extraña” para una realidad aparentemente cercana es una de las virtudes del libro, a la que debe sumarse otra, no menos importante: el oído atento.

Benzecry entrevista a los fanáticos y los deja hablar durante horas, a lo largo de varios días, para escuchar sus propias historias, la imagen que ellos mismos se forjan de su propia pasión por la ópera y, muy especialmente, del lugar que esa pasión ocupa en la definición de su identidad. Probablemente, esta sea una de las ideas centrales del estudio. La de que, para el fanático de la ópera, la asistencia periódica a los espectáculos líricos es una de las notas fundamentales que lo definen, ante sí y ante los otros.

La sociología posee numerosas herramientas para abordar el fenómeno, y la bibliografía de Benzecry es, en este sentido, profusa: desde la dinámica de los grupos de consumidores de marihuana hasta agrupaciones religiosas, la pertenencia a un colectivo es importante por la relación con los otros integrantes, por su diferenciación con el resto y, desde ya, por el tipo de ritual de iniciación que todo aspirante debe cumplir para ingresar. El fanático de la ópera se concentra, alternativamente, en cada uno de estos ejes para intentar dar cuenta de su objeto, elusivo y sólo aparentemente caprichoso.

A modo de ejemplo: la observación sugiere que el fanático se relaciona con sus pares exclusivamente en el ámbito del teatro. Algunos de los entrevistados podrían ser personajes de Thomas Bernhard, solitarios, obsesionados con ese objeto al que, como todo enamorado, pueden percibir de manera distorsionada, exagerando algunos atributos y desdeñando otros, interactuando en los teatros con otros como él, lobos esteparios a los que únicamente el mundo de la ópera puede integrar, momentáneamente, en una manada.

En cuanto a la diferenciación, y este sea acaso uno de los puntos más importantes en la caracterización del fanático, la distancia no se pone entre quienes asisten al teatro y quienes no manifiestan interés por la ópera –aunque algunos entrevistados hacen referencia a la necesidad de ocultar su pasión de los ojos de los no-iniciados–, sino al interior mismo del público de ópera.

El fanático, pues, busca diferenciarse de aquellos otros asistentes que no viven el espectáculo del modo visceral en el que él se ve afectado por lo que ocurre en el escenario. No por recurrente, la metáfora futbolística deja de ser apropiada: en un estadio, los hinchas de un equipo no buscan diferenciarse de los del otro equipo (eso se da por descontado), sino de otros grupos de la misma hinchada. Así, la barra de la popular les espeta a los cómodos plateístas que son ellos los que le “ponen el cuerpo” a la experiencia. En el Teatro Colón, la oposición se da entre los asistentes a palcos y plateas, menos comprometidos emocionalmente, y los fanáticos asistentes a las localidades superiores.

El cuerpo es, entonces, fundamental. Uno de los hallazgos de la investigación es lograr poner en primer plano la experiencia corporal, antes que intelectual o espiritual, del fanático. Algo en lo que casi todos los entrevistados coinciden es en el señalamiento de una fuerte reacción física ante el primer contacto con la ópera, revivida en cada nueva función, muchas veces con la anticipación de un momento preciso de la obra –un aria, un dúo– que genera ese punto máximo de conmoción que, fundamentalmente, se siente en el cuerpo.

Esta suerte de anti-intelectualismo es otra de las características recurrentes del fanático, que asegura una y otra vez que “no sabe” música, que muchas veces desprecia a los críticos, y que adquiere progresivamente un tipo de conocimiento que tiene que ver fundamentalmente con la experiencia y la memoria.

Como el parroquiano que en El secreto de sus ojos era capaz de recitar la formación del Racing del 64, el fanático de la ópera puede enumerar todas las sopranos que desfilaron por el escenario del Colón para ponerse en la piel de Aída o de Mimí.

La investigación de Benzecry tuvo lugar entre 2002 y 2005, fundamentalmente en el Teatro Colón y, más específicamente, en sus localidades superiores, que constituyen el hábitat natural del fanático.

Parece ser un universo muy reducido, geográfica y cronológicamente, y que para colmo coincidió con un período de gran inestabilidad en el teatro, con funciones suspendidas, conflictos varios, directores que se sucedían como unos años antes se habían sucedido los presidentes de la Argentina.

Pero, lejos de constituir un problema, las particularidades de la época pudieron haber servido como catalizador de algunas observaciones, un poco a la manera de esos capítulos de la serie Doctor House, en los que, a partir de una circunstancia extrema, aprendemos no sólo cómo debería funcionar normalmente un sistema, sino también cuáles son nuestros prejuicios a la hora de intentar comprenderlo.

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