Relatos crudos del cordón industrial ruso

Vassily Sigarev antes trabajaba ofreciendo prostitutas a sus clientes en los complejos habitacionales de cemento de Nizhny Tagil.

Habría sorprendido a las prostitutas saber que estaban siendo manejadas por el futuro Bardo de los Urales ­un escritor autodidacto que llegaría a ganar premios literarios desde Moscú hasta Londres y a presentar a públicos de Gran Bretaña, Washington y Nueva York el lado oscuro del interior ruso de provincias.

Sus guiones están llenos del maltrato, la ebriedad y la crueldad de una sociedad degradada en la cual los padres han dejado de cuidar a sus hijos y los hijos cometen cualquier sacrilegio por dinero.

Sigarev, de 35 años, es uno de los dramaturgos y directores de cine en actividad más controvertidos de Rusia.

Su segunda película, «Living», dividió radicalmente al jurado en el festival alemán de cine llevado a cabo esta primavera.

El director del jurado defendió apasionada y exitosamente la película por su honestidad emocional, diciendo que su mirada implacable sobre el dolor de la pérdida era un «acto de valentía».

Los detractores fueron tan vehementes que dos se retiraron de la votación.

Sigarev ha producido un relato angustioso tras otro ­de una madre que prostituye a su hija, de un hijo que le roba la jubilación a su madre para comprar alcohol, de drogadictos que juntan placas de tumbas para vender como chatarra y de los golpes destructivos que deben afrontar los jóvenes. Él explica su crudeza, en parte, como una cuestión de geografía.

«En Moscú se hace más desde la cabeza; me refiero a que el drama es más mental», dijo. «Aquí hay una emoción más elemental.

Y en líneas generales, somos diferentes. Somos más duros. El melodrama no es nuestro género».

Esperaba que filmar «Living» ­tres cuentos paralelos sobre una pérdida personal desgarradora­ lo alejara de su reciente preocupación por la muerte, dijo. Pero no lo hizo, y no puede verla.

Sigarev documentó un momento histórico, cuando las ciudades industriales de Rusia se vieron sacudidas por la llegada del capitalismo. Su propia escritura comienza con la caída de la Unión Soviética, cuando tenía 14 años.

Para este muchacho del centro minero del titanio en Verkhnaya Salda fue como un campana de largada que lo lanzó a una década de lucha por obtener dinero en efectivo ­subiéndose a un tren a Moscú para volver con VCR contrabandeados en el mercado negro, o vendiendo bloques de construcción, pero especialmente excavando para obtener chatarra de titanio.

Sigarev es un narrador desconcertante, pero nadie parece saber hasta qué punto sus guiones reflejan su vida familiar.

A los 21 años, siendo estudiante en un profesorado, descubrió un afiche en el que se convocaba a alumnos para un curso de escritura teatral en Yekaterinburgo, la capital regional. Nikolai V. Kolyada, autor teatral y profesor, recordó al candidato como un estudiante observador y silencioso, sentado en la última fila y con los brazos cruzados.

Un día, Kolyada recibió un relato horroroso sobre un muchacho que es golpeado por matones y llevado a un departamento donde él y sus amigos son violados por hombres ya de mediana edad.

Koyada hizo exactamente una sola corrección, reemplazando el título original de Sigarev «La caída de la inocencia», por el nombre «Plasticina».

«Plasticina» ganó premios en Moscú y se estrenó en el Royal Court Theater en Londres en 2002.

Su segunda gran obra, «Black Milk» (Leche negra), fue producida en Inglaterra con igual repercusión.

En la actualidad, a Sigarev no le faltan oportunidades. El gobierno financió sus dos películas, y ha recibido reiteradas invitaciones en Rusia para dirigir superproducciones. Él se niega.

«Lo principal para mi reputación es no hacer nada de lo que después me avergüence», dijo. «En cuanto a lo que piensen o digan de mí, no podría importarme menos». 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *