Relatos breves de diván

Stephen Grosz tiene un espíritu muy literario. Se hace evidente en los títulos de los capítulos de su libro, The Examined Life: how we lose and find ourselves , que tienen un familiar aire a Esopo o Rudyard Kipling: “Cómo las penas de amor nos vedan el amor”, “Cómo la rabia puede evitarnos la tristeza”. Con frecuencia, también, sus relatos límpidos y despojados concluyen con una observación tan elegante y aguda que es casi un aforismo: “Es mejor haber perdido a alguien que ser algo que alguien olvidó”; “La clausura es la falsa esperanza de poder matar el dolor vivo”.

No es casual, por supuesto. El relato es inherente al psicoanálisis, la profesión que Grosz ejerció durante veinticinco años. Sigmund Freud lo advirtió, y afirmó en más de una ocasión que sus historias de casos se leían como novelas breves más que como textos que llevaran el “sello serio de la ciencia”.

“Todas las penas pueden soportarse si se las pone en un relato o se hace un relato al respecto”, dijo alguna vez la gran escritora dinamarquesa Karen Blixen. Es una frase que Grosz cita en su libro y que bien podría servirle de epígrafe.

Grosz, sin embargo, se dedica a aquellos que no pueden contar la historia de sus penas, cuya historia los domina en tal medida que, por así decirlo, termina por relatarlos, por lo general con consecuencias más o menos desafortunadas. Su tarea consiste en ayudarlos a contar sus historias.

“A veces no puede hablarse de forma directa de los relatos más importantes”, dice. “La gente no tiene las palabras. Tal vez nunca nadie los ayudó a hablar de sus experiencias. Están desconectados de sus sentimientos, atrapados en la infelicidad o el miedo: asustados, nerviosos, doloridos. Pero pueden insistir en que todo está bien. Su vida –el jefe, la pareja, los hijos– necesita que estén neuróticos, deprimidos o como sea que estén. Quieren un cambio, pero como me dijo una vez un paciente, ‘no sé si eso significa cambiar’”.

El psicoanálisis, dice Grosz, versa sobre “lo que está más allá de lo evidente: la fantasía, la pesadilla. A menudo tiene que ver con decir: hay un sentido, esto no sale de la nada”.

Grosz cuenta una historia (“Cómo la paranoia puede aliviar el sufrimiento y evitar una catástrofe”) para ilustrar el punto: una mujer sola que vuelve a su casa por la noche está convencida de que cuando haga girar la llave en la puerta su departamento explotará porque terroristas han colocado una bomba para matarla. El departamento, le cuenta a Grosz, está frío y vacío. Es un regreso a casa opuesto al de su infancia, cuando su madre y su abuela la esperaban con el té.

“La fantasía de la bomba la asustaba”, dice Grosz. “Pero evitaba que se sintiera tan sola. Es mejor pensar que alguien quiere lastimarnos y no que no le importamos a nadie. La indiferencia es una catástrofe, y la paranoia la protegía de eso”.

Es por eso que buena parte de su trabajo, señala, “es sobre gente que acude a mí con la historia que no puede contar y el trabajo que hacemos para contarla. Pueden ser personas inteligentes, coherentes, pero no tienen las palabras. En cierta medida, su historia las posee. Este libro es una antología de esos relatos trabajados”.

The Examined Life : how we lose and find ourselves es el primer libro de Grosz, y ya es un éxito literario: se vendió a más de una decena de grandes mercados antes de su publicación, y fue elegido recientemente como el libro de la semana en la Radio 4 de la cadena inglesa BBC. Grosz lo escribió porque pensó que era el momento adecuado: “Ya tengo sesenta años, soy un padre mayor –mis hijos tienen diez y siete años– y mi madre murió a los sesenta y cuatro años. Quería documentar las cosas más importantes que había aprendido, y hacerlo de la manera más simple y clara posible, para la gente que tal vez nunca se analice”.

¿Qué dicen, entonces, los más de treinta relatos de Grosz de esposas engañadas, chicos descontrolados, padres que se sienten solos, hijas asustadas, maridos hipócritas, mentirosos congénitos, solitarios con penas de amor, empresarios exitosos que pierden cosas de forma inexplicable?

Explican, por ejemplo, que la gente suele usar el aburrimiento como una forma de agresión, que elogiar demasiado a los niños puede hacerlos haraganes, que el presente es el único tiempo real. Y que somos capaces de decirnos todo tipo de mentiras para no enfrentar una verdad “El pasado vive en el presente –escribe Grosz–. El futuro es una idea que tenemos ahora en la mente”.

En su libro, emergen dos temas principales. “El primero –dice Grosz– es que el cambio implica pérdida. En realidad, todo cambio implica pérdida, pero la vida misma es cambio: siempre renunciamos a algo por otra cosa. El punto es que nos perdemos a nosotros mismos cuando tratamos de negar esos cambios, cuando negamos que la vida conlleva pérdida”.

Para Grosz, el personaje de Ebenezer Scrooge, protagonista de la novela de 1843 Cuento de Navidad de Charles Dickens –cuya historia relata este psicoanalista en un capítulo titulado “Cómo las penas de amor nos vedan el amor”– es “una gran historia de transformación psicológica. La leemos como un cuento de Navidad, pero lo que hace Scrooge es negar sus pérdidas: la muerte de su madre, la hermana, la pérdida de su novia. En lugar de ello, cuenta su dinero y sólo ve ganancias, no pérdidas. Lo que hacen los fantasmas es demoler de forma gradual la fantasía de Scrooge de que se puede vivir sin pérdidas”.

Los fantasmas desempeñan, en realidad, el papel de un psicoanalista.

A partir de ahí nos recomponemos, piensa Grosz, “mediante el restablecimiento de nuestra relación con lo perdido, al admitir que se trata de pérdidas. Podemos encontrarnos al enfrentar las verdades sobre nuestra vida y acerca de esas pérdidas, al enfrentar la verdad sobre cómo son nuestras relaciones con la gente, no cómo nos gustaría que fueran”. En otras palabras, al relatar nuestras historias.

Grosz, que es alto y amable, nació en 1952 cerca de Chicago, Estados Unidos. A los diecisiete años ya sabía qué le interesaba: El yo dividido , del psiquiatra escocés Ronald David Laing; La presentación de la persona en la vida cotidiana , del sociólogo canadiense Erving Goffman; y sobre todo La interpretación de los sueños de Sigmund Freud. Este último, cuenta Grosz, “me fascinaba por la idea de que se podía vivir sin conocer los propios sentimientos; tener deseos que no conocemos, estar desconectados de nosotros mismos y no saber quiénes somos. Asombroso”.

Al estudiar psicología y política en la Universidad de California, Berkeley, empezó a aplicar el análisis para tratar de entender la política, así como a recurrir a la literatura para entender la psicología.

El momento clave, dice, llegó con dos cuentos: “Bartleby, el escribiente”, el extraordinario relato del estadounidense Herman Melville sobre el copista “que preferiría no hacerlo”, y “El copartícipe secreto”, Joseph Conrad.

“Ambos me parecieron sobre la idea psicoanalítica del doble y me resultaron muy movilizadores en el plano emocional”, cuenta.

En su opinión, la clave –tanto en la escritura como en psicoanálisis– es esa búsqueda de la verdad. “Mi amiga (la poeta) Wendy Cope, dice: ‘Hay que hacerlo más veraz’. ¿Eso es exactamente lo que dijo el paciente? ¿Fue exactamente así? Hay que bucear muy hondo, pero también se busca liviandad. No se quiere escribir sobre el complejo de Edipo. Lo que se busca es sacarle peso a la historia. Eso, para mí, es lo que hacen los grandes escritores”.

Grosz ha hallado inspiración en los cuentos de escritores como Raymond Carver, John Cheever, Andre Dubus, Antón Chéjov, Franz Kafka, Thomas Mann, entre muchos otros.

“Con los años, el psicoanálisis se ha vuelto más largo y complejo”, declara. “Pero cuando dicté un curso sobre escritura de historias de casos, descubrí que lo que sentía era que la verdad no tenía nada que ver con la extensión. Lo que importaba era contar tan bien la historia que el lector tuviera la misma experiencia que el escritor. Las estadísticas y la cantidad de páginas no me convencen. Lo que me convence es alguien que ha estado ahí, muy cerca, que vio lo que vio y puede plasmarlo al escribir”.

El deseo de Grosz, entonces, es que su propio libro de casos, delicado y atractivo, pueda demostrar “cierta disposición hacia el mundo. Una forma de pensar las cosas. Cada una de las historias tiene su sentido, pero el libro en su conjunto tiene cierta forma de ver las cosas. Eso puede ser un comienzo. Las soluciones pueden llegar después.”

 

© The Guardian, 2013.

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