Receta para una novela en tiempos del panóptico digital

Inquietudes sobre una foto de los festejos de 1 de Mayo en Colombia; experimentos en computacion no convencional; y una canción sorprendente en el nuevo show de Luis Pescetti.

Esta foto es la imagen de tapa de una novela que no existe pero que quiero desesperadamente leer. Como han advertido y documentado miles de artículos periodísticos y decenas de libros, estamos entrando en una nueva realidad social: la de la ultra vigilancia, la del panóptico digital. La clave del edificio panóptico, ideado por el inglés Jeremy Bentham en 1791, es que el efecto controlador sobre los vigilados se debía no sólo al hecho de que siempre estaban siendo observados sino de que siempre podían estar siendo vigilados. Lo que es peor porque introduce la idea paranoica de que, entre otras muchas cosas, es un virus de pensamiento que obnubila la contemplación lúcida y racional. Volvamos a la foto. Fue tomada por Raúl Arboleda un 1° de Mayo en Medellín, Colombia (para la agencia AFP) pero podría haber sido tomada en cualquier gran capital de Occidente. La novela que no existe comienza en el instante que esta foto está tomada y trata de la vida de tres entes: el del chico encapuchado intentando en vano destruir la cámara de circuito cerrado de televisión; el sistema operativo que procesa y analiza las imágenes que graban las miles de cámaras en la ciudad; y, finalmente, la gran masa pública que no sabe, ni le interesa el hecho de que sus vidas están siendo sometidas a una vigilancia cada vez más omnisciente. El protagonista de esta novela que no existe (el niño encapuchado) tendrá el ADN literario de Raskólnikov y Meursault pero también de Huckleberry Finn. El sistema operativo, aunque siendo un ente literario totalmente original, tendrá un parentesco directo con HAL de 2001, Odisea del espacio de Kubrick. El personaje más importante de la novela es la población de la ciudad. Acá empiezan los problemas: ¿Cómo puede ser una masa de personas un personaje de una novela? ¿Funcionaría como un coro? ¿Aparecerá fragmentada en una lista de voces secuenciales? ¿O existirá una forma novelística totalmente original para retratar una multitud? Esta novela que no existe será un contrapunto imaginativo al panóptico digital. Será algo tan complejo y misterioso como el aplastante sistema que registra nuestras vidas sin pedir permiso, pero contenido dentro de la unidad de un libro. Lo que está en juego es la libertad del individuo. Lo más importante que quiero saber es cómo termina la novela. ¿El mundo termina siendo una cárcel, o no?

 

Lo común entre las rutas y los hongos

Los místicos y los poetas saben que todo está contenido en todo, por eso William Blake añoraba “ver el mundo en un grano de arena y el Cielo en una flor silvestre”. A los místicos y los poetas también se puede agregar, de vez en cuando, a los científicos. Hace poco un investigador inglés en ciencias de la computación llamado Andrew Adamatzky publicó los resultados de un lúdico experimento hecho con hongo mucoso, un organismo unicelular que no goza ni de un cerebro ni de un sistema nervioso, pero que se desparrama sobre una superficie en red cuando busca alimento. Según informa la publicación New Scientist el experimento comenzó tomando una placa de petri en forma de un mapa de los Estados Unidos; luego, sobre este, Adamatzky colocó granos de avena en el lugar de las grandes ciudades del país; finalmente, colocó el hongo mucoso en el lugar de la capital para ver cómo se desparramaba en búsqueda de la avena. Increíblemente, los intrincados caminos que formó copiaban, casi como un calco, el mapa de las rutas interestatales de los Estados Unidos. Repitió el experimento para otros países con resultados parecidos. Hay, entonces, una lógica consistente entre un organismo extremadamente básico, desde el punto de vista de la complejidad biológica, el musgo en un laboratorio, y un organismo altamente complejo, la sociedad humana en la historia. ¿Esto es un consuelo o un horror? Para alguien que se ha reconciliado con la idea que el hombre es simplemente un animal más sobre la Tierra (aunque sea “un animal de lujo” como lo llama Peter Sloterdijk) el experimento de Adamatzky resulta reconfortante. Las civilizaciones, tanto como los organismos unicelulares crecen al compás de un mismo pulso secreto. Para los que piensan que el hombre es otra cosa más que un animal –que es un ser angelical– los musgos de Adamatzky deberían parecer una monstruosa burla contra sus pretensiones de excepcionalidad.

 

Una canción que no es solamente para niños

El sábado pasado en el Metropolitan Luis Pescetti arrancó su nuevo show con sus juegos, cantos y chistes que tanto enloquecen a los niños y a sus padres. Pescetti es un proveedor de felicidad y cuando lo ves en vivo está claro que los padres disfrutan tanto –si no más– que sus nenes. Pero de vez en cuando Pescetti rompe el género en el cual está encasillado y escribe una canción que sería la envidia de Björk o Michael Stipe, por decir alguien. Tal cual es Canción del bebé que le cuenta a su mamá. La cantó solo sobre el escenario y quedamos todos en shock. Es un poema. Trata sobre el misterio del nacer. Da escalofríos. De los buenos.

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