Rahab: la ramera de Jericó y el cordón de grana

Durante 40 años el pueblo había vivido en el desierto, y según su fe, la Providencia de Dios los había alimentado. El honor de conquistar la nueva tierra prometida a los Patriarcas correspondió a Josué. Esta conquista, según la Biblia, sería consumada por el poder de Dios. Para poder entrar en esta tierra, tuvieron que cruzar el Río Jordán y, siguiendo el texto sagrado, lo hicieron del mismo modo que el Mar Rojo. La ciudad de Jericó estaba próxima, protegida por muros altos que la cercaban completamente. La ciudad de las palmeras era un oasis;Josefo la describe como una «región divina.» Además, por estar situada cerca de los vados del Jordán, era la puerta de acceso a la Tierra Prometida desde el Oriente. Entre los héroes de la Biblia hay uno que vivió en esta ciudad y no se caracterizó precisamente por su santidad: Rahab, la ramera cananea. El Libro de Josué cuenta su historia, pero el Nuevo Testamento, la alaba en forma múltiple. Para el apóstol Santiago ella es modelo de la fe en acción, junto a Abraham nada menos. Y para el autor de la Carta a los Hebreos, ella forma parte de una “poderosa nube de testigos” que es enumerada en el capítulo 11. Cuatro mujeres menciona san Mateo, el apóstol de Jesús, en la genealogía del Salvador: Rut la moabita, Rahab la cananea, Betsabé la madre de Salomón, y María, la madre de Jesús. En el libro de Josué se narra cómo los israelitas habían puesto sitio a la ciudad de Jericó. Josué envió dos espías a la ciudad y estos se refugiaron en casa de “una prostituta llamada Rahab”. La casa de ella estaba empotrada o montada sobre la gruesa muralla de la ciudad, del lado norte. Tal vez ellos podían desde allí avizorar toda la ciudad y sus fortificaciones. Los informantes del rey supieron de su presencia y el monarca ordenó a Rajab entregarlos. Ella no lo hizo así, los escondió y engañó a los guardias pero antes, ya había llegado a un acuerdo con los israelitas. Había escuchado sobre la huida de Israel de Egipto y su paso extraordinario por el Mar Rojo. Los israelitas, después de muchos años en el Sinaí, habían comenzado a marchar hacia el norte, destruyendo a su paso a los amorreos, y estaban ahora a sólo unas pocas horas de las murallas de Jericó. Confesó su temor de Yavé y expresó su creencia de que “Yavé es Dios allá arriba en el cielo y abajo en la tierra”. Por albergar a estos mensajeros obtuvo de ellos la promesa de que protegerían su vida y la de su familia. Así, los dos hombres sobrevivieron para llevar su informe. Josué, a su vez, recordó el juramento y se ocupó de que Rajab y su familia fueran sacadas de la ciudad antes de que fuera destruida. Vivió el resto de su vida entre el pueblo de Israel, y se casó con Salmón, príncipe de Judá, siendo su hijo Booz, esposo de Rut y bisabuelo de David, lo que puso a Rahab, la ramera, “por su fe en Dios”, según la Escritura, y como prueba de que Dios no hace acepción de personas, en la línea ascendente del Salvador. Su representación gráfica en estas páginas no debe llevarnos a un prejuicio. Hoy día sería la imagen de cualquier chica buena, bella y moderna. Pero entonces, entre sociedades conservadoras, los cabellos sueltos y cualquier exceso en el adorno era signo de incitación prohibida al sexo opuesto. – See more at: http://impresa.prensa.com/opinion/Rahab-ramera-Jerico-cordon-grana_

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