Rabina Graciela de Grynberg – Una Reflexión de Shabat

Una Reflexión de Shabat

B’H – בה

28 de tamuz de 5771 / 30 de julio de 2011

Mebarjim Hajodesh

Encendido de velas: 17:53 horas

Parasha: Masei / Números 33:1-36:13 (*)

Haftara: Jeremías 2:4-28, 3:4 (**)

Conclusión del Shabat: 18:51 horas

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Cierta vez, una fábrica desarrolló un proyecto para exportar zapatos a la India. La Gerencia de la empresa envió a sus dos mejores consultores a puntos diferentes de la India para hacer las primeras observaciones del potencial de compra de aquel futuro mercado.

Después de algunos días de investigación, uno de los consultores envió el siguiente fax a la gerencia de la industria:

«Señores, cancelen el proyecto de exportación de zapatos para la India. Aquí nadie usa zapatos.»

Sin saber de ese fax, algunos días después, el segundo consultor mandó el siguiente mensaje:

«Señores, tripliquen el proyecto de exportación de zapatos para la India. Aquí todavía nadie usa zapatos.»

La situación fue la misma. Lo que para uno, fue un tremendo obstáculo para el otro, una oportunidad única.

La manera como enfrentamos a la vida, hace la diferencia y depende de nuestra mirada.

¡Shabat Shalom!!!

Rabina Graciela de Grynberg

Comunidad Benei Tikva

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(*) Números 33:1-36:13

Estas son las etapas que recorrieron los israelitas cuando salieron de Egipto, agrupados por regimientos, bajo la conducción de Moisés y Aarón.

Moisés consignó por escrito el punto inicial de cada etapa, por orden del Señor. Los puntos iniciales de cada etapa fueron los siguientes:

El día quince del primer mes -el día siguiente a la Pascua- los israelitas partieron de Ramsés. Salieron triunfalmente, a la vista de todo Egipto, mientras los egipcios enterraban a sus primogénitos, que el Señor había herido de muerte, dando así un justo escarmiento a sus dioses.

Después que partieron de Ramsés, los israelitas acamparon en Sucot.

Luego partieron de Sucot y acamparon en Etam, al borde del desierto.

De allí, se volvieron hacia Piajirot, que está frente a Baal Safón, y acamparon delante de Migdol.

Partiendo de Piajirot, llegaron al desierto, pasando a través del mar, y después de tres días de marcha por el desierto de Etam, acamparon en Mará.

Partieron de Mará y llegaron a Elím, donde hay doce fuentes y setenta palmeras, y allí acamparon.

Partieron de Elím y acamparon a orillas del Mar Rojo.

Partieron del Mar Rojo y acamparon en el desierto de Sin.

Partieron del desierto de Sin y acamparon en Dofcá.

Partieron de Dofcá y acamparon en Alús.

Partieron de Alús y acamparon en Refidím, conde el pueblo no tuvo agua para beber.

Partieron de Refidím y acamparon en el desierto del Sinaí.

Luego partieron del desierto del Sinaí y acamparon en Quibrot Ha Taavá.

Partieron de Quibrot Ha Taavá y acamparon en Jaserot.

Partieron de Jaserot y acamparon en Ritmá.

Partieron de Ritmá y acamparon en Rimón Péres.

Partieron de Rimón Péres y acamparon en Libná.

Partieron de Libná y acamparon en Risá.

Partieron de Risá y acamparon en Quehelatá.

Partieron de Quehelatá y acamparon en el monte Séfer.

Partieron del monte Séfer y acamparon en Jaradá.

Partieron de Jaradá y acamparon en Maquelot.

Partieron de Maquelot y acamparon en Tájat.

Partieron de Tájat y acamparon en Téraj.

Partieron de Téraj y acamparon en Mitcá.

Partieron de Mitcá y camparon en Jasmoná.

Partieron de Jasmoná y acamparon en Moserot.

Partieron de Moserot y acamparon en Bené Iaacán.

Partieron de Bené Iaacán y acamparon en Hor Guidgad.

Partieron de Hor Guidgad y acamparon en Iotbatá.

Partieron de Iotbatá y acamparon en Abroná.

Partieron de Abroná y acamparon en Esión Guéber.

Partieron de Esión Guéber y acamparon en el desierto de Sin, o sea, en Cades.

Partieron de Cades y acamparon el monte Hor, en los límites de Edom.

El sacerdote Aarón, por orden del Señor, subió al monte Hor y allí murió, el primer día del quinto mes, cuarenta años después que los israelitas salieron de Egipto.

Cuando murió en el monte Hor, Aarón tenía ciento veintitrés años.

El cananeo, rey de Arad, que habitaba en el Négueb, en el país de Canaán, recibió entonces la noticia de la llegada de los israelitas.

Luego partieron del monte Hor y acamparon en Salmoná.

Partieron de Salmoná y acamparon en Punón.

Partieron de Punón y acamparon en Obot.

Partieron de Obot y acamparon sobre el territorio de Moab, en Iyé Ha Abarím.

Partieron de Iyím y acamparon en Dibón Gad.

Partieron de Dibón Gad y acamparon en Almón Diblataim.

Partieron de Almón Diblataim y acamparon en las montañas de Abarím, frente al Nebo.

Partieron de las montañas de Abarím y acamparon en las estepas de Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó.

Acamparon junto al Jordán, desde Bet Ha Iesimot hasta Abel Sitím, en las estepas de Moab.

El Señor dijo a Moisés en las estepas de Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó:

Habla en estos términos a los israelitas: Cuando crucen el Jordán en dirección al país de Canaán y hayan desposeído de sus dominios a todos los habitantes del país, ustedes harán desaparecer todas sus imágenes esculpidas y todas sus estatuas de metal fundido, y demolerán todos sus lugares altos.

Tomarán posesión del país y habitarán en él, porque yo les di esa tierra para que la posean.

Además, se repartirán el país entre sus clanes por medio de un sorteo, asignando una herencia mayor al grupo más numeroso, y una herencia más pequeña al grupo más reducido: cada uno tendrá lo que le toque en suerte, y se repartirán la tierra entre las tribus patriarcales.

Pero si no despojan de sus dominios a los habitantes del país, los que ustedes hayan dejado serán como espinas en sus ojos y como aguijones en su costado, que los asediarán en la tierra donde habiten.

Y Yo los trataré a ustedes como había decidido tratarlos a ellos.

El Señor dijo a Moisés:

Comunica esta orden a los israelitas: Cuando entren en la tierra de Canaán, recibirán como herencia toda la extensión del territorio de Canaán, a saber:

La región meridional se extenderá desde el desierto de Sin, a lo largo de Edom. Por el este, la frontera meridional comenzará en el extremo del mar de la Sal.

Luego dará una vuelta por el sur hasta el Paso de los Escorpiones, y pasará por Sin, para ir a terminar al sur de Cades Barné. Después continuará hasta Jasar Adar y pasará por Asmón.

Partiendo de Asmón, dará una vuelta hasta el Torrente de Egipto y terminará en el Mar.

Al oeste tendrán como límite la costa del Mar Grande: esta será para ustedes la frontera occidental.

La frontera norte la siguiente: trazarán una línea desde el Mar hasta el monte Hor; desde el monte Hor trazarán una línea hasta la Entrada de Jamat, y la frontera terminará en Sedad.

Luego continuará hasta Sifrón, para ir a terminar en Jasar Enán. Esta será la frontera septentrional.

Para fijar el límite oriental, trazarán una línea desde Jasar Enán hasta Sefam.

Desde Sefam, la frontera bajará hasta Riblá, al este de Ain, y desde allí seguirá bajando hasta tocar la costa oriental del mar de Genesaret.

Después bajará a lo largo del Jordán y terminará en el mar de la Sal. Este será el territorio de ustedes, con las fronteras que lo circunscriben.

Además, Moisés dio esta orden a los israelitas: Esta es la tierra que ustedes se repartirán como herencia por medio de un sorteo, la que el Señor manó fuera entregada a las nueve tribus y media.

Porque las familias patriarcales de la tribu de los rubenitas, las familias de la tribu de los gaditas y la mitad de la tribu de Manasés ya recibieron su herencia: esas dos tribus y media recibieron su propiedad hereditaria al otro lado del Jordán, al este de Jericó, en la parte oriental.

Luego el Señor dijo a Moisés:

Las personas que les repartirán el territorio serán el sacerdote Eleazar y Josué, hijo de Nun.

Además, ustedes tomarán un jefe de cada tribu para la repartición del país.

Los nombres de esas personas son los siguientes: Por la tribu de Judá, Caleb, hijo de Iefuné; por la tribu de Simeón, Semuel, hijo de Amihud; por la tribu de Benjamín, Elidad, hijo de Quislón; por la tribu de Dan, el jefe Buquí, hijo de Ioglí; por las tribus de los hijos de José: el jefe Janiel, hijo de Efod, por la tribu de Manasés; y el jefe Quemuel, hijo de Siftán, por la tribu de Efraím; por la tribu de Zabulón, el jefe Elisafán, hijo de Parnac; por la tribu de Isacar, el jefe Paltiel, hijo de Azán; por la tribu de Aser, el jefe Ajihud, hijo de Selomí; por la tribu de Neftalí, el jefe Padael, hijo de Amihud.

29 Estas son las personas que designó el Señor para repartir el territorio de Canaán como herencia entre los israelitas.

El Señor dijo a Moisés en las estepas de Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó:

Ordena a los israelitas que cedan a los levitas, de su patrimonio hereditario, ciudades para vivir y campos de pastoreo alrededor de las mismas.

Las ciudades les servirán de morada, y los campos de pastoreo serán para su ganado y sus otros animales.

Los campos de pastoreo de las ciudades que ustedes cederán a los levitas, se extenderán hasta quinientos metros alrededor de la ciudad, a partir de las murallas.

Ustedes medirán fuera de la ciudad, mil metros hacia el este, mil hacia el sur, mil hacia el oeste, y mil hacia el norte, tomando la ciudad como centro: estos serán los campos de pastoreo para las ciudades.

Las ciudades que cederán a los levitas serán las seis ciudades de refugio que ustedes deben separar para que los homicidas puedan huir a ellas, añadiendo además, otras cuarenta y dos.

7 Así darán a los levitas un total de cuarenta y ocho ciudades, todas ellas con sus campos de pastoreo.

Cuando cedan esas ciudades, tomándolas de lo que es propiedad de los israelitas, exigirán más de los grupos numerosos, y menos de los grupos más pequeños, y menos de los grupos más pequeños. De esta manera, cada uno cederá a los levitas una cantidad de ciudades proporcionada a la herencia que haya recibido.

Luego el Señor dijo a Moisés:

Habla en estos términos a los israelitas: Cuando crucen el Jordán para entrar en la tierra de Canaán, encontrarán ciudades que les servirán como ciudades de refugio, donde puedan huir los homicidas que hay matado a alguien involuntariamente.

Esas ciudades servirán de refugio contra el vengador del homicidio, y así el homicida no morirá sin haber comparecido delante de la comunidad para ser juzgado.

Ustedes tendrán que señalar seis ciudades de refugio: tres el otro lado del Jordán y tres en el territorio de Canaán.

Esas seis ciudades podrán servir de refugio no sólo a los israelitas, sino también a los extranjeros residentes o que estén de paso entre ustedes, de manera que todo el que haya matado a otro involuntariamente, pueda refugiarse en ellas.

Pero el que mata a otro golpeándolo con un objeto de hierro, es un asesino, y el asesino será castigado con la muerte.

Si lo mata de una pedrada capaz de causar la muerte, es un asesino, y el asesino será castigado con la muerte.

Si lo mata golpeándolo con un palo capaz de causar la muerte, es un asesino, y el asesino será castigado con la muerte.

El vengador del homicidio en persona debe matar al asesino apenas lo encuentre.

Si el homicida mató a la víctima por odio, o si le arrojó intencionalmente un objeto capaz de causar la muerte, o si por enemistad lo hirió a golpes de puño hasta matarlo, el agresor será castigado con la muerte: es un asesino, y el vengador del homicidio lo matará apenas lo encuentre.

Pero si lo hirió fortuitamente, sin que mediara enemistad, o si le arrojó un objeto sin intención de alcanzarlo, o si dejó caer sobre él, inadvertidamente, una piedra capaz de matarlo y de esa manera le causó la muerte, sin tener odio contra él y sin desearle ningún mal, la comunidad juzgará, conforme a estas reglas, entre el homicida y el vengador del homicidio, y librará a aquel de las manos de este. Luego la comunidad lo hará volver a la ciudad de refugio, adonde había huido, y él permanecerá allí hasta la muerte del Sumo Sacerdote que ha sido ungido con el óleo santo.

Si el homicida sale de la ciudad de refugio adonde había huido, y el vengador del homicidio lo encuentra fuera de los límites de su ciudad de refugio, lo podrá matar sin temor a ninguna represalia, porque el homicida debe permanecer en su ciudad de refugio hasta la muerte del Sumo Sacerdote, y solamente después podrá volver al lugar donde está su propiedad.

Estas disposiciones serán una norma jurídica para ustedes y para sus descendientes, en cualquier lugar donde se encuentren.

Si alguien mata a una persona, el homicida será condenado a muerte por la declaración de testigos, pero el testimonio de uno solo no basta para condenar a muerte a alguien.

No aceptarán ningún rescate por la vida de un asesino, porque debe morir, tampoco lo aceptarán de aquel que huyó a sus ciudad de refugio, permitiéndole que habite nuevamente en su propia tierra antes de la muerte del Sumo Sacerdote.

No profanen la tierra donde viven, porque la sangre profana la tierra, y no hay para la tierra otra expiación por la sangre derramada, que la sangre de aquel que la derramó.

No hagas impuro el país donde vives y en el cual yo habito. Porque yo, el Señor, habito entre los israelitas.

Los jefes de familia del clan de los descendientes de Galaad -hijo de Maquir, hijo de Manasés, uno de los clanes de los descendientes de José- se presentaron delante de Moisés y de los principales jefes de familia de Israel y les dijeron: El Señor mandó a Moisés que repartiera el país entre los israelitas mediante un sorteo, y Moisés también recibió del Señor la orden de entregar a sus hijas la herencia de nuestro hermano Selofjad.

Ahora bien, si ellas se casan con un miembro de otra tribu de Israel, su parte será sustraída de la herencia de la tribu a la que van a pertenecer. De esa manera, disminuirá la herencia que nos ha tocado en suerte.

Y cuando los israelitas celebren el año del jubileo, la herencia de ellas se sumará a la de la otra tribu y será sustraída del patrimonio de nuestra tribu.

Entonces Moisés, por orden del Señor, dio estas instrucciones a los israelitas: La tribu de los descendientes de José tiene razón.

Esto es lo que el Señor ha ordenado respecto de las hijas de Selofjad: Ellas pueden casarse con quien les parezca mejor, con tal que lo hagan dentro de un clan perteneciente a la tribu de su padre.

La parte hereditaria de los israelitas no pasará de una tribu a otra, sino que cada israelita deberá retener la herencia de su tribu paterna.

Por lo tanto, toda joven que posea una herencia en alguna tribu de los israelitas, se casará dentro de un clan de su tribu paterna, de manera que los israelitas conserven cada uno la herencia de sus padres.

Así, ninguna herencia pasará de una tribu a otra, sino que cada una de las tribus de los israelitas retendrá su parte.

Las hijas de Selofjad procedieron como el Señor se lo había ordenado a Moisés.

Majlá, Tirsá, Joglá, Milcá y Noá, hijas de Selofjad, se casaron con hijos de sus tíos paternos.

Y como lo hicieron dentro de los clanes de los descendientes de Manasés, la herencia de ellas quedó en la tribu del clan de su padre.

Estos son los mandamientos y las leyes que el Señor dio a los israelitas por medio de Moisés, en las estepas de Moab, junto al Jordán, a la altura de Jericó.

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(**) Jeremías 2:4-28, 3:4

¡Escuchen la palabra del Señor, casa de Jacob, y todas las familias de la casa de Israel!

Así habla el Señor: ¿Qué injusticia encontraron en mí sus padres para que se alejaran de mí y fueran detrás de ídolos vanos, volviéndose así vanos ellos mismos?

Ellos no preguntaron: ¿Dónde está el Señor, que nos hizo subir del país de Egipto, el que nos condujo por el desierto, por una tierra de estepas y barrancos, por una tierra árida y tenebrosa, por una tierra que nadie atraviesa y donde no habita ningún hombre?

Yo los hice entrar en un país de vergeles, para que comieran de sus frutos y sus bienes; pero ustedes entraron y contaminaron mi país e hicieron de mi herencia una abominación.

Los sacerdotes no preguntaron: ¿Dónde está el Señor?, los depositarios de la Ley no me conocieron, los pastores se rebelaron contra mí, los profetas profetizaron en nombre de Baal y fueron detrás de los que no sirven de nada.

Por eso, voy a entrar todavía en pleito con ustedes -oráculo del Señor- y también con los hijos de sus hijos.

¡Sí, crucen a las costas de los Quitím y miren, envíen gente a Quedar y fíjense bien, a ver si ha sucedido una cosa igual!

¿Cambia de dioses una nación? -¡y sin embargo, esos no son dioses!-. Pero mi pueblo ha cambiado su Gloria por algo que no sirve de nada.

¡Espántense de esto, cielos, horrorícense y queden paralizados! -oráculo del Señor-.

Porque mi pueblo ha cometido dos maldades: me abandonaron a mí, la fuente de agua viva, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua.

¿Acaso Israel fue adquirido como esclavo o nació en la esclavitud? ¿Por qué entonces se ha convertido en una presa?

Los cachorros de león rugen contra él, hacen oír sus bramidos, han hecho de su país una desolación, sus ciudades son incendiadas, se quedan sin habitantes.

¡Hasta los hijos de Nof y de Tafnes te han rapado el cráneo!

¿Acaso no te sucede todo esto, por haber abandonado al Señor, tu Dios, mientras él te conducía por el camino?

Y Ahora, ¿por qué tienes que tomar el camino de Egipto para beber el agua del Sijor? ¿Por qué tienes que tomar el camino de Asiria para beber el agua del Río?

¡Que tu propia maldad te corrija y tus apostasías te sirvan de escarmiento! Reconoce, entonces, y mira qué cosa tan mala y amarga es abandonar al Señor, tu Dios, y dejar de temerme -oráculo del Señor de los ejércitos –

Sí, hace mucho que has quebrado tu yugo, has roto tus ataduras y has dicho: ¡No serviré. Sí, sobre toda colina elevada y bajo todo árbol frondoso, te has acostado, te has prostituido.

¡Y eso que yo te había plantado con cepas escogidas, todas de simiente genuina! ¿Cómo entonces te has vuelto una planta degenerada, una viña bastarda?

Por más que te laves con potasa y no mezquines la lejía, permanecerá la mancha de iniquidad ante mí -oráculo del Señor-.

¿Cómo puedes decir: No me he contaminado, no he ido detrás de los Baales? Mira tu conducta en el Valle, reconoce lo que has hechos. ¡Camella veloz, que va de una lado para otro!

¡Asna salvaje, habituada al desierto! En el ardor de su deseo aspira el viento: ¿quién puede refrenar su ansiedad? Los que la buscan no necesitan fatigarse, en su tiempo de celo se la encuentra.

No dejes que tus pies queden descalzos ni que tu garganta sienta sed. Pero tú dices: ¡No hay nada que hacer! ¡No! A mí gustan los extranjeros y quiero ir detrás de ellos.

Como se turba un ladrón al ser sorprendido, así quedarán turbados los de la casa de Israel, ellos, sus reyes y sus príncipes, sus sacerdotes y sus profetas, lo que dicen a un trozo de madera: Tú me has dado a luz! Porque ellos me vuelven la espalda, no la cara, y después, en el tiempo de su desgracia, dicen: ¡Levántate y sálvanos!

¿Dónde están tus dioses, esos que te has fabricado? ¡Que se levante, si es que pueden salvarte en el tiempo de tu desgracia! Porque tan numerosos como tus ciudades son tus dioses, Judá.

Y aún ahora me gritas: ¡Padre mío! ¡Tú eres el amigo de mi juventud!

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