¡QUE TIEMPOS AQUELLOS!

Los antiguos, en la sencillez y honestidad de sus costumbres, ajustaban sus procedimientos a la buena fe , a las honradez de su palabra en los negocios de la vida, más que a documento escrito. Nadie se preocupaba , entre amigos, de exigir , por ejemplo, recibo de los pagos, de los préstamos o de los débitos , por cuantiosas que fuesen la cantidades. Todo se libraba a la buena fe de las personas. La palabra del hombre de bien valía más que el mejor documento, y el exigirlo se miraba como una ofensa. El amigo mandaba pedir un talego en préstamo al amigo , y éste sin vacilar se lo enviaba , sin ningún género de recibo. Otro iba a efectuar un pago en onzas de oro, y el recibidor rehusaba contarlas sin temor de engaño. Quién recibía para guardar una caja de prendas, un talego de dinero, a la buena fe, sin ningún género de constancia , y en la misma forma se hacía la entrega, de cierto , sin falta de un maravedí. El inquilino paga el mes de casa , sin recibo , seguro de que no se le cobraría dos veces. En todo, la buena fe era la regla. Una vez , allá por los años 23 o 24 , fuimos testigos de un hecho que dará la medida de cómo se procedía hasta aquellos tiempos. Pasando un día un abastecedor, de nombre Pío García, por la calle de los Judíos apeóse del caballo en la tienda de don Antonio Fariña, a quien dejó para que le guardase un pañuelo con una cantidad de onzas de oro, diciéndole que pasaría después a recogerlo. Transcurrieron días y días sin que García apareciese por él. Completamente lo había olvidado, sin duda por no necesitar aquel dinero. Así pasó un tiempo, hasta que quiso la casualidad que pasando un día a caballo por frente a la tienda, violó Fariña y lo llamó diciéndole : “Amigo García, Ud. se ha olvidado del pañuelo con dinero que me dejó a guardar hace tiempo. Espérese voy a alcanzárselo” . “Amigo don Antonio , contestóle García, no me había acordado , pero estaba seguro en su mano. Bueno, lo llevaré, aunque siento se incomode en dármelo” Y dicho y hecho. Devolvióle el pañuelo de onzas como lo había recibido , sacándolo de abajo del mostrador donde lo tenía colocado, porque en aquel tiempo no se usaban las cajas de fierro con una ni dos llaves , ni se enterraban ya las onzas de oro y pesos fuertes en botijuelas, o se escondían entre los tirantes o las tejas del techado de las casas, como fue muy común efectuarlo por temor de saqueo, cuando el ataque de la plaza por los ingleses, o cuando los desordenados de Otorgués cometían tantos robos.

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