¿Qué nos informan los testamentos de los indígenas?

De manera preliminar quiero comentar algunos aspectos que me parecen bastante sugestivos de la lectura de las tres colecciones de testamentos señaladas. La selección hecha por los investigadores mexicanos al componer su colección privilegió los testamentos rurales. Todos proceden del mundo rural. Fueron hechos por indígenas que vivían en los poblados de la periferia de ciudad de México, o en regiones más acentuadamente etnicas como Tlaxcala, Cholula, o Oaxaca. Vivían en el campo, en el pueblo indio, y su actividad principal era la agricultura. Sin embargo, esto no quiere decir que, en el caso mexicano, no se hubieran dado testamentos de indígenas en la ciudad. Todo lo contrario, bien sabemos que la presencia de indígenas en la ciudad de México es anterior a la conquista y que el volumen de población indígena urbana en el siglo XVI fue enorme. Esta ausencia o desequilibrio en la compilación de los investigadores del Ciesas sólo puede indicarnos dos cosas: la dimensión y riqueza de los pueblos indígenas mexicanos y la gran avanzada de los misioneros en ellos, aun de zonas apartadas15.

Por el contrario, los testamentos de Bogotá, Santiago y Cuenca tenían un innegable acento urbano. Fueron hechos principalmente por indígenas arraigados en la ciudad, con excepción de los elaborados por caciques que mantenían un fuerte vinculo con su comunidad. Es decir, los de Bogotá, Santiago y Cuenca eran indígenas urbanos. Sus testamentos son clara evidencia de su aculturación y sincretismo cultural. Fueron hechos, podríamos decir, por los indígenas que más temprano y rápidamente se aculturaron. Fueron los indígenas que arraigaron en la ciudad. Unos llegaron con los conquistadores, otros fueron llevados a la ciudad por los encomenderos como indígenas de servicio, otros fueron ocupados en ellas levantando edificaciones y puentes por las autoridades españolas, y otros llegaron a la ciudad, abandonando sus comunidades, para huir del tributo. Recordemos que las ciudades hispanoamericanas se construyeron con el trabajo indígena. Indígenas que ya existían antes, o que, como en el caso de Bogotá, Lima y Santiago se trasladaron a ellas.

La migración

Un hecho sumamente interesante que descubren los testamentos indígenas del siglo XVI es el fenómeno de su migración. Es sabido que las sociedades indígenas antes de la conquista no eran estáticas, que tenían desplazamientos en razón de su expansión militar. También que había unos circuitos mercantiles, en los que mercaderes se trasladaban de unas regiones a otras. Con todo, estos movimientos eran regionales. A raíz de la conquista, y de la incorporación en forma forzadas de elevados contingentes de indígenas en esas empresas, muchos indígenas llegaron a recorrer impensables distancias. Por ejemplo, sabemos de indígenas aztecas y nicaraguas en la conquista del Perú. El primer matrimonio católico ocurrido en las goteras de Santafé de Bogotá ocurrió entre un soldado español y su indígena manceba de nacionalidad mexica. En esta ciudad, al menos el 10% de los testamentos fueron hechos por indígenas originarios o descendientes de los incas. La gran mayoría llegaron con el conquistador Sebastián de Benalcázar, que luego de hacer la empresa en el norte del Perú (Ecuador) se dirigieron al norte hasta alcanzar la meseta donde se fundó Bogotá. Por otras fuentes, sabemos que algunos indígenas, que no dejaron testamento, se decían pertenecer a la nobleza incaica. Luego de la conquista continuaron llegando indígenas del sur, procedentes del Perú y Ecuador, que llegaban a Bogotá como sirvientes y cargadores de funcionarios y mercaderes. Aunque, otros, por su cuenta, iban y venían dedicados a mercadear los magníficos productos peruanos. La influencia inca y sobre todo quechua en la cultura colombiana empieza a explorarse. En el habla es bastante notable, tanto que ya existe un diccionario de quechuismos. También en las técnicas de los textiles, carpintería y gravado y decoración de maderas y metales dejaron una impronta imborrable.

En el caso de Santiago los testamentos enseñan una presencia Inca, especialmente de indígenas del Cuzco, mucho mayor. El 28% de los testamentos santiaguinos son de indígenas incas. Se trata de una proporción sumamente elevada, de enorme trascendencia en la formación de la sociedad chilena. La mayoría de los testamentos eran de indígenas mapuches, del centro y sur de Chile. También unos pocos eran de la región de Mendoza, Argentina. Los indígenas incas llegaron a Chile con los conquistadores y con los oficiales de la corona. Recordemos que en Lima tenía asiento la capital del Virreinato. El temor hacia los araucanos y el desprecio hacia los mapuches, es probable que haya conducido a una mayor valoración de los incas. Ciertamente, sobre los indígenas cuzcos la misma Corona creo una imagen de nobleza y distinción.

Finalmente, Lima, dada su condición de ciudad nueva, vivió el asentamiento de muchos indígenas forasteros. Distintos grupos indígenas, entre ellos los cuzcos, aportaron mano de obra para la construcción de la ciudad. En el momento que se realice un inventario de los testamentos de los indígenas de la ciudad se observará este fenómeno con claridad. Por el momento, vale subrayar que un censo realizado en Lima en 1613 indica que el 95% de los indígenas de la ciudad eran forasteros16.

La ciudad

Los testamentos tienen la cualidad de acercarnos a una reflexión sobre los orígenes de las ciudades americanas. Siendo la población mayoritaria en ellas resulta lógico entender su aporte a su construcción y desarrollo. Ahora, los testamentos nos refieren más que a la ciudad a la parroquia, al barrio. Estos indígenas corrientemente se concentraron en lo que fueron luego los barrios indígenas de las ciudades. En Bogotá, en los barrios Las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino; en Lima, en El Cercado y San Lázaro; y en Santiago en La Cañada, desde muy temprano se asentaron contingentes de indígenas. Como he señalado arriba estos indígenas llegaron a través de distintas modalidades. Unos adquirieron, pero también, muchos recibieron lotes y solares de sus amos. Bien como legados testamentales, o como simple gratificación por los servicios recibidos, y probablemente como una manera de arraigar una fuerza de trabajo en la ciudad, los españoles dieron títulos de propiedad a los indígenas. Cabe destacar que las construcciones referidas por los indígenas en los primeros testamentos hablan de bohíos redondos, es decir a la manera indígena. Esto quiere decir, que el paisaje urbano, en lo que respecta a estos barrios se parecía más al de las comunidades indígenas que al de las ciudades hispánicas. Hecho que no nos muestran las pinturas y grabados de las ciudades coloniales; tal vez porque la mayoría corresponden al siglo XVII, cuando distintas disposiciones las habían ajustado a los patrones peninsulares.

Debemos pensar que el establecimiento de las comunidades regulares y la construcción de sus parroquias fue posterior a la formación de las barriadas. Pero fue con ellas que adquirieron identidad. En todos los testamentos las personas reconocen que más que pertenecer a una villa o una ciudad, pertenecían a una parroquia. Para lo que había fuertes razones que adelante explicaré. Los oficios que realizaban estos indígenas eran los que requería la ciudad: construcción, sastrería, zapatería, hilandería, tejeduría, panadería, etc. Aunque no encontramos a los indígenas como propietarios de pulperías si lo eran de pequeñas tiendas. Sobresale el hecho de mujeres indígenas que tenían mesones en los que atendían una clientela variada de indígenas, mestizos y también blancos pobres. Igualmente, en toda Hispanoamérica las mujeres indígenas controlaron la producción y distribución de la chicha, la bebida de los indígenas. Llamadas chicheras, estas mujeres comprenden un sector socio profesional particular.

Conviene recordar también, que en las casas de los españoles residía una población indígena numerosa. No fueron pocas las ocasiones en las que las autoridades llamaron la atención sobre el excesivo número de sirvientes domésticos, y el trato indebido que les daban. Además, los indígenas que residían en sus barrios, no vivían concentrados en ellos. Por sus oficios, mujeres y hombres circulaban las calles. Esto nos hace pensar que la ciudad colonial de los primeros tiempos en buena medida fue indefectiblemente un escenario indígena. Pero señalar este hecho, siempre debe estar ligado al de los intensos procesos de mestizaje que se vivían en las ciudades.

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