¿Qué eligen los jurados?

Los premios y concursos estimulan una veta especulativa en los artistas. El mero hecho de decidir un envío los pone ante la situación de calcular qué habrá de apreciar el jurado y qué no. Sólo en contadas ocasiones se aprovecha la oportunidad para ir un poco más allá. Como se recordará, el famoso urinario de Duchamp, enviado al Salón de los Independientes de Nueva York en 1917 con el título de Fountain y bajo el nombre ficcional de R. Mutt, fue en su origen un ardid para poner a prueba la amplitud de criterios que había anunciado el jurado.

Recuerdo asimismo la sagaz estrategia de Pablo Suárez cuando concibió “Exclusión”, la obra que hoy se encuentra en el MALBA, para que pudiera entrar al Premio Costantini de 1999. La pieza fue concebida en función de las bases de un premio de pintura, pero sin llegar a transgredir la lógica creativa del artista que entonces se inclinaba por narraciones con figuras objeto. Así, Suárez tensó con ingenio las bases, hizo un “cuadro objeto” y puso la cuestión del límite en el centro de la escena, ya que su obra oscilaba entre la pintura y el objeto como también entre la inclusión y la exclusión. Su situación frente al premio reclamaba una sintonía con el pobre tipo que retrataba colgado del tren que acababa de perder.

Se ha dicho que las reglas en arte están para ser quebradas. De allí que se las extrañe ahora que todas parecen haber sido liquidadas. Concebido desde el 2001 como premio sin disciplina, el Klemm, es uno de los pocos que permite evaluar a dónde conducen las bondades de una libertad amplia y sin restricciones. También uno de los pocos que permite asistir a la convivencia de fotografía con pintura, video, instalaciones o escultura. Aprovechar esa circunstancia a fondo es una cuestión que pone a prueba la inteligencia y, sobre todo, la madurez de cada participante.

Nada de eso le falta a Elba Bairon. La artista aprovechó las posibilidades de la ocasión y envió una obra sutil, cargada de misterio y ambigüedad; que le permitía un despliegue rotundo en el espacio sin abandonar la sobriedad que la caracteriza. El trabajo pone en escena sus mejores dotes creativas; está a la altura de lo mejor de su producción y en ese sentido podría decirse que nada más acertado que el Primer Premio que obtuvo.

Pero más allá de este caso, que parece estar fuera de discusión, los criterios de premiación pueden ser puestos en discusión. Por caso, para quien esto escribe la obra de Adriana Minoliti, que obtuvo el segundo premio, no traduce el riesgo asumido recientemente por la artista en su propia producción. Comparada con ella misma, podría decirse que la obra premiada es de rango menor. Algo que no ocurre en otros casos como en el de Ariadna Pastorini, Marcolina Di Pierro, Leonel Luna, Débora Pierpaoli o Julieta Escardó, Lucila Amatista o Rosana Simonassi, por nombrar el puñado, cuyos envíos se mantienen en sintonía con el nivel de su obra. Artistas todos que parecieran haberse empeñado en detectar la pieza que los habría de representar mejor.

Minoliti, a pesar de su juventud, exhibe una importante trayectoria, durante la cual ha desplegado una interesante reflexión sobre la pintura como disciplina. Indagación que, en su tramo más reciente, adquirió la forma de un compuesto híbrido que combina géneros e imágenes de orígenes diversos. Pero esta obra en particular no refleja la complejidad que alcanzó en otras situaciones que expandió en el espacio. La pregunta eternamente renovada es por los criterios que aplica el jurado. Lo que se juzga ¿es lo que se tiene por delante o lo que remite a una referencia que no se encuentra contenida allí? Desde ya que no es sencillo decidir una selección de 33 piezas sobre un total de 700, pero siempre es posible evaluar la medida en que un artista se aventuró en su envío.

El Klemm es uno de los pocos premios que alienta esa actitud al admitir un cruce de disciplinas amplio. La obra de Zoe di Rienzo que obtuvo la única mención honorífica de esta edición, trabaja con la escritura haciendo valer poéticamente la tipografía de una vieja máquina de escribir en una narrativa confesional propia del género epistolar. Todo eso la aproxima en forma y contenido al universo de Manuel Puig. Es decir, suministra capítulos de una novelita sensible y apasionada Gustavo Marrone también se vale de la tipografía, aunque técnicamente lo suyo sea pintura sobre tela y en nada se parezca a la pintura dibujo, también sobre tela, de Cynthia Kampelmacher, ni a la de Agustín Sirai o la de San Poggio, que cultivan un imaginario surreal que, por alguna razón se ha vuelto muy frecuente en estas geografías. Otros artistas aportan visiones diversas desde la fotografía. Rodrigo Fierro, Julieta Escardó y Bruno Dubner coinciden en el medio pero sus visiones no podrían ser más distantes entre sí.

Las obras de Marcela Sinclair y Marcolina Dipierro coinciden en una geometría de desarrollo espacial. Pero mientras la primera desfuncionaliza un objeto y lo orienta en sentido estético con un guiño a la obra de Lygia Clark, la segunda construye una forma que saca provecho de la arquitectura, insinuando territorios fantasmales. El conjunto reúne las principales vertientes del arte argentino actual, incluido el trash de Diego Bianchi, sorprendentemente débil para un artista que siempre hizo gala de una fuerza poderosa en ese registro.

 

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