Qué debe hacer la Iglesia frente a las persecuciones

Nueve de Julio (Buenos Aires) (AICA): “Frente a las distintas formas de persecución de la fe, tenemos que pedir fortaleza y constancia, y la sabiduría para que esos propósitos no terminen por borrar las raíces de la evangelización. Pero aquella persecución que procede de nuestra tibieza, la que encuentra en nuestras conductas el medio para alejarnos de Cristo, la que contradice la economía de la encarnación del Hijo de Dios que pide nuestra colaboración y disponibilidad, es la que debemos temer más. Estas pruebas que está padeciendo la Iglesia deberían ser una ocasión para renovarnos en la fidelidad, apartarnos del pecado y hacer presente el reino de Dios en nuestra sociedad”, aseguró el obispo de Nueve de Julio, monseñor Martín de Elizalde OSB, al hablar durante el encuentro del presbiterio diocesano realizado recientemente en la localidad bonaerense de Pehuajó.
El obispo de Nueve de Julio, monseñor Martín de Elizalde OSB, habló durante el encuentro del presbiterio diocesano realizado recientemente en la localidad bonaerense de Pehuajó, donde se refirió a los casos de abusos cometidos por clérigos y consideró que de estos “lamentables hechos” hay que rescatar dos importantes novedades, porque “ellas no reflejan una nueva actitud, en realidad, sino que confirman y clarifican el sentido y la práctica del gobierno pastoral, en un ámbito tan sensible y delicado. Situación inspirada sin duda alguna por el mismo Santo Padre, con el objeto de ubicar en su verdadera dimensión estos graves hechos, y que por eso mismo reflejan una comprensión más evangélica de lo sucedido”.

“Esta actitud de la Iglesia, dispuesta a reconocer las faltas de sus hijos y a profundizar en las responsabilidades, acudiendo a los remedios y a la reparación moral y espiritual, se propone evitar la repetición de los hechos y significar con la penitencia impuesta un claro mensaje, que sea conforme al amor misericordioso de Jesús, que la Iglesia se debe de representar en la tierra”, subrayó.

El prelado señaló que “la primera de esas actitudes nuevas es el reconocimiento de lo sucedido y el pedido de perdón a las víctimas, ya que no se puede condonar ni ocultar la responsabilidad de ello. El mismo papa Benedicto XVI en sus viajes apostólicos ha querido reunirse con víctimas de tales abusos, y les ha manifestado la cercanía de la Iglesia, con un pedido de perdón y el deseo ferviente que su participación en la vida de la Iglesia no siga resintiéndose por esos acontecimientos aberrantes y, para ellos mismos, tan dolorosos”.

“Si la Iglesia, por boca de su Pastor Supremo, reconoce la gravedad de la falta y pide perdón, la conciencia de los cristianos no puede permanecer indiferente, al contrario, tiene que aceptar que muchas veces por sus propios pecados e infidelidades se debilita y afecta la credibilidad de la misma Iglesia y la misión confiada a ella, y expresada a través del ministerio de los hombres elegidos para ello”, aeguró.

El pastor diocesano indicó que “la segunda es el énfasis puesto por la Iglesia en el conocimiento y la recta valoración de las medidas aplicadas por la autoridad eclesiástica en los casos mencionados de graves pecados. Siempre la Iglesia verificó el ejercicio de la potestad de los pastores para evitar los abusos y sancionar a quienes se hicieron culpables de ellos, pero cuando se descubrió por la experiencia reciente que ese cuidado pastoral no había sido tan solícito y adecuado, intervino también para que ello no volviera a suceder, y recordó, incluso con determinaciones duras, la necesidad de tener una actitud que salvaguardara los principios de la justicia”.

“Tener en cuenta estos elementos, ayudará seguramente -estimó- a purificar las conciencias, orientar hacia la santidad la vida de los fieles y sus ministros, tener cuenta de los riesgos del olvido de Dios y la búsqueda de uno mismo, acompañando con la vigilancia maternal de la Iglesia el desarrollo de la tarea evangelizadora por parte de los bautizados, que, decíamos, forma parte de la condición encarnada del Hijo de Dios y la continuidad de su presencia en la comunidad cristiana”.

Monseñor Elizalde manifestó que es necesario dar testimonio en la persecución al afirmar que los acontecimientos mencionados “han sido tan perjudiciales para la causa del Evangelio y han causado tanto daño a muchas almas, son una de las formas persecutorias con las que se busca apartarnos de la fe y de la santidad”.

Pero también advirtió sobre la persecución exterior, que “sigue estando presente. Podemos verla actuar en dos maneras: una, la presuntamente legal, que tal vez no se define como contraria a Jesús y a su Evangelio, sino que pretende abrir engañosamente nuevos espacios de libertad, de felicidad, de inclusión. Forma parte del proceso de secularización, y no es fácil encontrar los cauces para un diálogo o para una aplicación que no produzca tanta confusión en la sociedad”.

“Son las iniciativas que en nuestro país, como en muchos otros, se han impuesto, y desconocen la ley natural y vuelven más difícil la aplicación de las enseñanzas evangélicas en la sociedad. Contra estas iniciativas sólo cabe el fortalecimiento de la conciencia rectamente formada, la adhesión generosa a los principios revelados, el espíritu de obediencia a los legítimos pastores, la comunión en la unidad de la Iglesia”, precisó.

También se refirió a la persecución sangrienta, esa que “en ciertas regiones buscan imponer una doctrina única o una ideología, o que privilegian una aplicación totalitaria y fundamentalista de los principios islámicos, u otras tradiciones religiosas, lo que lleva a enfrentamientos étnicos y culturales, a masacres de inocentes, destrucción de templos e instituciones”.

Monseñor Elizalde evalúo que “frente a las distintas formas de persecución de la fe, tenemos que pedir fortaleza y constancia, y la sabiduría para que esos propósitos no terminen por borrar las raíces de la evangelización. Pero aquella persecución que procede de nuestra tibieza, la que encuentra en nuestras conductas el medio para alejarnos de Cristo, la que contradice la economía de la encarnación del Hijo de Dios que pide nuestra colaboración y disponibilidad, es la que debemos temer más”.

“Estas pruebas que está padeciendo la Iglesia deberían ser una ocasión para renovarnos en la fidelidad, apartarnos del pecado y hacer presente el reino de Dios en nuestra sociedad. Invocando la protección de Dios, y por la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, y de los santos que nos han precedido en la vocación cristiana, los saluda y bendice con afecto”, concluyó.+

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *