Psiquiatría de niños

Sí, alguna vez había pensado ser yo psiquiatra de niños. Pero, ¿podría haber sido psiquiatra para niños?

Leo el reciente libro de R. Whitaker: Anatomy of an epidemic, y traduzco un breve párrafo:

«…our children are the first in human history to grow up under the constant shadow of ‘mental illness’. Not too long ago, goof-offs, cut-ups, bullies, nerds, shy kids, teachers’ pets, and any number of other recognizable types filled the schoolyard, and all were considered more or less normal. Nobody really knew what to expect from such children as adults. That was part of the glorious uncertainty of life: the goof in the fifth grade might show up at his high school’s twenty-year reunion as a wealthy entrepreneur, the shy girl as an accomplished actress. But today, children diagnosed with mental disorders -most notably, ADHD, depression, and bipolar illness- help populate the schoolyard. These children have been told that they have something wrong with their brains and that they may have to take psychiatric medications the rest of their lives, just like a ‘diabetic takes insulin’. That medical dictum teaches all of the children on the playground a lesson about the nature of the humankind, and that lessons differ in a radical way from what children used to be taught.»

Precariamente traduzco:

«…hoy nuestros niños son los primeros en la historia de la humanidad que crecen bajo la asediante sombra de la ‘enfermedad mental’. No hace mucho, los que hacían novillos o se tiraban la pera, los chistosos, los acosadores, los tímidos y chupados, los sobones, y toda la vasta gama de tipos reconocibles en el patio de cualquier escuela, eran considerados en mayor o menor medida, normales. Nadie sabía realmente qué podría resultar de aquellos chiquillos cuando fuesen adultos. Aquello era parte de la gloriosa incertidumbre de la vida: el chiquillo relajadito del quinto grado podía aparecer en la reunión de su veinteavo aniversario de promoción como un próspero empresario y la muchachita tímida de otrora como una lograda actriz. Pero hoy, los niños diagnosticados con trastornos mentales -usualmente trastorno por déficit de atención e hiperactividad, depresión y trastorno bipolar- son buena parte de la chiquillería en los patios escolares. A estos niños se les ha dicho que tienen una alteración en su funcionamiento cerebral y que deberán tomar medicación psiquiátrica por el resto de sus vidas, así como ‘un diabético debe recibir su insulina». Tal dictamen médico enseña a todos los chicuelos de los patios escolares una lección sobre la naturaleza de la humanidad, y esta lección difiere de manera totalmente radical de aquello que solía enseñarse a nuestros niños antes .»

Luego asomo la nariz al British Journal of Psychiatry -empezando por las últimas páginas, como se debe- y hallo anecdótica evocación de la supuesta ‘psiquiatría infantil’ en el Antiguo Testamento: con amenazantes lapidaciones y amputaciones de manos. Retiro mi nariz.

Más adelante -en la revista y en el tiempo, claro está- se publicita reciente estudio de la Universidad de Cardiff, cuyo hallazgo sobrecoge: los niños que consumen golosinas frecuentemente tienen mayor riesgo de ser convictos por actos de violencia en su edad adulta que aquellos que no.

Aterida de incertidumbres, recojo magullada mi nariz. A lo lejos, el retozar de los niños se pierde.

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