Psiquiatría centrada en la persona

En el último número del Canadian Journal of Psychiatry aparece un interesante artículo de Juan Mezzich y cols.: Person-centred Integrative Diagnosis: Conceptual Bases and Structural Model, y además un editorial ad hoc del mismo autor.

Mezzich, quien fuera presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría hasta hace poco tiempo, plantea una revisión al escueto diagnóstico centrado solamente en la enfermedad, como usualmente se estila, y propone ampliar el marco de comprensión hacia una más amplia perspectiva del individuo. El adagio repetido hasta el hartazgo: «No hay enfermedades sino enfermos», se plantea aquí, aunque pudiese parecer utópico e iluso, como una propuesta que pretende ser factible.

Es interesante afrontar la pragmática pregunta, aunque pueda parecer muy obvia: ¿para qué sirve un diagnóstico? Tradicionalmente la utilidad del diagnóstico en medicina clínica radicaba en revelar la naturaleza de la enfermedad y en poder distinguirla de otros padecimientos, además de guiar con precisión la escogencia terapéutica. Como sabemos, en psiquiatría no se conoce cabalmente la etiología de sus padeceres, no se puede distinguir con meridiana certidumbre entre todos sus trastornos (‘comorbilidad’ llamamos a este fenómeno) y la selección de tratamientos, en lo referente a psicofármacos, es sintomática, sindrómica a lo más. Dada esta contingencia, resulta imposible no advertir la insuficiencia del diagnóstico psiquiátrico desnudo y como tal. Los cinco ejes de la DSM se quedan como ejes de desvencijada carreta.

La medicina además, como actividad curativa tradicional, se ha dedicado a conocer y explorar fundamentalmente la patología, los aspectos enfermos de los individuos. Tal enfoque, aún sostenible en determinadas áreas, flaquea, hace agua, se desmorona, cuando se trata de abordar la psiquis y sus males y cuitas: no conocer -ni reconocer- las partes sanas, no tener en cuenta los recursos y potenciales del ser humano, de su entorno, su familia y su cultura, lleva a un abordaje sesgado, a una incomprensión lamentable, al consabido etiquetaje mendicante. Este es uno de los puntos de más descrédito de la psiquiatría hoy -basta ver cómo nos formamos, con mucho seminario de psicopatología y mucho de psicofarmacología, alguito de psicoterapia y nada de psicología, verbigracia como si bastase el prefijo psico y luego lo de iatros: y de frente a prescribir comprimidos, oiga, que la vida -y la consulta- es breve, y la persona se nos va frente a nuestras narices y no la vemos, no podemos verla.

Aún con las pequeñas potenciales desventajas que los autores señalan (además de todas las dificultades privativas a cualquier intento de clasificación en tanto proceso lógico-filosófico), como por ejemplo el tiempo adicional que supuestamente demandaría analizar más integralmente al individuo doliente que a nosotros viene; el mero hecho de tener en cuenta las innovaciones que se pretenden, abarcando en adición al diagnóstico escueto de enfermedad la experiencia de la enfermedad por su padeciente, los elementos de la salud positiva y los factores contributorios tanto a la enfermedad como a la recuperación y asimilando adicionalmente la perspectiva dimensional y narrativa junto con la categórica, será muy valioso y, sobre todo, justiciero.

Vale la pena revisar también el artículo del Dr. Michael First, editor que fue de la cuarta versión del DSM, en el mismo número del Canadian Journal of Psychiatry: Paradigm Shifts and the Development of the Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders: Past Experiences and Future Aspirations. Luego de revisar la trajinada historia de las clasificaciones psiquiátricas norteamericas, First concluye enfatizando que en el nuevo DSM-V, no habrá mayor ni menor cambio de paradigma: será la misma descripción ‘ateórica’ de síndromes -esa ‘fenomenología esquelética’ como la llamaba nuestro recordado Grover Mori- con el intento de introducir por añadidura algún enfoque dimensional. No hay aún otra posibilidad, suponiendo que exista, por supuesto.

Por tanto, más importancia aún reviste el Diagnóstico centrado en la Persona, que ojalá se desarrolle y se implemente en la mejor amplitud. La Psiquiatría necesita de estas ‘perogrulladas’ geniales pues lo otro es un escándalo. Psiquiatría centrada en la persona pero en el diagnóstico de la totalidad de la persona; por la persona (con los mismos médicos abriendo su perspectiva humana); para la persona (propiciando su desarrollo y logro en salud y proyectos vitales) y con la persona (respetando su idiosincrasia y empoderándola). Eso es, claro que sí.

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