PRISCILIANO DE GALICIA

Personaje extraordinario y enemigo de las ideas establecidas, fue perseguido y posteriormente reconocida su doctrina.

INTRODUCCIÓN

Algunos peregrinos que llegan a la ciudad de Compostela, saben que allí no termina su peregrinar, por lo que, tras un descanso y el cumplimiento del ritual propio del lugar, se acercan hasta el mar, verdadero fin de su peregrinación, allí donde la orilla de los vivos se confunde con las olas del mar de los muertos, el mar tenebroso de los antiguos celtas. Y aún a aquellas costas las llaman «Costa de la Muerte».

Allí, en la Noya de los misterios, donde según la leyenda desembarcó Noé huyendo de un gran cataclismo, aquellas tierras donde el ritmo de los remeros griegos, fenicios, vikingos, y sabe Dios qué, se confunde con el milenario ojo de Hércules que vigila el mar oscuro donde el Sol se hunde cada tarde para navegar en los abismos del inconsciente humano; donde el rumor de bosques sagrados se mezcla con el recuerdo de los druidas de largas cabelleras, donde «cruceiros» y «petos de ánimas» se mezclan con megalíticas piedras que señalan estrellas desconocidas y puntos lejanos en el firmamento…

Es Galicia, la tierra de Prisciliano, porque el priscilianismo nunca hubiera crecido en Galicia si no se hubiera desarrollado sobre creencias y tradiciones ya existentes en el corazón de sus gentes. Tradiciones milenarias que encontraron un fondo común en las ideas gnósticas de Prisciliano, al igual que el silencio de los corazones encuentra algo en común con el rumor de los pinos mecidos por el aire que sube del océano. Porque el viento en Galicia siempre habla de cosas extrañas y olvidadas, cosas que nunca fueron escritas en los libros.

ANTECEDENTES DE UNA TRAGEDIA

Estamos en el siglo IV d.C. Por aquel tiempo dos hijos de Dios discutían sus diferencias sobre la tierra. Uno era un oscuro profeta galileo llamado Jesús, que recorría los caminos de la vieja Palestina anunciando un reino que no era de este mundo, recomendaba poner siempre la otra mejilla y aseguraba que para entrar en ese reino tenían que desprenderse de todos los bienes terrenales y dotarse de una moral de vida ascética. Además, no dejó de vaticinarles a sus seguidores persecuciones y males sin fin.

El otro era un astuto emperador romano llamado Constantino, que, ante la decadencia espiritual de un imperio en crisis, adoptó como nuevo padre al colérico Dios del Antiguo Testamento (que no al Cristianismo), y que les dijo a los cristianos que no debían preocuparse, que él les conquistaría un reino en este mundo con la espada, así que en adelante se acabarían para ellos las persecuciones, los sacrificios y la pobreza.

En el Concilio de Nicea, en el año 325 d.C., se fraguó el principio del cambio. De allí emanó una nueva ortodoxia, tan contraria al primitivo mensaje del profeta galileo, que muchas fueron las voces que se levantaron en el mundo en contra del nuevo rumbo que tomaba la Iglesia. Pero, las que no fueron convencidas por el nuevo símbolo de la cruz, las acalló la espada.

También en España salta la alarma. En el siglo IV d.C. grupos de hombres y mujeres comienzan a alarmar a los obispos españoles. Estas comunidades abandonan las iglesias y se reúnen en lo más profundo de los bosques y en las altas montañas. No reconocen ni la nueva política ni la jerarquía de la Iglesia de Roma. Higinio, obispo de Córdoba, en una carta dirigida a Hydacio, obispo metropolitano de Emérita Augusta, la actual Mérida, se queja de una nueva «herejía» que tiene dividida a su iglesia. Estas nuevas doctrinas, tomando ideas de Oriente y de la religión de Zoroastro, quieren depurar la Iglesia, cuya decadencia, según ellos, comenzó ya en tiempos de los apóstoles. Abandonan riquezas y hogares, andan descalzos, se abstienen de todo alimento animado y beben solamente agua. Las quejas de Higinio de Córdoba no caen en saco roto.

Hydacio de Mérida responde a la llamada ordenando a quien fue su testaferro en este drama, Itacio, obispo de Ossonova, la actual Faro en el Algarve portugués, que combata la nueva herejía con todas sus fuerzas.

Según Hydacio de Mérida, la nueva herejía estaba invadiendo ya toda la Tarraconense y llegaba hasta la misma Aquitania, pero donde germinó mas profundamente fue en Galicia. Allí se predica en calles y mercados, sin que haya tendero o artesano que no sea un teólogo consumado. El cabecilla de esta nueva secta es un seglar llamado Prisciliano, que está arrastrando tras de sí no solamente al pueblo campesino, sino que hasta la nobleza le abre las puertas de sus casas y de sus almas. Y lo que es mucho más grave: la casi totalidad de obispos y clérigos de Galicia y Lusitania están contaminados por la «nueva herejía».

LA FIGURA DE PRISCILIANO

Sulpicio Severo, abogado aquitano (360 d.C.), asegura que las ideas gnósticas son traídas a España por Marcos, un egipcio procedente de Menfis, profundo dominador de las artes mágicas, y por una mujer llamada Ágape. Discípulo de ellos fue el retórico Elpidio, de quien Prisciliano tomó muchas de las ideas que luego conformarían su doctrina.

Hoy apenas nadie duda del origen gallego de Prisciliano, y algunos apuntan incluso a las tierras de Iria Flavia como su patria. La fecha posible de su nacimiento es el 345 d.C. Nada sabemos de su infancia. En su juventud lo encontramos en la Universidad de Burdeos, como discípulo de Elpidio. Este maestro de retórica lo era también de las doctrinas gnósticas y de la ciencia de los antiguos druidas, y junto a su mujer, Eucrocia, mantenían, a las afueras de Burdeos, una especie de Escuela ascética en la que también encontramos ya a Prisciliano. Las cosas no les van bien allí, pues al final todos son expulsados de la Universidad. Algunas fuentes afirman que Prisciliano viajó a Egipto, pero sobre el año 379 le encontramos ya en España convertido en un profeta de masas y como cabeza de una iglesia gnóstica totalmente contraria al nuevo orden doctrinal romano.

Sulpicio Severo dice de él que procedía de familia noble y poderosa. Fecundo en recursos, erudito y muy ejercitado en la declamación y en la disputa, era hombre que velaba mucho, gran sufridor de hambre y de sed, nada perezoso y sumamente parco en sus necesidades. Desde su infancia era conocedor de las artes mágicas.

Sus acusadores le recriminan que sus enseñanzas estén basadas en los llamados Evangelios Apócrifos, textos no reconocidos por la ortodoxia nicena y cuya doctrina e imagen de Jesús es muy distinta a la que Constantino quiere dar a su nueva Iglesia. Enseñaba la igualdad entre hombres y mujeres ante Dios, y éstas eran admitidas en el ministerio y en la enseñanza en pie de igualdad con los hombres, pues aseguraban sus seguidores que las doctrinas emanadas del Antiguo Testamento, que apartaban a las mujeres del ministerio, no tenían nada de divinas. Consideraban a la Naturaleza como el verdadero templo de Dios. Según sus acusadores, era un profundo conocedor de la Astrología y enseñaba la relación existente entre las distintas partes del cuerpo y las constelaciones.

El priscilianismo enseñaba la existencia de los principios eternos del bien y del mal, asegurando que este mundo no podría ser la creación de un Dios bueno, por lo cual consideraban que el cuerpo no era sino una cárcel para el alma. Aseguraban además que ésta, en sucesivas trasmigraciones por este mundo, debería aprender a liberarse de él.

Renunciaban a todos los bienes terrenales y vivían en plena comunidad tanto espiritual como material. Escapaban de los pueblos y de las iglesias para refugiarse en lo más profundo de los bosques y en las montañas.

A tal punto estaba extendido el priscilianismo, que en cualquier parte del mundo, el hecho de ser gallego, llevar el pelo largo, andar descalzo o ayunar en demasía, lo convertía a uno automáticamente en sospechoso de «herejía priscilianista».

LA TRAGEDIA DE TRÉVERIS

El año 380 d.C. marca el comienzo de la persecución de Prisciliano. En este año, y a petición de Itacio de Ossonoba, es convocado en Zaragoza un concilio con el fin de condenar a los líderes de la nueva secta. En este tiempo, 381 d.C., Prisciliano es nombrado por sus seguidores obispo de la ciudad de Ávila. La insidia y las acusaciones vertidas en los oídos del emperador Graciano por los obispos Itacio e Hydacio hacen que Prisciliano sea desterrado de su patria, junto con los obispos también priscilianistas Instancio de Salamanca y Salvanio, posiblemente obispo de Coria. Llega el destierro.

Junto con muchos de sus seguidores, Prisciliano peregrina a Roma para defender su causa ante el Papa Dámaso y el obispo de Milán, Ambrosio. Todos le cierran las puertas. Esta vez Roma nada quiere saber del nuevo Tanhäuser galaico. Pero cuando todo estaba perdido, el emperador Graciano revoca su edicto y los priscilianistas vuelven a sus tierras con el perdón imperial.

Llegan tiempos de dicha para ellos, de caminos nuevos, de pensar que el mundo comenzaba a entender sus ideas. Pero a la tempestad siempre la precede una engañosa calma.

En el año 383, las legiones sublevadas de Britania saludan al nuevo emperador de origen hispano Magno Clemente Máximo, cuya primera obra es hacer asesinar al depuesto Graciano cerca de Lyon. La intención de Máximo era poder gobernar el Imperio de Occidente desde la ciudad de Tréveris, fundada por Augusto en el siglo I a.C., y luego convertida en capital de la Galia. Itacio de Ossonoba, apoyado por los obispos europeos, recurre a Clemente Máximo para que dé oídos a las acusaciones contra Prisciliano, a lo que el nuevo emperador accede con el fin de ganarse el apoyo de la Iglesia, ordenando que los «herejes» sean juzgados en un nuevo concilio en la ciudad de Burdeos, en tierra extraña y donde tenían más enemigos. En las calles se hace circular rumores terribles sobre Prisciliano. Urbica, una de sus seguidoras, es lapidada por la muchedumbre furiosa. Prisciliano, reconociendo que su condena era segura, recurre a la justicia del emperador y los prisioneros son conducidos a Tréveris.

Pero Clemente Máximo no tiene piedad. Llegan los días de largos interrogatorios en las salas de tortura, de oscuras mazmorras, y al final, la acusación de maleficio, nocturnos conciliábulos de mujeres, prácticas de magia, y la pena capital.

Prisciliano sube al cadalso para ser decapitado en el año 385 d.C. Junto a él son también ejecutados sus discípulos, los clérigos Felicísimo y Armenio, el diácono Aurelio, el poeta Latroniano y Eucrocia, viuda del retórico Elpidio y que acompañó al galaico hasta la muerte.

Cuatro años después, sus restos son reclamados por sus seguidores para ser trasladados a Galicia, donde son enterrados. La persecución desatada por Clemente Máximo contra el priscilianismo y contra los bienes de éstos fue terrible. La gente se hacía sospechosa de priscilianista por su forma de vestir, por el color de su piel o por llevar el pelo largo, acusación que les llevaba a la muerte o al destierro. La tumba de Prisciliano fue objeto de culto y de peregrinación, pues el priscilianismo alcanzó, después de su muerte y durante los dos siglos siguientes, la máxima devoción hacia el mártir y sus doctrinas.

EL MISTERIO DE UNA TUMBA

Pero el tiempo pasó y la persecución sistemática del priscilianismo y sus doctrinas hizo que éstas en el siglo VI fueran ya cosa del pasado. La prohibición de peregrinar a su tumba hizo que los hombres olvidasen los caminos por los que sus abuelos peregrinaban a la tumba de Prisciliano, y al final se olvidó el lugar mismo de su ubicación.

Pero sobre el año 813, un ermitaño llamado Pelayo observa en un castro abandonado en el bosque Libredón un fenómeno de extrañas luces que inmediatamente comunica al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien a su vez encuentra un sepulcro que, sin que sepamos porqué, identifica con el del apóstol Santiago.

Teodomiro corre a comunicárselo al Rey Alfonso II de Oviedo, quién sanciona el descubrimiento, y hasta el Papa León III lo transmite a toda la cristiandad, contándoles cómo Santiago, después de ser decapitado, es llevado por sus discípulos Teodomiro y Atanasio a un barco que, empujado por vientos divinos, lo conduce desde Jerusalén a Iria Flavia, en Galicia. Luego nació toda la leyenda de la tradición jacobea, y de esta forma, los restos hallados en la ciudad de Compostela fueron considerados los del mencionado apóstol.

Pero hasta las primeras referencias del Breviario Apostólico en el siglo VI no tenemos noticias de la estancia de Santiago en España, y muchos estudiosos la consideran improbable. ¿Quién fue enterrado entonces en Compostela?

La historia de los restos en el subsuelo de la catedral está plagada de tergiversaciones, mutilaciones y destrucción de pruebas. Allí existió un mausoleo de origen romano con tres tumbas, donde con posterioridad fueron enterrados mártires cristianos. La importancia de la tumba la señala que el mismo obispo Teodomiro se hizo enterrar allí.

Ante la invasión de la flota inglesa de Francis Drake en el siglo XVI, el obispo Juan de San Clemente y Torquemada vació las tumbas y ocultó los restos de los mártires. Como se llevó el secreto a la tumba, éstos estuvieron desaparecidos hasta el año 1.879, en que tras el altar mayor se encontró un osario que contenía restos incompletos de tres esqueletos, uno de ellos con signos de haber sido decapitado. Estos restos son los que hoy se encuentran en la cripta de la catedral. ¿Quién fue enterrado en Compostela? ¿Santiago? ¿Prisciliano? ¿O tal vez otro?

Peregrino que sigues la ruta de las estrellas hasta Galicia, has de saber que en esta tierra la historia nunca desaparece, sino que envuelta por esa niebla gris y pesada que sube a veces desde el Mar de los Muertos, vive en esa dimensión mágica de las conciencias, donde a veces asoma para hacernos temblar ante la inmensidad del misterio. Porque no creáis que hacia Galicia peregrinan sólo los vivos, también los muertos peregrinan hacia el Mar Tenebroso. Lo asegura así el dicho de los peregrinos a San Andrés de Teixido: «Vai de morto, quen non foi de vivo».

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