Primero hay que saber sufrir

Como en su anterior novela autobiográfica, El año del pensamiento mágicoNoches azules es la crónica de la pérdida de un ser querido: enEl año…, Joan Didion había contado su vida después de la muerte de su esposo; ahora cuenta lo que significó para ella el fallecimiento de su hija Quintana. En esta novela, que nos llega en una muy buena traducción de Javier Calvo, la pérdida vuelve a funcionar como una gota de tinta sobre un papel absorbente: el dolor se expande en todas las direcciones posibles y se convierte en la punta de un ovillo que recoge fragmentos diversos que provienen de todos los momentos de la vida de la narradora. Así, se demuestra una vez más que toda historia contiene a todas las demás y que toda historia puede contarse infinitas veces y cada vez que alguien la cuente, será otra.

Noches azules es una reflexión claramente occidental sobre la muerte y el paso del tiempo (la visión occidental del tiempo es lineal, no cíclica, y por lo tanto, siempre trágica). Ese drama, relacionado con el deterioro del cuerpo, está marcado aquí por la vida de Joan Didion dentro del mundo hollywoodense, ese grupo social con mucho dinero, mucha exposición pública, mucho individualismo y mucha atención puesta en lo corporal. La narradora no hace reflexiones sociales, solamente intenta abrirse a ellas cada tanto. El foco está puesto siempre en las emociones personales de la protagonista y su familia. De tanto en tanto, la historia trata de acordarse del mundo: se nombra (muy al pasar) la llegada del ser humano a la luna, la guerra de Vietnam, la Segunda Guerra Mundial, las luchas de César Chávez (el líder chicano de la Asociación Nacional de Trabajadores Agrarios que marcó a California), la Revolución Cubana. Pero esas menciones pasan muy, muy lejos de las vidas que se cuentan. Son nombres solamente.

Los nombres propios (aquí se habla de marcas comerciales, lugares famosos, hechos históricos, personajes del cine, películas muy conocidas) tienen varias funciones en la novela: fijan la acción en el tiempo y ayudan a seguir la cronología de hechos que se cuentan sin orden temporal, saltando de uno en otro constantemente; ubican la historia dentro de un grupo social muy definido y característico: el del cine de Hollywood; tratan de relacionar el problema personal y “humano” que está en el centro de la narración con un marco un poquito menos individual. Esto último no se consigue del todo. Por eso, la mejor manera de disfrutar esta novela es entenderla como la confesión emocional de alguien cuyos recuerdos rozan constantemente a íconos e hitos históricos del siglo XX occidental.

El tono general de Noches azules es el de la desesperanza, como suele pasar en la obra de los autores blancos estadounidenses. La metáfora principal es la de las noches azules del título, ese breve, bellísimo período del año en California, en el que todo parece posible. Son hermosas esas noches, dice la narradora, pero tarde o temprano se terminan: “Hubo un tiempo para que yo tuviera una hija. Y ese tiempo pasó”.

Así, con la experiencia de la decadencia física en uno de los carriles de la historia (acentuada por un medio en el que lo físico importa, sobre todo si se es mujer) y la experiencia de la pérdida de una hija muy esperada y deseada en el otro, el libro es una confesión nostálgica que no propone soluciones ni respuestas a la pregunta sobre el sentido de la vida. La historia de una mujer que se sienta frente a los lectores y dice lo que le pasó con un lenguaje íntimo, femenino y una sinceridad implacable. Alguien que tiene algo doloroso que contar y sabe muy bien cómo contarlo.

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