¿Por qué no tenemos ojos en la nuca?

FOTOILUSTRACION DE SCIENTIFIC AMERICAN; REDCHOPSTICKS Getty Images (ojos), RUBBERBALL Getty Images (cabeza)

Por muy valiosa que pudiera resultar la facultad de detectar depredadores que se aproximasen por detrás –o de tener a la vista la prole que nos sigue–, debemos tener presente que la selección natural no está orientada hacia el desarrollo o formación de cosa alguna, y ni que decir tiene, de órganos «perfectos». Es decir, el mero hecho de que ciertos rasgos pudieran resultar convenientes no hará que la mutación aleatoria se oriente necesariamente hacia ellos.
Las partes del cuerpo que nos permiten detectar las vistas, los sonidos, olores y sabores, la temperatura y los aspectos táctiles de nuestro entorno no surgieron de un plan maestro preconcebido o de un esquema de montaje. La selección natural las fue creando de forma «artesanal» a partir de componentes disponibles en células y tejidos existentes; modeló, como si fueran pellas de barro, versiones arcaicas e intermedias de las células y órganos sensoriales a lo largo de millones de años hasta conferirles la forma y función de nuestros cuerpos modernos. Nunca han existido órganos perfectamente formados para la vista o el oído, tan sólo versiones que cumplen esa función.
La primera célula dotada de fotosensibilidad debió resultar de una mutación aleatoria en las criaturas pluricelulares más arcaicas. La posibilidad de detectar luz confería una ventaja selectiva. Así lo demuestran las docenas de veces que ha evolucionado en diversos invertebrados, y de forma independiente, la agudeza visual: ello ha resultado en por lo menos nueve formas de ojos.
Si bien las células fotosensibles debieron aparecer en diferentes partes de los primeros seres vivos, la selección parece favorecer a las que permiten detectar luz en la dirección de avance, no en la de retroceso. Es probable que la locomoción hacia delante haya sido una fuerza directriz de la localización actual de las células fotosensibles. Además, un mero giro de 90 grados de la cabeza, sumado a la visión periférica, basta para ver lo que sucede a nuestra espalda. Cabría pensar, no obstante, que padres y maestros disponen ya de visión occipital. Así, al menos, se lo parece a sus hijos o alumnos.

 

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