Por amor al arte

No deja de sorprenderme de un tiempo a esta parte, cómo hemos podido trasladar modelos de comportamiento propios del sistema que pretendemos sustituir a nuestras iniciativas económicas alternativas. Un ejemplo pueden ser el caso de los innumerables mercadillos de trueque que están tan de moda a lo largo y ancho de nuestro país – pobreza obliga-. O incluso las transacciones e intercambios que se efectúan en nuestros mimados bancos de tiempo.

Yo mismo lo pude experimentar hace poco en un mercadillo de trueque en Madrid, donde al final y por un ansia de ”comprar algo” como si estuviera poseído en rebajas, me llevé unas ridículas copias de películas españolas de los años 60 que no sé si veré algún día y que empiezan a guardar polvo en algún rincón de mi casa.

¿Pretendemos que estas iniciativas sean realmente transformadoras y que apuesten por un modelo social diferente, decrecentista y solidario? ¿O que simplemente complementen nuestro débil o escaso poder adquisitivo para seguir acumulando objetos y seguir simplemente consumiendo y permitiendo que esa élite del 1% que denuncian los indignados de más allá del charco sigan abusando y acaparando los recursos y riquezas de todos, sobre el otro 99%? ¿Estamos cambiando nuestros hábitos de consumo, o los estamos alimentando de otra forma más ”alternativa”?

Redes tradicionales de ayuda mutua

Otra sorpresa que me estoy llevando últimamente, es la opinión diferente que tienen algunos jóvenes indignados del movimiento 15-M sobre los temas de los que habitualmente trato. La reflexión, en definitiva, es si estamos invitando a acumular de nuevo o a intercambiar lo acumulado entre todos con exquisitas reglas de reciprocidad obligada que asemejan el marasmo de transacciones comerciales y obligaciones propias de cualquier economía formal, donde alguien debe a alguien algo y se necesita de un árbitro imparcial que regule para que todo funcione; ¿No es caer de nuevo en lo mismo?

Las redes de trueque como bancos de tiempo intentan restaurar las redes tradicionales de ayuda mutua que existían en las sociedades tradicionales y que aún perviven en pueblos y áreas rurales. Estas economías no dejan de ser una transición hacia otros modelos económicos y sociales donde la reciprocidad mutua propia de estos sistemas económicos alternativos no existe, porque es la comunidad la que responde compartiendo desinteresadamente sus recursos entre todos, una economía del PROCOMUN o de la propiedad múltiple.

En el libro “Vivir sin empleo” que he publicado, hay un capítulo que corresponde a lo que yo denomino ”Ayuda mutua” y que es precisamente este tipo de economía, donde se DA o se PIDE – se comparte – de forma natural en comunidad sin esperar reciprocidad y sin acumular ningún tipo de deuda, beneficio o crédito, pues todo está a disposición de todos. Me refiero a fenómenos como los bancos o redes de intercambio de conocimientos, verdaderas universidades públicas donde todo el mundo enseña lo que sabe sin registrar ningún tipo de crédito a favor del que enseña, pues cuando quiera puede él también formarse por otro miembro de la comunidad. Otro ejemplo es el bookcrossing, los libros que cualquiera puede leer y posteriormente liberar y que danzan por medio mundo. O el Couchsourfing, comunidad de alojadores donde puedes pasar gratuitamente una noche y seguir viajando por todo el mundo con habitación asegurada aportando tú mismo un sofá para cualquier otro miembro de esta comunidad que quiera pernoctar eventualmente en tu casa… etc.

¿Qué necesitan las comunidades?

En Bristol nació hace unos años una experiencia con el nombre de ”Just for the love of it” – traducido sería ”por amor al arte” – donde la gente comparte lo que tiene con los demás a través de una web del mismo nombre, si bien esta iniciativa se ha internacionalizado y son ya más de 35.000 miembros en más de 161 países que comparten sus habilidades y sus recursos sin esperar nada a cambio, por amor al arte.

Otra de las grandes experiencias pero exclusivamente en el ámbito del trueque, el reciclaje y la reutilización es ”Freecycle”, nacida hace 8 años en EEUU y que actualmente tiene más de 9 millones de socios en 75 países. Son dos ejemplos globales de cómo la red ha permitido implementar de forma global la acción de grupos locales no sólo para elevar su nivel de vida, sino también para mejorar el planeta.

Pero también estas iniciativas se quedan cortas. Cubren determinadas necesidades personales que pueden tener sus usuarios, pero no otro tipo de necesidades que por algún oscuro motivo no estamos atendiendo, y son las necesidades colectivas que dejamos precisamente en manos de nuestros políticos de turno, los que pagamos para que gestionen esos asuntos que parece no podemos arreglar nosotros mismos, y de los que los indignados discrepan tanto (y con mucha razón).

Otro de los paradigmas de los bancos de tiempo que repetimos una y otra vez es la importancia de la entrevista personal con el futuro usuario, al objeto de informarle claramente qué es un banco de tiempo y cómo funciona, que va a tener una cuenta donde va a acumular su tiempo y que tiene que saber que puede aportar a los demás miembros del banco – sus habilidades y aptitudes – así como también que puede necesitar de los demás, que todo está basado en la reciprocidad y el intercambio. ¿Alguien se ha preocupado de preguntarles a las comunidades que es lo que realmente necesitan, no sólo de puertas para adentro, sino precisamente de puertas hacia fuera? Yo traslado esta misma dinámica de descubrimiento tanto de los recursos como de las necesidades en un banco de tiempo, a la hora de implementar una moneda social en una comunidad: ¿qué recursos tenemos y que necesidades o problemas queremos solucionar? La moneda social únicamente nos va a servir como herramienta para los intercambios de esos recursos, y lo que queramos resolver o solucionar con esa gestión será todo lo ambiciosos que queramos ser respecto a nuestros sueños e ideales. Y esto se llama hacer política, hacer autogestión, aprender a gobernarnos, a solucionar nuestros problemas como comunidad, barrio, pueblo o ciudad, a hacer de los pretendidos asuntos públicos asuntos que nos conciernan a todos, y podamos decidir sobre ellos.

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