PLUTÓN: ¿EL ÚLTIMO PLANETA DEL SISTEMA SOLAR?

LA REGLA DE TITIUS-BODE

En 1766 el científico alemán Titius (Johan Daniel Titius, 1729-1796) dedujo una regla o ley matemática que permitía descubrir la posición en que se hallan los planetas del Sistema Solar con respecto al Sol. Apenas se reparó en su importancia hasta que Bode, en 1772, la divulgó e impulsó. Se la llamó la regla de Titius-Bode. Dado que el hombre ve el Universo desde un punto de vista antropocéntrico, se consideró como referencia la distancia entre la Tierra y el Sol, a la que se consideró como unidad (1 unidad astronómica, generalmente abreviado como u.a., que para los amantes de los números equivale a 149´6 millones de kilómetros). Según Titius, si consideramos una serie numérica que comience por 0, y continúe con el número 3, y cada vez vaya duplicando el número precedente, obtendremos la secuencia: 0, 3, 6, 12, 24, 48, 96, 192, 384, 768, 1536…

Si le sumamos a cada número de la serie obtenida el número 4, resulta la nueva serie numérica siguiente: 4, 7, 10, 16, 28, 52, 100, 196, 388, 772, 1540…

Esta lista numérica es un múltiplo de las distancias de cada planeta al Sol expresadas en unidades astronómicas. Por eso dividiendo cada número por 10 resultan las distancias teóricas de cada planeta al Sol, tomando la distancia Tierra-Sol como unidad, a saber: 0´4, 0´7, 1, 1´6, 2´8, 5´2, 10, 19´6, 38´8, 77´2, 154´0…

Las distancias conocidas entonces desde cada planeta al Sol eran de valor 0´387 (Mercurio), 0´723 (Venus), 1 (Tierra), 1´523 (Marte), (¿), Júpiter 5,203, Saturno 9´539…

Aparentemente esta regla matemática parecía inservible a los astrónomos, siempre reacios a pensar que un supuesto origen casual del Sistema Solar se pudiese expresar en condiciones tan precisas.

Pero el tiempo fue demostrando su aplicación y su realidad.

URANO

En 1781 Herschel descubrió Urano, situado a una distancia de 19´182 u.a. frente a la de 19´6 que era la prevista por Titius. Situado en los confines conocidos de nuestra casa estelar, a este planeta se le llamó Urano. Colocado más allá de Júpiter, según la mitología griega que siempre se utilizó para nombrar los planetas, el padre de Zeus (Júpiter para los romanos) era Cronos (el Saturno romano), y el padre de éste era Urano. Así fue elegido su nombre.

Parecía diminuto y de sigilosos movimientos como un cometa, pero su órbita casi circular y la ausencia de cabellera le confirmó como planeta. Urano se fue definiendo en toda su belleza y exotismo, verde azulado, con una lenta rotación sobre sí mismo y

un eje totalmente tumbado, que apunta constantemente hacia el Sol, rodeado de cinco satélites y finos anillos en su ecuador que giran en círculos verticales.

LA CADENA DE ASTEROIDES

Tampoco se conocía ningún planeta que respondiera al número 2´8 de Titius, entre Marte y Júpiter. ¿A qué se debía aquel error de Titius?

Animados por el hecho del descubrimiento de Urano, los astrónomos rastrearon intensamente las zonas del espacio situadas a esa distancia hasta encontrar a Ceres (a 2´77 u.a.) y otros tres asteroides más. El número de Titius reflejaba finalmente la «Cadena de asteroides», y sus distancias en más o en menos oscilaban alrededor de 2´8 u.a. Una vez más la regla había vencido a las especulaciones de los astrónomos.

NEPTUNO

La ligera discrepancia hallada en la órbita de Urano, ¿podría ser causada por la proximidad de otro planeta que provocara un efecto de «marea gravitatoria» sacando a Urano de su posición teórica?

Adams, un estudiante inglés de matemáticas de tan solo 21 años, y Leverrier, un astrónomo francés, estudiaron esa posibilidad. Basándose en la distancia fijada por Titius, introdujeron ciertas hipótesis. Fijaron para él una órbita supuesta, una elipse teórica más o menos achatada, un plano cercano al plano de la eclíptica, y remitieron sus estudios a diversos observatorios.

En 1795, 14 años después de descubrir Urano, observando intensamente el lugar donde debiera estar el nuevo planeta, fijándose entre miles de puntos más brillantes y mayores que él, se observó un punto diminuto que parecía desplazarse muy lentamente con el paso de los días. Era un planeta pequeño, muy verdoso, del color del mar profundo, que recibió el nombre del Dios que lo rige, Neptuno (Poseidón para los griegos).

Pero Neptuno parecía desmentir la validez de la regla de Titius-Bode, pues su discrepancia ya no era ligera como la de Urano, sino más importante. En vez de estar a la distancia teórica de 38´8 u.a. se hallaba a 30´058 u.a. No se había encontrado en ese lugar de modo casual. Las hipótesis de Adams y Leverrier eran bastante acertadas dentro de las múltiples aproximaciones posibles.

Neptuno era la causa de las irregularidades orbitales de Urano frente a la regla teórica. Introducida su influencia gravitatoria en el puzzle estelar, apenas un 2% de las irregularidades de Urano quedaban todavía sin explicación convincente. ¿Tal vez un planeta desconocido transneptuniano?

PLUTÓN

Dos jóvenes investigadores americanos, Lowell y Pickering, de modo independiente, se centraron en suponer órbitas y realizar cálculos. No era fácil tarea. Lowell, astrónomo autodidacta, construyó su propio observatorio y lo intentó sin descanso durante 11 años, pero murió antes de lograrlo, abatido y enfermo, obsesionado por lo infructuoso de la búsqueda que presentía cierta.

Tombaugh, en 1930, logró descubrir en el observatorio de Lowell el buscado planeta situado más allá de Neptuno. Habían pasado 149 años desde que se descubrió Urano.

Humason, poco antes, había seguido su búsqueda a través de las placas fotográficas. No detectó el desplazamiento de ningún punto brillante donde debía estar el planeta debido a una rayadura de la placa utilizada justamente donde se hallaba el punto que buscaba.

Plutón fue llamado como el dios mitológico, por hallarse en la lúgubre lejanía, allá donde la luz solar apenas llega, en los submundos inferiores y subterráneos del sistema.

Teóricamente, según la regla de Titius-Bode, debiera estar situado a 77´0 u.a. del Sol. Lowell y Pickering ya estimaron que debía hallarse entre 42 y 52 u.a. para provocar los efectos que generaba. Plutón era bien raro. Parecía mirar inclinado sobre la baranda al resto de planetas en un plano próximo a la eclíptica desde sus paseos de 17º. Era muy excéntrico, lo que en argot técnico quiere decir que su órbita elíptica era muy plana y alargada, y por tanto llegaba a estar, en su posición más cercana al Sol – a solo 29´4 u.a., y en su posición más lejana -afelio- a 49´4 u.a. Por resumir la compleja vida de un planeta a un número y darle un lugar en la regla de Titius-Bode, podemos decir que su distancia media al sol es tan sólo de 39´43 u.a. Eso sitúa a Plutón en el lugar en que la regla teórica esperaba hallar más bien a Neptuno. Pero entonces, ¿qué hay en el lugar en que debiera estar Plutón, a unas 77´2 u.a.?

Una vez más una irregularidad, pero esta vez muy importante. Tal vez no signifique la invalidez de la regla, que es bastante exacta en los planetas hasta Urano, sino la irregularidad de los planetas a partir de él. ¿Será tal vez Urano el límite objetivo de nuestro Sistema, como afirmaban las culturas antiguas?

Dichas culturas han considerado siempre como componentes reales de nuestro sistema estelar a siete planetas y dos «astros», el Sol y la Luna.

Efectivamente, para la tradición tibetana tan sólo siete planetas y dos astros son los que deben considerarse cuando se analizan influencias astrológicas sobre el hombre. Cierto es que para muchos la Astrología no es en sí una ciencia, si bien ya en tiempos de Luis Vives fue considerada materia digna de ser estudiada en la Universidad, pero esta es una disquisición baldía en este momento.

Que cada cual llame ciencia a lo que el gran angular de sus ojos pueda alcanzar a ver. Ello no impedirá que el espacio sea más amplio y profundo que nuestro campo de visión, y tal vez la Ciencia se burle en el futuro de nuestras actuales pretensiones e incluso de nuestros sanos esfuerzos.

Hablaban estas culturas de un número de planetas, siete, que nosotros tan sólo descubrimos en el año 1781, y al mismo tiempo se referían a otros planetas situados más allá de los siete que componían nuestro sistema solar.

Los egipcios, cuya astronomía es hoy bien ponderada, pues incluso lograron medir el meridiano terrestre con mayor precisión de la que podíamos obtener hace unos años, o situar la tierra escondida bajo los hielos de Antártida con mayor precisión que algunos mapas recientes (mapa de Piri Reis), no eran el pueblo agrícola y sin ciencia que se creyó.

En Tíbet se hablaba de planetas exteriores a los siete considerados hasta completar el número de diez. Si esto fuera cierto, dado que conocemos actualmente nueve planetas, aún habría un planeta exterior a Plutón, aunque no se considerara plenamente miembro de nuestro Sistema.

EL ENIGMÁTICO PLUTÓN Y LOS CONFINES EXTERIORES DEL SISTEMA

Plutón completa su recorrido alrededor del Sol cada 248 años y se desplaza con una órbita elíptica, muy excéntrica, cuya inclinación es de 17º con respecto al plano de la eclíptica. Por este motivo, durante muchos años se halla más próximo al Sol que Neptuno.

Se pensó al descubrirlo que sería de tamaño mayor, similar a la Tierra, y en cambio es del orden de una décima parte de la Luna. Cada 6´4 días gira sobre su eje, y su masa es quinientas veces más pequeña que la de la Tierra. No podía ser de roca, pues apenas podría reflejar la luz del Sol y no hubiera podido ser descubierto. Todo apuntaba a ser considerado una superficie fría y algo más brillante. Tiene una tenue atmósfera. Si hubiera sido mayor y no tan frío, el calor generado en su formación la habría evaporado. Así se llegó a la conclusión de que era un mundo de hielo, pero hielo de metano.

Pese a ser mucho más parecido a un satélite, una sombra sobre su faz que aparecía periódicamente hizo sospechar la existencia de un satélite propio. Era Caronte, que al ser tan cercano a Plutón no pudo ser descubierto hasta 1978.

Caronte es un satélite de agua helada, rodeado por la misma atmósfera de gas metano que escapa de Plutón, que gira sobre sí mismo en un periodo de 6´3 días, similar al de Plutón.

La masa de Caronte es del orden de una décima parte de Plutón. Está demasiado próximo a él y por dicha causa se van atrayendo gravitatoriamente y tal vez algún día lleguen a chocar. Lo cierto es que se provocan mutuamente un efecto de marea gravitacional y como resultado se han armonizado sus movimientos, que resultan acompasados, mostrándose ambos siempre la misma cara al rotar. Cada vez giran a menor velocidad y son como un sistema doble con un único eje central y común.

¿Puede ser Plutón un satélite desgajado de la órbita de Neptuno para tomar personalidad propia? ¿O tal vez un objeto exterior capturado por nuestro sistema estelar?

Sea como fuere, Plutón-Caronte, planeta doble o satélite sacado de su órbita, cometa o asteroide capturado, su pequeño tamaño no puede explicar totalmente los fenómenos de marea gravitatoria de Neptuno.

Las dificultades de encontrar un nuevo componente del Sistema Solar cada vez son mayores a pesar del avance científico, puesto que de ser aplicable la regla de Titius-Bode, a pesar de las irregularidades que ofrece más allá de Urano, dicho planeta o similar se hallaría a una distancia doble de la que se halla en promedio Plutón-Caronte.

Algunos libros de texto, hace casi dos décadas, se atrevieron a darlo por descubierto, y así lo enseñaban en las escuelas. Le llamaron «Riga», y pocos años después tuvieron que recoger las velas desplegadas y hundiéndolo en el confín del Hades lo silenciaron de nuevo.

¿Por qué es tan extraño y enigmáticamente irregular en todo concepto el binomio Plutón-Caronte?

El tiempo aún nos reserva un futuro de ciencia apasionante.

CONCLUSIÓN

¿Qué querían decir las culturas antiguas cuando afirmaban que los planetas que se hallan más allá de Urano son «agregados del sistema»? ¿Que llegaron con posterioridad a la formación del mismo? ¿Que proceden del exterior del sistema? ¿Que están fuera del límite real objetivo del Sistema? ¿Que no tienen una función definida dentro del mismo como entidad organizada y funcional?

Todas estas posibilidades podrían explicar sus manifiestas irregularidades en un sistema tan armónico como capaz de cumplir básicamente una regla teórica numérica.

Si son agregados porque vinieron con posterioridad, ¿quiere esto decir que no estaban presentes en la nube inicial de polvo y gas que dio lugar a la plasmación del Sistema? Tal vez hayan sido asteroides capturados en órbitas fijas, como se presume de Febe -satélite de Saturno- y de Quirón -asteroide situado cerca de la órbita de Marte-.

Muchos científicos consideran que pueden ser agregados provenientes del exterior del sistema. En el caso de Plutón su órbita tan desviada del plano de la eclíptica y su corazón helado rodeado de una ligera atmósfera de gas se asemejan más a un cometa capturado del cinturón de Kuiper o de la nube de Oort que a un planeta. ¿Habría sido anteriormente un cometa helado de larga cabellera obligado a ceñirse en su recorrido tan sólo al interior de nuestro sistema?

Pudiera ser entonces que la expresión de las culturas antiguas de que los planetas que se hallan más allá de Urano «no se consideren miembros de nuestro sistema» implique que se hallan fuera del límite real y objetivo del mismo. Para entender esta postura hay que acercarse al pensamiento clásico, porque argumentar esta postura implica:

Presuponer que el Sistema es una entidad conciencial, tal como ya se reconoce en la célula, que tiene «conciencia de posicionamiento», es decir, sabe dónde se halla su función y la función de las células contiguas de acuerdo a un fin global de funcionamiento.

Presuponer que dicho sistema tiene un final, un límite, algo así como una membrana semipermeable capaz de dejar pasar influencias en un sentido y no en otro.

Es notoria la analogía al respecto de la existencia reconocida de un «halo de hidrógeno» que supone el borde exterior de nuestra galaxia.

Presuponer que Neptuno y Plutón no tienen función en el sistema, dado que un sistema es «un conjunto de elementos con principios enlazados que tienen un fin común» . Neptuno y Plutón tendrían en todo caso una función propia, diferente y quizás complementaria de la finalidad misma del Sistema Solar.

Si pertenecer al Sistema es pertenecer a una entidad organizada y funcional que tiende a un fin común, ciertamente las irregularidades de los últimos planetas, Neptuno y Plutón, los hacen, cuanto menos, elementos extraños al mismo.

Una vez llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿cuál es el fin de un sistema estelar? ¿Habrá llegado el momento en que comencemos a plantearnos más allá del azar, hacia dónde fluyen las cosas? ¿Tienen acaso un sentido, como las células y tejidos en un organismo vivo? ¿Hay leyes de causalidad -que no de casualidad- que los impulsan aunque no los determinen?

Dejémoslo aquí. Jugar a ver en la Naturaleza las Leyes que mueven las cosas es imaginarla como expresión de algo más profundo, y la ciencia, aunque acostumbrada a trabajar con fuerzas que se definen y calculan con leyes, aún no está dispuesta a imaginar la Mano que acaso maneja esas Leyes. 

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