Perfiles, no identidades

En un manifiesto lúcido y provocador, el antigurú informático Jaron Lanier denuncia cómo la Web deshumaniza a las personas en meros fragmentos.Tienes que ser alguien antes de poder compartir lo que eres”, dice el neoyorquino Jaron Lanier en el prólogo incendiario de No somos computadoras . ¿Manifiesto contra Internet? Parece una suposición absurda proveniendo de un especialista en informática, músico, artista gráfico y quien, en los comienzos de los 80, popularizó el concepto de realidad virtual.

Ahora bien, resulta por lo pronto extraño a la vez que entusiasta que alguien cuyo origen sea el mundo digital abra su manifiesto con la pregunta: ¿Qué es una persona? En gran medida, un indicador de la problemática que plantea Lanier en su demolición hacia la forma en que ha devenido la Web 2.0 en especial.

Es que pensar la Web 2.0 implica volver a reflexionar sobre lo que algunos filósofos contemporáneos, como el filósofo italiano Roberto Esposito, llamó el “dispositivo de la persona”.

Dice Lanier que “los fragmentos no son personas” y la denomidada revolución digital de comienzos del siglo XXI impulsó, en gran medida, esa “balcanización” de las personas en pequeños fragmentos. La “hipótesis Lanier” reposa en que se trata a las personas como fragmentos. A esta cuestión el autor denomina “maoísmo digital”. Es decir, el gulag de las personas en manos de compartimentos estancos digitales, estandarizados o perfiles, al estilo Facebook.

Vale decir, la aparición de la Web 2.0 implicó el surgimiento de las identidades del tipo multiple-choice , es decir, una suerte de commodity de las subjetividades. En este sentido, para Lanier los mejores usuarios de Facebook, los más eficientes, son los que crean ficciones online más satisfactorias sobre sí mismos con gran éxito. Aquellos que cuidan sus dobles con meticulosidad y esmero.

¿Por qué maoísmo digital? El maoísmo clásico no rechazaba la jerarquía, sólo suprimía cualquier jerarquía que no fuera la estructura de poder del Partido Comunista. En algún aspecto, la digitalización suprime las jerarquías o centralidades fuera del poder de determinados sitios –redes sociales, mayormente–, ergo , sigue siendo jerárquico. Pero Lanier también evalúa negativamente la llamada “cultura abierta”.

“En el futuro de la cultura abierta, tu creatividad y expresión tampoco serán remuneradas, pues serás un voluntario del ejército del long tail –señala–. De modo que no te quedará nada”. De otra manera, la sobreoferta atomizada y la distribución en multiplicidad te dará un público pero menor e insuficiente.

Jaron Lanier se define como un loop inconformista. Como es evidente, dentro de la caracterización de la fauna de Silicon Valley podemos dar con anarquistas, libertarios, lectores de Ayn Rand, nihilistas, neonietzscheanos, hijos rebeldes de los 50 y 60, ex hippies, aficionados al zen. Es en ese marco que Lanier señala el inconformismo de la matriz en todos. La Web es producto de ese espíritu contracultural y Lanier lo lee muy bien. Quizá se deja ver cierta pretensión en recuperar para sí ese gesto.

Ahora bien, ¿qué propone Jaron Lanier frente a este modelo estandarizado que sólo propicia identidades a la carta y la reducción de la persona en meros hábitos de consumo y sistematización de invariantes? La lógica lo marca: escapar a los límites de los sistemas simbólicos preexistentes. Es decir, crear un software que rechace la idea del protocolo. Lanier está hablando de un sistema de comunicación postsimbólico: la construcción de la singularidad radical en el plano virtual. Aquí es donde se comprende de modo adecuado por qué no somos gadgets ni máquinas. Es al revés: el carácter único de la persona es lo que la hace ser fascinante y la Web 2.0 aún no ha podido captar su especificidad de modo eficaz y evidente.

Lanier va contra la mentalidad de rebaño digital a fin de promover la explosión de la singularidad. El continente, la matriz, la forma, no debe predominar frente al contenido que somos todos los usuarios.

Si Lanier logra lo que se propone podríamos hablar de una revolución copernicana en el ámbito virtual. Quizá la Web 3.0, también llamada semántica, tendrá en sus desarrollos la clave de estas ideas: la singularidad irreductible, el cuerpo, a la vez que el aspecto comunitario y colaborativo de lo 2.0. La posible caída en la uniformación de la experiencia humana es el principal centro de los ataques del autor. Filosóficamente, hablamos de un componente libertario en esta visión, una proposición tan ambiciosa como aún algo lejana.

Lo lúcido, persuasivo e incómodo es lo que hace de No somos computadoras un texto que puede ser leído en muchas claves y que excede lo meramente informático: manifiesto, panfleto, filosofía de la tecnología, sociología de lo virtual y vuelta de la categoría de persona. Categoría que articula dos partes –cuerpo/alma–, en este caso ese encuentro será en el nombre del silicio.

La prótesis que clama y se deja enunciar en el texto de Lanier es la posibilidad de una nueva ontología, una interfase que todavía no ha sido concretada. Bien lo señala el estadounidense Douglas Rushkoff: “ No somos computadoras será recordado como el manifiesto que salvó a la humanidad al límite de la extinción, o como el último mensaje inteligente de una especie obsoleta”.

La obsolescencia, en rigor, partirá de los gadgets ; el hombre, como dijo Michel Foucault, es una invención reciente, su incipiente configuración vendrá de otra mano, por ello el concepto de persona se encuentra en permanente erupción y exige una redefinición de la cual Jaron Lanier hace un aporte más que significativo.

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