pastillas para no soñar

La Ritalina y el ADD
pastillas para no soñar
El fenómeno de la medicalización de los niños con ADD continúa su marcha explosiva. Algunas voces se alzan para señalar que hay un mal diagnóstico en su base y que ello sólo conduce a la medicalización de la infancia, en lugar de brindarle la atención a sus problemas. Las pastillas sirven no solo para los pequeños, sino que también tranquilizan a los mayores.

La letra del tema de Sabina (“Pastillas para no soñar”) alude a vivir sin riesgos, en una especie de asepsia, que, según la particular visión de su autor, es casi una muerte en vida, es decir, alejada de todo placer y creatividad, signada por la pauta de lo saludable, desde el punto de vista de lo que espera la sociedad o lo que se impone como el ideal común, cercenando lo particular, amputando lo distinto, negándolo.
El título escogido parafrasea el del músico y toma partido, de alguna manera, ante la discusión que se ha instalado desde que se verifica un incremento notable de ADD y otras patologías del Trastorno Generalizado del Desarrollo en diversos frentes, que incluyen temáticas tales como el diagnóstico, la medicación y las estrategias de tratamiento.
Es cierto que, como tantos otros temas que conciernen a lo social, el concepto de salud-enfermedad varía con las épocas y que las expectativas de la comunidad y las personales al respecto tampoco permanecen invariables a lo largo de la historia.
En todo caso, si tantas voces se alzan para analizar por qué tantos y tan medicalizados en el último tiempo está dando cuenta de que existe un problema serio, del tipo que este sea.

¿Son acertados los diagnósticos?
Como primera cuestión, es necesario señalar que existen quienes dudan de que el ADD, con o sin hiperactividad, sea una patología disociada y particular, distinta de aquellas formulaciones tradicionales del psicoanálisis freudiano (neurosis, histeria, psicosis, etc.), aunque la tendencia más generalizada es a aceptarlo como un fenómeno que requiere un tratamiento específico. De alguna manera, ello es siempre así, con cualquier afección.
Si bien los psiquiatras, en general, y buena parte de los médicos están convencidos de que la mayoría de los diagnósticos son certeros, por otro lado se ha criticado que el manual del que se valen, el DSM IV, es tan amplio en la descripción sobre qué se entiende por tal, que ello por sí solo ya explicaría la explosión de casos en las últimas décadas, ante la laxitud de los criterios diagnósticos.
Desde este punto de vista, casi cualquier conducta disruptiva es susceptible de encuadrar dentro del marco nosológico ADD, mientras que se desentienden de muchos factores que rodean al niño (o al adulto, porque en los últimos tiempos se detectan casos a edades mayores), que pueden perturbar sus estados psíquicos y emocionales, tales como mudanzas, duelos, cambios de escuela, situaciones hogareñas conflictivas, etc., que inciden notablemente en las conductas y que, en muchas ocasiones, solo encuentran formas de expresarse a través del síntoma.
Al mismo tiempo, otro de los aspectos que se señalan es que la infancia es inquieta en sí misma, puesto que una nota que la distingue es la exploración de los límites. Desde esa perspectiva, no cualquier actitud disruptiva, de acuerdo con lo esperable (restaría saber quiénes esperan qué), llenaría las condiciones para que se la asimile a una patología.
También se apunta que la labor propagandística de los laboratorios a la que los legos no acceden, porque no se difunde por medios masivos (salvo los productos de venta libre), sino que se realiza puertas adentro de los consultorios y a través de revistas especializadas, coad-yuva a lo que se define como una sobrediagnosticación. Del mismo modo, la realización o la esponsorización de los fabricantes de medicamentos hacia las investigaciones que van en el sentido de sus intereses, cuyos resultados se difunden mucho más rápidamente y mejor que las que cuestionan la efectividad de los tratamientos o, lisa y llanamente, los fundamentos diagnósticos, implican una presencia mucho más importante de una de las campanas, no solo en los ámbitos psiquiátricos, sino que también inciden fuertemente en la opinión pública.
Según Hugo Cohen, asesor de la Organización Panamericana de la Salud, expresó en un reportaje aparecido en Infobae del 6/1/2011: “El problema actual no es la cantidad de menores que padecen los cuadros sino la cantidad de evaluaciones erróneas. Se creó un trastorno que no es tal. Se identificaron unos síntomas que en realidad los chicos no presentan, con el agravante de que el tratamiento suma una medicación riesgosa”.
Por otro lado, quienes sostienen a rajatabla la postura prodiagnóstica y medicalizante, afirman que, por desconocimiento y prejuicios, en realidad la presencia de ADD está subdiagnosticada, que hay muchos más sujetos implicados.
Se aprecia cómo el argumento de la ignorancia se utiliza para sostener dos posturas antagónicas: por un lado, la escasa o superficial información que poseen los médicos (e incluso algunos psiquiatras) acerca de las disciplinas que se ocupan de la psiquis; por el otro, el desconocimiento y el desdén de quienes no están familiarizados con las bondades de la medicación o, inclusive, del flagelo del ADD y su control.
En medio de esta disputa quedan los responsables de los niños y, lo que es peor, los propios niños, sin saber muy bien qué campana escuchar. Claro que, al menos por ahora, la tentación de la inmediatez ante la posibilidad de un tratamiento prolongado resulta infinitamente más atractiva.

Medicalización: ¿es una solución?
Según se aprecia a través los niveles de medicación de la población escolar norteamericana (alrededor del 8%) y el notable incremento en los últimos tiempos en América Latina, parece que la respuesta es afirmativa.
Desde que en 1954 se lanzó al mercado el metilfenidato (con distintas marcas en el mundo), su uso no solo remite al ADD, sino que también se utilizó para tratamientos de narcolepsia, Alzheimer, dolores secundarios en el cáncer, la fibromialgia y un número importante de otros usos, aunque su eclosión en el mercado se dio de la mano del ADD.
Hay una controversia acerca de cómo actúa y en ocasiones se lo asocia a otros medicamentos. Se coincide en que, en general, aumenta la capacidad de concentración, baja los niveles de ansiedad, mejora la parte cognitiva y estabiliza la conducta.
Claro que, a su vez, los mismos prospectos alertan sobre sus efectos secundarios. En uno de ellos, el de Novartis, se señalan nada menos que 43, con diversa gravedad. Pero hay quienes aseveran que son más, puesto que, al tratarse de una anfetamina, comparte con éstas la problemática de las derivaciones.
Entre las consecuencias no deseadas de su ingesta se señalan, entre muchos otros: lesiones cerebrales, palpitaciones, taquicardia, hipertensión, arritmia, dolor en el pecho, pérdida de apetito, nauseas, dolor abdominal, vómitos, sequedad de la boca, mal gusto, estreñimiento, diarrea, disfunción de la pituitaria, retraso en el crecimiento, desequilibrio de la función sexual, convulsiones, confusión, agitación, ansiedad, irritabilidad, agresividad, nerviosismo, llantos fáciles, hipersensibilidad, euforia, depresión emocional, insomnio, somnolencia, trastornos del humor (disforia), psicosis con alucinaciones, compulsividad, depresión psicótica y manía, gestos nerviosos, tics, diskinesia, cefalea, prurito, urticaria, hipertranspiración, fiebre, dolor articular, temblores, contracturas musculares, alopecia, anemia, enuresis.
A su vez, si bien no existe una comprobación fáctica fehaciente, precisamente por ser una anfetamina, algunos sostienen que puede resultar adictiva, es decir que puede llevar a que quien tome la droga por tiempo más o menos prolongado, conduzca a que le resulte extremadamente difícil dejar de hacerlo y que en muchos casos no es recomendable su supresión abrupta, porque puede causar trastornos muy serios.
Pese a que algunos niegan esta posibilidad, la propia página MedlinePlus, de los Institutos Nacionales de Salud de EE.UU. advierte: “El metilfenidato puede crear hábito. No aumente la dosis, no lo tome más seguido, por más tiempo ni de manera distinta de la indicada por su médico. Si toma demasiado metilfenidato, puede sentir que el medicamento ya no controla sus síntomas y que necesita tomarlo en grandes cantidades. También es posible que experimente cambios inusuales en su comportamiento”.
Pero la imputación más grave que se le hace es que puede causar la muerte súbita, como se advierte en una página en la cual se acusa al metilfenidato de haber causado la muerte a 186 personas entre 1990 y 2000, como se aprecia en la imagen.
Por otro lado, en varios portales se advierte que no debe prescribirse a menores de 6 años, puesto que se desconoce qué efectos puede acarrear. Pese a ello, existen casos, en los cuales se les suministra a pequeños de 4.
Tampoco se sabe a ciencia cierta cuáles son los efectos que puede producir la ingesta durante varios años. No existen muchas investigaciones al respecto, y las que hay, aseguran que estos son devastadores, y los asocian a problemas neurológicos y hasta a demencia, entre muchos otros; pero, reiteramos, los resultados no son conclusivos por falta de un número adecuado de casos comprobados.

Los rótulos y los niños
Si realmente existe una sobrediagnosticación de ADD, es un problema muy serio.
Si, como afirma el Dr. Kohan, y que ello sea así se deba a que “Se ponen en juego muchos factores. La falta de conocimiento es uno. A eso se suma una presunta respuesta rápida a los supuestos problemas que surgen en las escuelas. Como el niño reacciona inmediatamente a la medicación, queda tranquilo”, es preocupante.
Si para dejar tranquilos a los adultos y hallar una solución fácil y expeditiva a los problemas que presentan niños molestos, traviesos, angustiados y con carencias afectivas, entre muchas otras manifestaciones de que algo les pasa, hay que recurrir a patologizarlos en lugar de buscar formas de contención, el camino parece errado.
Colgarle un cartel a un pequeño, estigmatizarlo con un diagnóstico, suprimir sus síntomas sin atacar el meollo de su sufrimiento y medicarlo durante años innecesariamente, debería llamar la atención de padres y médicos y hacerlos reflexionar sobre si es necesario.
Si lo es, habrá que aceptarlo; pero si no, inclusive la aceptación social de esas vías de resolver problemáticas de la infancia aparece, cuanto menos, como monstruosa.
Es cierto que una pastilla produce un efecto instantáneo, mientras que un tratamiento psicológico suele llevar años; que resolver los conflictos intrafamiliares es mucho más penoso que recurrir a las soluciones mágicas; que prestar atención a lo que le sucede a un niño requiere más tiempo que el que insume suministrar un medicamento. Pero también lo es que no se puede medicalizar a la infancia para el bienestar inmediato no de los propios niños, sino de sus mayores.
Paradójicamente, muchos de los diagnósticos se inician en la escuela, cuando el pequeño no presta atención, deambula, molesta. Recién entonces los padres parecen notarlo.
Una sociedad que no cuida a sus niños, a sus viejos y a sus discapacitados y, por el contrario, no atiende a lo que les pasa y suprime sus problemas, como si no existieran, está definitivamente a favor de las pastillas para no soñar.

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