PASTILLAS MÀGICAS-NIÑOS AUTOMEDICADOS

Niños medicados
Las pastillas mágicas
Las tasas de ADD y de otros trastornos tales como TOC, panick attack, bipolaridad, etc., son preocupantes, más aún cuando se desconoce su etiología. Algunos descreen de que se trate de un síndrome o trastorno; otros lo dan como cosa segura y científica. Y la duda nos carcome respecto del tratamiento: ¿pastillas, terapia, ambas cosas o ninguna de ellas? ¿Es una moda, un negocio o una realidad? Si se trata de una pandemia, es un problema serio. Si sólo es un negocio para los laboratorios, también.

Hace pocos meses nos sorprendía la noticia de que el 10% de los niños estadounidenses concurren a las escuelas medicados por problemas de ADD. Nos preguntábamos qué hace el Departamento de Salud del gobierno para detener lo que, para el simple y común ciudadano medio como quien escribe, resulta una epidemia. Porque, según la Real Academia Española, epidemia es una “enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas”. La Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, calificaba como epidemia de neumonía atípica los algo más de 2.500 casos producidos en todo el mundo en 2003. Ahora, el 10% de los niños escolarizados en un país de más de 300.000.000 de habitantes, con altos índices de educación, debe conformar una cifra realmente importante, como para que preocupe a las autoridades. Muy recientemente, un grupo de mil profesionales argentinos (médicos, psicólogos, psiquiatras) aseguró, en un documento que circuló y que llegó a manos del Ministerio de Salud de la Nación, que 200.000 de los 8.000.000 de niños que concurren a nuestras escuelas, lo hacen bajo la influencia de fármacos por distintos trastornos que involucran trastornos de déficit de atención (ADD), trastorno obsesivo compulsivo (TOC), panick attack, bipolaridad… En España, las cifras varían entre el 5 y el 10%. En México, según distintas fuentes, se estiman entre 1.500.000 y 5.000.000 de sujetos afectados. En Perú, alrededor del 4,7% de los escolares padecen de ADD. Y así en los demás países. Cuando me encontré con estas cifras, me espanté, primero, y luego me puse a investigar. La cantidad de páginas referidas a los diversos trastornos que llevan a nuestros niños a ser medicados son millones. Enciclopedias médicas, blogs, asociaciones de padres, fundaciones, etc., tienen infinidad de caracteres referidos al tema, con muy diversos enfoques. Tarde o temprano, aparece en ellos el famoso DSM-IV, el manual de la American Psychiatric Association. Esta es una asociación que, según sus propias palabras, representa a más de 36.000 médicos líderes en salud mental de todo el mundo, lo que quiera que ello signifique. En un monumental esfuerzo simplificador, esta Asociación parece haber conseguido reunir una serie de pruebas muy sencillas para diagnosticar una larga lista de patologías mentales, al estilo de las primitivas tarjetas perforadas de las que se valía la prehistoria de la computación. La sumatoria de las respuestas encasilla al analizado de esta manera en su correspondiente padecimiento. Si ello sirve o no, escapa totalmente a mi comprensión. En muchísimos ámbitos, el Manual despierta admiración y alivio y, paralelamente, en tantos otros, un repudio particularmente enconado. Yendo a buscar la etiología del trastorno, me envolvió una perplejidad mayor. Por un lado, algunos afirman que se trata de un problema genético, y dan la ubicación en un cromosoma, dentro del cual un gen con nombre críptico parece haber sufrido una mutación que hace que quien la porte sea hiperactivo, no preste atención, no siga las directivas, sufra olvidos, no deje de hablar, y un nutrido número de etcéteras. Hay quienes lo asocian a problemas de tipo químico en los cerebros de los niños, que pueden tener su origen en causas diversas, como que la madre fume en el embarazo, o la exposición durante demasiado tiempo a la televisión a edad muy temprana, entre otras. La mayoría de los que tratan este tema coinciden en que, en realidad, no se conoce cuál es la razón última de su existencia y sugieren que se podría tratar de una conjunción de causas. También están aquellos que afirman que su raíz ha de buscarse en la psiquis humana y no tanto en hechos biológicos, como preconizan las posturas anteriores. Finalmente, otro grupo afirma su inexistencia lisa y llana, puesto que no es ni un trastorno, ni un síndrome, sino simplemente un síntoma, producto de otras circunstancias, tales como duelo, separación de los padres, violencia familiar u otras causas traumáticas que actúan como disparador de conductas del tipo de las que se describen bajo el rótulo de ADD, TOC u otros nombres de supuestas patologías. Tampoco hay coincidencias respecto de su tratamiento. Mientras que los biologistas aseguran la imposibilidad de la cura, pero la factibilidad del control mediante medicamentos (en algunos casos aceptan terapias coadyuvantes de tipo psicológico), los psicologistas reniegan de las drogas, no sólo porque consideran que no es una solución, sino porque aseveran que los medicamentos traen más trastornos que beneficios, creando una dependencia a ellas que puede durar toda la vida, además de efectos secundarios de algunos fármacos que pueden producir todo tipo de problemas (inconvenientes urinarios, derrames cerebrales, problemas cardíacos, muerte súbita, etc.), aunque un grupo de ellos cree que la medicación, como accesoria de la terapia psicológica, puede servir de ayuda. A su vez, entre los seguidores de las ciencias del espíritu, hallamos distintas orientaciones: freudianos, lacaneanos, junguianos, adlerianos y otros, que tienen distintos enfoques para su tratamiento; a quienes se suman los de otras disciplinas, que se postulan como alternativas o complementarias de los dos modelos principales de tratamiento (biológico y psicológico). Lo cierto es que, al menos por ahora, la batalla la ganan las pastillas sobre los demás tratamientos. Y ello tiene su lógica, más allá de que esta forma de encarar este trastorno (o conjunto de síntomas, o como quiera llamárselo) sea excelente, buena, regular, mala o pésima. Vivimos en una sociedad que se maneja a la velocidad de la luz, en la que no se puede esperar, sino que todo tiene que ser ya y, además, con el menor esfuerzo posible: el resultado manda. Por otro lado, más allá de los avances científicos y tecnológicos, preocupa esta epidemia y tendría que llevar a preguntarnos si están todos los que son y son todos los que están a la hora del diagnóstico. Porque me identifico con una variedad de síntomas cuando los veo expresados en las listas y me pregunto: ¿por qué hay pocos adultos con este trastorno y tal cantidad de niños? ¿Cómo es que antes había tan pocos y ahora hay tantos? ¿Tendrá que ver la labor de los laboratorios medicinales en esta propagación, como alguna vez se sugirió respecto de la pediculosis, salvando las distancias? Asimismo, algunas voces se alzan para denunciar que en muchas oportunidades, el diagnóstico comienza por docentes que no pueden controlar a niños que no cumplen con las expectativas sociales: es decir, que los alumnos sean receptores pasivos y estáticos, y que ello estigmatiza desde el arranque. No es menos cierto que, en muchos casos, la mirada atenta de un maestro permite la detección temprana de problemas que, tomados a tiempo, implican la posibilidad de mejoramiento de alguna patología incipiente. Afortunadamente, ya no tengo hijos en edad escolar. Y los sobrinos que sí lo están, no parecen haber caído víctimas de la pandemia que parece azotar al mundo entero. Pero me preocupa que los diagnósticos puedan no ser todo lo exactos que debieran; que los tratamientos con drogas sean más destructivos que productivos; que los terapistas del alma, de la psiquis y del espíritu tampoco estén bien encaminados y que, resultando su problemática tan constante en todas las latitudes, haya más polémicas que certezas. Si el ADD existe y está tan extendido, estamos en problemas. Y si es una moda o un invento comercial, también. Ronaldo Pellegrini ronaldopelle@yahoo.com.ar

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