Palabras de Su Beatitud Juan X, Patriarca de Antioquía y todo Oriente

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“…y los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez en Antioquía”
(Hechos 11:26)
 
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Conferencia internacional: “Los Desafíos de los árabes cristianos”
Amán – Jordania, martes, 3 de Septiembre de 2013
Palabras de Su Beatitud Juan X, Patriarca de Antioquía y todo Oriente
Su Majestad:
Sus Santidades, Sus Beatitudes, Sus Honorabilidades, Sus Eminencias, Sus Excelencias, Sus Señorías y estimado público:
Es menester agradecer en primer lugar a Su Majestad y a su corte real por la gentileza de habernos invitado. Es para mí un gran placer el poder dirigirme a Ustedes para transmitirles desde aquí, desde Amán y para todo el mundo, algunos pensamientos y una profusión de legados y esperanzas con el deseo de que invoquen en sus ilustres memorias la imagen de lo que fuimos, somos y seremos los cristianos de Oriente, como parte indivisible del tejido oriental cristiano-musulmán.
Vengo a Jordania desde Damasco que comprende entre sus tesoros el sepulcro de Saladino y la tumba del Profeta San Juan, vengo de la Catedral de la Virgen, de la Mariamíe de Damasco, vecina de la Gran Mezquita Omeya, vengo desde la herida Émesa, la ciudad de San Elián que contiene también a Jalid ibn al-Walid. Vengo de la pureza de la nieve del Líbano y de sus montañas majestuosas, de Beirut la ciudad de las leyes y de Tiro, la novia del sur del Líbano. Vengo a la noble Jordania Hachemita, vecina de Palestina con todos sus santuarios musulmanes y cristianos, vengo a besar la orilla del Rio Jordán donde se bautizó Cristo Señor.
Soy cristiano del Levante, en esta región fue donde por primera vez se proclamó el nombre de “cristianos” a los seguidores de Jesucristo. Provengo de las entrañas de esta tierra y me detengo frente al pesebre de Belén. Desde Belén me dirijo al noble Egipto para protegerme de Herodes y desde allí regreso a Palestina y sigo a Cristo por la orilla del Jordán. Desde el Jordán le acompaño al monte Tabor y de allí a Sidón en el sur del Líbano. Luego sigo su camino de la cruz y me prosterno frente a su sepulcro vivificador en la Ciudad Santa. Desde la Ciudad Santa retorno mis pasos a Damasco para ver a Pablo convertirse dentro de sus murallas y le veo bautizándose por Ananías. Desde Damasco me dirijo a Antioquía, para revestirme allí con el título de “cristiano”, y transmitir la proclamación del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Desde el puerto de Antioquía y en compañía de Pablo, me dirijo a todo el orbe. Todo esto me permite decir que de esta tierra provengo, en ella nací y en ella viviré, y en mi corazón abrazaré su noble tierra cuando parta hacia la vida eterna. Todo esto es para decir también que nosotros los cristianos de Oriente estamos arraigados a nuestra tierra como un olivo en el Monte de los Olivos y aferrados a ella como lo están los Cedros del Líbano. Nuestro arraigo en nuestra tierra significa, primero, una buena relación con aquellos que Dios en su señorío majestuoso nos encomendó, con nuestros hermanos musulmanes con quienes compartimos no sólo una convivencia sino la vida misma; no sólo una fraternidad sino una hermandad y no sólo un pacto sino una unión que no la separarán los ardides de los ambiciosos, y esto lo pueden comprobar rotundamente los testimonios de la historia.
Yo soy un cristiano de Oriente y doy testimonio de la buena relación y hermandad que tenemos con mis hermanos musulmanes, doy testimonio de esto en el pacto profético, que fue legado por la impronta del Noble Apóstol quien pidió a los conquistadores el buen trato de los cristianos. Veo esta hermandad en la sabiduría de Omar ibn al-Jattab quien no aceptó el pedido del Patriarca Sofronio de rezar en la Iglesia de la Resurrección por respeto y estima, por sabiduría y entendimiento. La veo y la siento en los grades ministros omeyas, en Mansur ibn Saryun y su abuelo. La veo en la hermandad que se manifestó a través de los caminos de la historia a pesar de la crudeza que se vivió a veces. La veo en nuestra historia moderna, cuando Abd al-Qadir al-Yazairi encubrió a algunos cristianos en Damasco para protegerlos de los horrores de la revuelta de 1860. La veo en la mano de Gregorio Hadad, patriarca de Antioquía y Todo Oriente, aquella mano que fue la primera que abrazó y la última que despidió al Príncipe Faisal en la estación de Hiyaz en Damasco allá por el año 1920. En aquél entonces dijo: “La mano que se te extendió a ti permanecerá extendida siempre” y es así que está extendida a todo hermano musulmán para construir con él un futuro brillante. Soy hijo de la bendita Antioquía que abrió sus iglesias a los musulmanes en 1937 cuando se cerraron las mezquitas del Distrito de Alejandreta en la cara de sus musulmanes.
Nosotros rechazamos que se encubran con el manto de la religión para diseminar la segregación entre la gente y para degenerar la imagen del Islam de la tolerancia y del cristianismo del amor, tal como los hemos conocido a ambos hasta el día de hoy. Así también rechazamos que se eleven consignas sin sentido para inmiscuirse en la soberanía de los estados. Nosotros en este querido Oriente no somos ajenos a la carta de los derechos humanos. Charles Malek, de nacionalidad libanesa y de confesión ortodoxa, fue uno de los primeros en participar en la formulación y puesta por escrito de la declaración de los derechos humanos tal como la conocemos hoy.
Nosotros no vemos en la religión un motivo de llamado a la separación y a la división sino un camino para la unión y la fusión en el crisol de cada una de nuestras naciones. Acaso no lo dijo el Noble Corán: “¡Hombres! Os hemos creado de un varón y de una hembra y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus, para que os conozcáis unos a otros. Para Alá, el más noble de entre vosotros es el que más Le teme” (Sura Los aposentos 49:13).
Nosotros no consentimos que se ausente el rostro de Nuestro Señor Jesucristo del Levante y del Oriente Árabe, la bendita tierra de los profetas. Los cristianos y los musulmanes de Oriente son dos pulmones del esplendoroso cuerpo de Oriente, no se le otorgará una vida apropiada sino trabajan ambos pulmones en armonía. De aquí que la emigración de los cristianos de Oriente es la emigración de Oriente mismo que se aleja de algo esencial de su propia existencia. Nosotros y nuestros hermanos musulmanes hemos construido la civilización de estos países que es un criterio fundamental para la civilización universal.
Y desde aquí, desde la querida Jordania, en la vecindad de la querida Siria dirijo mi llamado a los sirios en el interior y en el exterior, y a todo el mundo y a toda la comunidad internacional y digo: La tierra de Siria emitió a todo el mundo el poder de la civilización, y no la civilización del poder. El mundo, todo el mundo, le debe a ella y al Levante en su integridad los esfuerzos por implementar la paz en estas tierras. El Levante y toda Siria han exportado para el mundo el abecedario de las letras y no la cultura del conflicto. No importen a Siria la civilización de la fuerza, conserven más bien en ella la lógica de la paz. “Dejen que mi país viva” dijo uno de los hijos de mi iglesia a cerca del querido Líbano hace más de 30 años, y yo ahora, desde Amán, desde la Novia del Jordán, lo digo de nuevo para todo el mundo: dejen que nuestro país viva, dejen que nuestra patria en esta región viva, no hagan de ella un juguete en manos de los poderosos y un teatro de sus intereses. Por lo contrario, que sea un faro y una fuente de luz para toda la tierra. Nosotros repudiamos la lógica de la violencia, de la muerte y el secuestro. Convocamos a todo el mundo a multiplicar sus esfuerzos para que se liberen a los dos obispos secuestrados, Pablo Yazigi y Juan Ibrahim, y a todos los secuestrados. Como así también les convocamos a multiplicar sus esfuerzos para instar a todas las partes a adoptar la lógica del dialogo, a optar por la solución política, a repudiar la violencia y a rechazar que se apoderen de la religión para usarla como montura que disperse la segregación y la división.
Oh Señor, bendice el cielo de la resplandeciente Jordania y de su generosa tierra y otorga tus dones a su pueblo y a sus gobernantes. Señor, protege y resguarda los jazmines de Damasco y enriquece las tierras sirias, protégelas íntegras y unidas. Señor, bendice los eterno Jordán que provienen del Golán de Siria, de los altos del Líbano del sur, de la Galilea cedros del Líbano y protege a sus hijos regando sus tierras de la fuente de tu paz. Señor, bendice la pureza de la tierra palestina, concede a las almas de sus hijos tu divino soplo dador de la vida y protege sus nobles tierras. Señor, visita la querida tierra del Nilo, Egipto, como la visitaste siendo niño, bendice a sus hijos y úngela con los óleos de tu divina paz. Visita desde tus aposentos al querido Iraq y reviste sus territorios con la afluencia de tus gracias divinas. Señor, recubre a todo el mundo con la abundancia de tu paz divina e ilumina las almas de todos nosotros por el bien de tu creación y por la paz.
Oh Señor, unifica los corazones de nuestros hijos en el Levante y dirígelos por un mismo camino de armonía para siempre, tal como unificaste en una sola vertiente las aguas del Palestina y de las orillas del Jordán.
Concédenos, Señor, que bebamos de tu paz divina para que se manifieste en nosotros como una fuente verdadera de paz para todo el orbe, a ti la Gloria y el honor por los siglos de los siglos, amén.
+ Juan X
Patriarca de Antioquía y todo Oriente

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