Oír la historia

Para José Luis Romero (1909-1977), la historia argentina fue la trama de su propia autobiografía. Así, el ida y vuelta de los avatares nacionales le valieron vuelcos bruscos en su propia vida, con exilios y escapes incluidos. Maestro de historiadores, impartió lecciones en múltiples casas de estudios, fue rector de la UBA, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, renovador de la historiografía en los albores de la década del sesenta. Publicó decenas de libros que se leyeron durante generaciones y generaciones y fue, sobre todo, uno de los primeros en pensar, desde Argentina, ciertas aristas de la historia occidental. Entonces: en 1949, mientras en la Argentina vivía un momento duro en el plano laboral, fue nombrado profesor en la Universidad de la República, en Uruguay. Para completar el endeble sueldo mensual, aceptó lo que entonces era una especie de desafío para un hombre de formación y retórica más bien académicas: elegir algunas escenas de la historia universal y escribirlas de modo claro y atrapante para concretarlas bajo la forma del radioteatro. Así lo cuenta su hija, María Luz Romero: “Hasta Montevideo viajaba cada semana en el ‘vapor de la carrera’ y pasaba tres días de intenso trabajo docente y conversación interminable con un destacado grupo de discípulos. Por intermedio de uno de ellos, tomó contacto con la emisora estatal SOBRE. Pronto agregó a sus actividades académicas la de escriba radiofónico, como se autodefinió en una carta al director del ciclo que se llamó El gran teatro del mundo . Sus guiones, ilustrados con música de época, fueron teatralizados por alumnos de la Comedia Nacional del Uruguay. Lamentablemente no se conservan las grabaciones”. Hoy, esa curiosa experiencia de radiodifusión de la historia representada encuentra la forma de un libro.

El volumen reúne 24 historias breves, que trazan un arco que va del año 1199 al estallido de la Gran Guerra en 1914. El repertorio temático es vasto y variado, lo que muestra que la narración de la historia se construye a partir tanto de hechos tangenciales, aparentemente menores, como de aquellos puntos de inflexión que el tiempo ha erigido a la categoría de gran momento histórico. De ese modo, Romero presenta postales de lo más diversas: los años en que Francisco de Quevedo fue funcionario en las cortes de Felipe II y Felipe IV; ese momento en el que René Descartes, exiliado en Holanda, llega al punto definitivo de su pensamiento filosófico; la relación de amor y odio que Bethoven tenía respecto de la figura en pleno auge de Napoleón Bonaparte; la circulación clandestina pero verdaderamente profunda de las teorías del universo de Galileo Galilei por todo Europa después de su muerte; Maquiavelo como testigo agudo y privilegiado de aquel momento en el que caen los Medici del poder florentino y se empieza a instalar la noción de república.

Es muy posible que Romero haya tenido en mente, a la hora de componer estos textos breves, la Historia universal de la infamia de Borges. En el prólogo a ese libro de 1934, Borges dice que los relatos “abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas”. De alguna manera, esa especie de ars poética del Borges del ‘34 se aplica, con modificaciones conceptuales y estilísticas, a los textos de José Luis Romero en El gran teatro del mundo.

La idea es sencilla, y habla de ese momento en la vida de un hombre (o de un pueblo) en el que se cifra su destino. Así, la narración de ese destino, de la historia completa, estaría jibarizada, como en miniatura, en esas únicas dos o tres escenas que lo condensan todo. El procedimiento es económico, directo y viene de la literatura. Por eso los textos que arman el libro son, si se quiere, accesibles. Y no es casual que Romero haya elegido, del abanico casi innumerable de personajes y momentos que tenía a su disposición, a esos nombres relacionados, en general, con lo artístico en sentido amplio. En el punto en el que Romero se desencorseta de lo académico (el adjetivo es injusto: Romero nunca manifestó una incomodidad en los registros académicos), los personajes literarios y del campo cultural le sirven para, él mismo, capitalizar las formas y los tonos de la escritura de ficción.

Entre la redacción de estos relatos, hacia finales de la década del cuarenta, y la publicación de este libro, muchas cosas cambiaron en el mercado editorial y más específicamente en la industria de la narración de la historia. De la mano de autores profusos y notablemente vendedores como Felipe Pigna, en los últimos años la historiografía ha conocido un palpable boom de la difusión y la divulgación. Por eso hay que diferenciar y hacer la aclaración: hoy, que el mercado editorial fomenta los textos de divulgación (científica, de la historia, filosófica) porque, lógicamente, se venden, este libro no nació con esa voluntad, aunque se deje leer bajo el paraguas de la divulgación.

Por lo demás, el lenguaje ibérico de los diálogos es una decisión lingüística que quizás obedezca al contexto de época y a uniformar los criterios estilísticos para los radioescuchas. El conjunto, finalmente, tiene el aura de lo atemporal; por el tratamiento de las escenas, por lo antiguo de las escenas, por la afectación de una lengua española en desuso en el habla cotidiana. El tono atraviesa todos los relatos y es, en alguna medida, homogéneo. Si lo pensamos en términos literarios puros, habría que decir que la virtud de ese tono general es que una escena no se pone por encima de las otras (el libro nos diría que no hay escenas más importantes que otras) y un defecto, que tiende a estandarizar distintas épocas, imaginarios, poblaciones, idiosincrasias y culturas. Eso, en el caso de un radioteatro, se soluciona de una forma simple: con la inflexión de la voz y con la manipulación de las cadencias orales a la hora de la interpretación. Porque nunca hay que olvidar que este texto fue concebido, justamente, para transformarse en sonidos, como si fuera una partitura. La partitura de una canción que ya no escucharemos, porque los radioteatros, de a poco, han ido muriendo.

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