NUNCA ES TAREDE PARA AMAR

Regresa a menudo y tómame,
sensación que amo, regresa a menudo y tómame…
Cuando el recuerdo del cuerpo revive
Y un viejo anhelo atraviesa de nuevo la sangre,
Cuando labios y piel recuerdan
Y las manos sienten como si tocaran otra vez

Konstantinos Kavafis

Una película carnal
El comienzo es de pocas palabras, casi silencioso. Hay miradas, especialmente “una” mirada, hay bocas que sonríen y se entreabren, buscando respirar un poco más profundo… y manos que apuradas buscan desvestir, manos que torpemente pelean con los broches, y hay momentos absurdos como quedar desnudos con una media puesta o el corpiño caído. El llamado del sexo, el deseo de piel, el encuentro con otro. La desprolijidad, la urgencia, la pasión. Una pareja, en fin.
Pero esta pareja y este encuentro no es el que habitualmente nos venden por las pantallas. Lo tan conocido, la unión sexual ya tantas veces vista en sus multiples versiones -desde lo más romántico hasta lo pornográfico-, se nos presenta con imágenes poco vistas, cuerpos que no responden al modelo amatorio cotidiano. Aquí se instala una cierta incomodidad, podríamos volvernos espectadores resistentes, asoma una cierta y nerviosa sonrisa, el cuerpo en la butaca adquiere un tono defensivo y distante, me pongo en observadora…
Estoy mirando como se descubren y hacen el amor dos “personas mayores”, o de la “tercera edad”. Suelen ser necesarios esos eufemismos para hablar de la gente más vieja, cuando no lo de “abuelitos”, “anciano”, “añoso”, etc. Pero estos dos no sólo lo hacen bien o mejor que cualquiera, se divierten y se agradecen con ternura el placer otorgado. Además, ¡tienen ganas de volver a hacerlo!
Esta película rompe con las representaciones acostumbradas de la vejez, y deja aparecer unos cuerpos verdaderos en tanto que presentes, presencia con potencia de la vida misma.
Es una película alemana, del año 2008 que se vió en el Bafici (gracias por avisarnos, Kiné) y luego en pocos cines de la ciudad. Su director, Andreas Dresen y sus maravillosos actores nos cuentan una historia de amor y sexo en la vejez, y lo hacen con una enorme honestidad, y una gran capacidad de reflexión.
Inge es una mujer de 66 años, sencilla, que quiere a su marido, Werner, con quien crió a su hija, Petra, ya casada y con niños. Tal como ella dice, sin pensarlo, sin buscarlo, “le sucede” enamorarse de Karl. Sus cuerpos se atraen irremediablemente, haciendo estallar la confortable rutina matrimonial: la imagen corporal de Inge tiene adosada al comienzo, su máquina de coser, luego, un cuerpo de hombre-viejo-niño, donde la ternura toma la forma de cuidado, alimento, contención, donde el sexo no hace diferencia sino continuidad con el libro, la televisión o el paisaje visto desde el tren.
Karl es un hombre de muchos años, y de muchos deseos. De gran vitalidad y gusto por la naturaleza, de sonrisa fácil y espontáneo contacto. Desde la mirada deseante de Karl, Inge se mira nuevamente, el espejo le devuelve ahora su imagen contundente, robusta y satisfecha, se mira y se toca, deseante ella misma de sí. No está sola en el espejo, hay otro que sonríe, dos cuerpos se enlazan.
Como otras veces, el título del film en castellano se aleja del sentido original. “Nunca es tarde para amar” pone el acento en la edad de los personajes, jerarquizando el mensaje de que en esta etapa de la vida en que todo parece terminar, haya cosas que pueden comenzar.
Pero su título en alemán es “Wolke 9”, nube número 9, lo que permite otras asociaciones. Esta es la forma que tienen los alemanes para definir la felicidad; “estar en el Séptimo Cielo”, decimos en español. Una mujer que encuentra el séptimo cielo en un amor nuevo y pasional que la arrastra y le da nuevas energías. Andreas Dresen ha elegido para contar esta historia un tono realista que no esconde ni las arrugas, ni la celulitis, ni la depresión ni episodios de impotencia.
Y allí mismo donde el cuerpo parece de-caer, es donde se hace más sensual y más potente. Estar en ese cielo maravilloso trae preguntas (a personajes y a espectadores) sobre la ética: cuestiona el deseo, interroga sobre el propio cuidado y la responsabilidad por los otros, aparecen los múltiples tiempos de un cuerpo: relaciones que pueden ser contradictorias entre lo cronológico y lo psíquico, entre el tiempo personal y el social-cultural. Preguntas sobre la diferencia entre moral y ética, sobre lo pre-visto y lo im-previsto, sobre los discursos que le hablan al cuerpo, y lo que un cuerpo tiene para decir. El título en alemán, “En el séptimo cielo”, introduce un deslizamiento que va de la puericultura de la vejez a una política de los cuerpos. Cuerpos con marcas, pero pensables sin edad. Cuerpos de una intensidad que se debilita o se despliega.
Uno de los actores dice que el film trata de mostrar que «el amor nunca es algo seguro, ni entre jóvenes ni entre viejos, porque nadie está a salvo de que le alcance un relámpago en cualquier momento».

De dioses y demonios
Históricamente, se decía que los planetas eran siete y a cada uno de ellos pertenecía un piso del cielo. Las almas de mayor poder adquisitivo (¡!) vivian en el séptimo, de ahí la expresión “estar en el séptimo cielo”.
En la tradición judía, Sammael es un importante arcángel, a la vez seductor y destructor, uno de los siete regentes del mundo, servido por millones de ángeles; reside en el Séptimo cielo. En la voz del Rabí Eliezer, fue el encargado de tentar a Eva, la sedujo y embarazó de Caín. En ocasiones también es considerado como el ángel antagonista que luchó con Jacob. Se lo ha visto como bondadoso y malvado. En la Cábala, es nombrado como “la severidad de Dios”, y se lo ubica como el quinto arcángel en el mundo de la Creación. Se dice que Sammael tomó a Lilit como su esposa después que ésta dejó a Adán (¿?). Tambien se lo relaciona con los ángeles de la prostitución. Suele aparecer con la imagen de una serpiente con rostro de león. La etimología del nombre es una combinación de “sam” que significa veneno y “el” que significa Dios.
Surgen muchas preguntas. Inge entra a su séptimo cielo no sin fantasmas, mandatos, culpas. ¿Será una víctima más del ángel-demonio del sexo?
La película cuenta la historia de su deseo, pero también de sus sentimientos contradictorios. La culpa ¿dónde está? Inge siente culpa o responsabilidad? la culpa ¿es del cuerpo o de la moral?
Inge no tolera tanta intensidad de sus deseos; necesita hablar. ¿Cúal es el cuerpo que puede soportar la vida, la vitalidad del ser? Dioses y demonios… ¿La felicidad? no existía antes, ni existirá después…
El sexo como delicia y veneno, como gozo y castigo, placer y pecado, ¿no será todo eso, realmente, “lo viejo”?
Algunos dicen que Werner (el marido de Inge) se muere de tristeza… ¿Es ella, su mujer, la causa de esa tristeza? ¿El estaba “bien” y el abandono lo destruyó? La película nos muestra un cuerpo poco vibrante con las cosas del mundo, un cuerpo hacia adentro, poco atractivo aunque de buen físico, encorvado, el pecho hundido, los movimientos lentos, como rodeado por nubes que opacan la vitalidad, su potencia.
Me inclino a pensarlo como un hombre con tendencias depresivas, que hacía tiempo se sentía en proceso de jubilación, jubilación no solo del trabajo, sino de la cotidianeidad creativa de la vida. Rutinas, televisor, sexualidad que se desliza hacia un lugar dependiente, mas niño que adulto.
Más preguntas…¿Cuánto se puede cargar la melancolía del otro? ¿Cuánto cuesta “irse”? ¿Qué pedazos de uno, uno está dispuesto a mutilar para sostener lo que no hay?
Frente a la tristeza crónica de Werner, Inge no puede evitar aburrirse. Un aburrimiento que al decir de Heidegger, el filósofo del ser, nos revela la presencia del mundo en su total indiferencia. Una nube gris que cubre como niebla el mirar de todos los días. El encuentro con Karl hace que Inge descubra y ame un cuerpo diferente, diferenciado para ella y por ella. Tal vez este sea el secreto de la sexualidad humana, que allí donde hay carne, construye diferencia:…”Y en las multitudes al hombre que amo”, cantaba Violeta Parra.

La sexualidad humana –lo hemos dicho muchas veces– es cultural
Paradojalmente, aquella zona de la experiencia que creemos mas ligada a los instintos, a la naturaleza, a nuestro organismo en tanto funcionamiento biológico, es al mismo tiempo el lugar más “tallado”, más modelado por lo social. Prácticas y discursos, costumbres y morales, determinan el qué, el cuándo, los por qués del sexo. También es el lugar del encuentro y oposición entre lo singular, propio de cada uno, con las estadísticas, convenciones y generalizaciones.
El discurso social está encarnado en la película en el personaje de Petra, la hija, marcado en dos escenas: aprobación y entusiasmo frente a sexualidad de la madre, crítica y rechazo cuando ésta decide darlo a conocer: “Vivílo, quedará entre nosotros” Pero una sexualidad que se hace pública puede hacer peligrar a la familia, a la situación económica, trastocando órdenes y géneros: el lugar de lo masculino, de lo femenino, no “deberían” alterarse así.
El criterio de temporalidad es una de las cuestiones que marcan la sexualidad humana: ¿cuándo se debe empezar? Y ¿cuándo “conviene” despedirse del sexo? Pero en el tiempo, y su fenómeno mas visible, la edad, se juegan aspectos de lo biológico, lo social, lo personal. Imposible encasillar lo sexual y el deseo en una cronología, sobre todo hacia los finales; ¡hay tantos estilos diferentes de envejecer! Las temporalidades de la moral que nos rodea poco tienen que ver con las intensidades del vivir.
Por eso… los gestos del deseo no tienen edad. Ni los de las emociones. Y no hay edad para amar, ni para dañar. Sólo está “ese” instante. •

Todo el instante

Varón urgente
Hembra repentina
No pierdan tiempo
Quiéranse
Dejen todo en el beso,
Palpen la carne nueva
Gasten el coito único
Destrúyanse
Sabiendo
Que el tiempo pasará
Que está pasando
Que ya ha pasado para
Los dos
Urgente viejo
Anciana repentina.

Lo dijo Mario Benedetti

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