NUMA POMPILIO, EL ALMA DE ROMA

Al contemplar la Roma antigua, lo que buscamos es el porqué de nuestra sociedad actual, pues desde siempre el hombre ha tenido la necesidad de buscar en sus orígenes para encontrarse a sí mismo.

Aunque hace más de quince siglos que desapareció el Imperio Romano de Occidente, su estética y su forma de vida aún nos siguen fascinando; quizás sea porque en el fondo buscamos una razón que nos haga inferir el sentido de nuestra forma de entender el mundo.

La ciudad, según los anales, fue fundada a mediados del siglo VIII a. C. por un grupo de colonos provenientes de la ciudad latina de Alba Longa, dirigidos por Rómulo. Estos años se caracterizaron por la lucha feroz por la supervivencia; la sociedad romana adoptó un talante militar, carente del desarrollo cultural que le sirviera como contrapeso. Es la época heroica; sus primeras instituciones políticas, Monarquía y Senado, y aún la propia sociedad civil, no están en armonía con la religión familiar y el culto a sus espíritus protectores.

En aquellos tiempos de la historia de Roma es la familia, y no el individuo, la base de la sociedad, y es en ella donde se desarrollaban los valores morales y espirituales. Todos los lugares de la casa están protegidos por lo sobrenatural: la puerta por el dios Jano, el hogar a cargo de Vesta, el depósito de provisiones de los genios penates; y toda la familia por los Lares y los Manes (Espíritus de los antepasados), que, aunque temidos, se consideraban benefactores de la familia.

En esta situación aparece Numa Pompilio, sucesor de Rómulo. Él comprendió el papel integrador que podía jugar la religión, y elevó los cultos y las instituciones familiares a la categoría de nacionales, convirtiendo el Estado en una gran familia, y él mismo en padre de todos los ciudadanos. Roma adquirió una serie de valores éticos y religiosos que van a enaltecer la ruda sociedad de su época, y que fueron necesarios para el desarrollo posterior de la ciudad y su Imperio. Numa puede ser considerado como el segundo fundador de Roma, pues dotó de alma a una ciudad que sólo tenía cuerpo.

Su figura se nos presenta asociada a elementos tanto históricos como legendarios y mágicos. Algunos cronistas griegos lo relacionaron directamente con Pitágoras, y aunque se sabe que el gran sabio de Samos vivió aproximadamente cien años más tarde, toda la obra de Numa está impregnada de un claro conocimiento pitagórico, tanto ético, como religioso y cosmológico, lo cual demuestra una fuente de sabiduría común por encima de la época y de los individuos. En este sentido hay que reseñar la conocida relación de Numa con la ninfa Egeria, y con la idea, tan antigua, de la existencia de un punto de conexión entre la Sabiduría y la parte más elevada de nuestra conciencia que nos ilumina en nuestro desarrollo como seres humanos.

Históricamente, tras la desaparición de Rómulo, la ciudad entró en una precaria situación de equilibrio político. Las dos comunidades que formaban su tejido social (albanos y sabinos), aplicaron un sistema de regencia rotativa al que llamaron “Interregnus”; pero fracasado éste, todos comprendieron la necesidad de un nuevo Rey. Los senadores romanos de origen albano, para evitar tensiones y suspicacias, propusieron un candidato sabino, Numa Pompilio, un caballero famoso por su virtud y ponderación, que vivía plácidamente en una villa vecina dedicado al culto a los dioses y al cuidado de su anciano padre. Los sabinos aceptaron la propuesta, y enviaron juntamente una embajada a Cures, donde vivía el futuro Rey. Numa les recibió cortésmente, pero les advirtió que difícilmente se podía convertir en Rey de un pueblo acostumbrado a resolver sus problemas con la violencia, pues él sentía que el amor a la paz y el respeto a los dioses eran los objetivos de su vida. Y habría rechazado la corona ante los sorprendidos embajadores, de no ser por la mediación de su padre, que le recordó que el acto supremo de la virtud está en el sentido del deber, y que la responsabilidad del hombre prudente es servir de ejemplo y guía para su pueblo.

Numa aceptó el consejo paterno, pero condicionó su decisión a que ésta fuera también aprobada por los dioses, y tras una ceremonia augural, fue coronado Rey de los romanos.

Las primeras medidas políticas que tomó fueron de índole social. Convencido de que el ejercicio de la agricultura era la mejor forma de corregir el espíritu indómito de los romanos, repartió las tierras que estaban en propiedad de la Corona entre los ciudadanos pobres. Así alivió tensiones sociales e inculcó un ánimo pacífico.

También delimitó las fronteras exteriores y los lindes interiores, e instauró el culto al dios “Términus” como guardián de los límites y testigo de la justicia.

Otra medida social muy importante fue la división de la plebe en oficios (caldereros, orfebres, constructores etc.). Con ello consiguió eliminar la diferencia entre romanos y sabinos que tantas tensiones ocasionaba, integrando a todos en una ciudadanía común.

Pero la parte más importante de la obra de Numa es, sin duda, la institución de un cuerpo de ceremonias sagradas. Numa recopiló por escrito todas la legislación en materia religiosa y la dividió en ocho partes, correspondientes a otros tantos cultos sagrados. La primera disposición de los ritos religiosos la confió a una treintena de Curiones, así llamados por hacer los sacrificios en las curias patricias. La segunda a los Flamines, vicarios que se ocupaban de hacer los sacrificios a los dioses principales. Numa convirtió en permanente el flamen del dios Júpiter, y añadió otros dos encargados del culto a Marte y a Quirino. La tercera división correspondía a los Jefes Celeres, la guardia personal del Rey. La cuarta a los Augures o intérpretes de las señales divinas, expertos en la adivinación y observación de signos celestes, aéreos o terrestres.

La quinta disposición la confió a las vírgenes que cuidaban el Fuego Sagrado. La institución del culto a la diosa Vesta fue una de las más características de la cultura romana, representaba la pureza incorruptible y la perpetuidad de Roma y las vestales tenían como misión fundamental la custodia del Fuego inmortal, además de numerosas ceremonias relativas al culto de la diosa. Numa estableció que fueran cuatro (luego aumentadas a seis) jóvenes libres de mácula. Entraban en el templo en la adolescencia y su sacerdocio duraba treinta años, en los que pasaban sucesivas etapas de aprendizaje, confirmación y enseñanza a las más jóvenes. Se estableció para ellas un reglamento muy severo, pues las faltas consideradas leves eran castigadas con la flagelación, pero las graves, como la pérdida de su virginidad, eran expiadas siendo enterradas vivas junto a la puerta Colina; esta severidad era compensada con numerosos honores y prebendas. En mil cien años que duró la institución, sólo fueron castigadas dieciocho vestales por haber incumplido sus votos.

Otra cuestión relativa a este culto gravita en la forma circular del templo. Para algunos historiadores, simbolizaría a la Tierra, o incluso (y aquí hay un punto de coincidencia con el pitagorismo) al mismo Universo, en el centro del cual estaría el fuego inextinguible origen de todo lo manifestado.

La sexta clase de sacerdotes eran los Salios, celadores del Escudo Sagrado que los dioses entregaron a Numa para proteger la ciudad. Eran doce, y sus ceremonias en honor a Marte consistían en unas vistosas danzas y cánticos. La séptima división de las instituciones religiosas la encomendó a los Feciales. Este cuerpo religioso era el que representaba mejor el espíritu pacificador de Numa. Estaba formado por 20 sacerdotes que se encargaban del Derecho y revisaban los tratados, pero su misión principal era la de ser custodios de la paz. Si surgía alguna desavenencia con algún pueblo vecino, se encargaban de emprender negociaciones e intentar resolver el contencioso. Si después de 30 días de conversaciones no se llegaba a un acuerdo con la otra parte, y tras haber agotado todas las posibilidades de la justicia, se declaraba la guerra.

La última disposición en materia sagrada se refería al colegio de los Pontífices. Estos ostentaban el más alto grado de sacerdocio; actuaban como jueces en los procesos religiosos, dictaban leyes sobre el culto y supervisaban e investigaban a otros sacerdotes o magistrados que tenían encomendados sacrificios. Estaban dirigidos por el «Pontifex Maximus”, cargo que con el tiempo adquirió una gran importancia política.

Numa también reformó el calendario, creó dos meses nuevos (enero y febrero), e introdujo un mes intercalar de 22 días cada dos años. Con ello conseguía, por una parte, un mayor número de días para poder realizar las ceremonias religiosas, y por otra, evitar el desajuste entre los ciclos lunares de los meses y el año trópico solar. También le debemos a él la diferenciación entre los días fastos y nefastos, o sea, los días en que estaban permitidas las tareas públicas y los días reservados al culto divino.

Otra obra célebre de este Rey-Sacerdote fue la construcción de un templo en honor a Jano, dios muy popular entre los romanos. Jano estaba representado por un hombre con dos caras, simbolizaba los comienzos y era el guardián de las puertas. Con su doble faz era testigo, como un gozne en el tiempo, del pasado y del futuro. Numa ordenó que el templo permaneciera cerrado en tiempo de paz y abierto en época de guerra.

Esta dimensión de lo sagrado, tenía que tener una aplicación en las costumbres (mores) que regían la vida de los ciudadanos. Por ello erigió un templo de la Buena Fe (Fides), pues consideró que si los romanos tenían por divina esta virtud, la justicia imperaría entre ellos. Tanto caló esta idea entre los ciudadanos de Roma que el juramento a la Buena Fe era el mayor que uno podía hacer, y más seguro que todo testimonio. Los magistrados y jueces decidían la mayoría de las controversias mediante este juramento. Un día al año, los Flamines engalanados ofrecían sacrificios a esta divinidad, que tanta importancia tuvo en la formación del carácter romano.

Numa Pompilio murió en el 672 a.C., sobrepasada la edad de 80 años. Durante los 43 años que duró su reinado las puertas del Templo de Jano permanecieron cerradas. Fue enterrado cerca del Tíber junto con sus libros sagrados. Cuatrocientos años después se descubrió su tumba, y el senado ordenó quemar los libros que estaban escritos en griego, conservando el resto.

Numa fue paradigma de gobernante ideal. Platón, siglos más tarde, escribía en sus Leyes: “Dichoso sea el sensato que antepone la virtud al mal, y dichosos sean los que escuchan las palabras que salen de la boca del sensato”. Ciertamente, Numa fue capaz de transmitir su prudencia y su piedad al pueblo de Roma. Su ejemplo demuestra que la actitud de un gobernante hace transmutar a sus gobernados, al punto que no es necesaria la violencia. Y los romanos sintieron que, por un momento, los dioses bajaron a la tierra a guiar el camino de los hombres.

Bibliografía

Historia Antigua de Roma (I-III) .Dionisio de Halicarnaso. Editorial Gredos S. A. Madrid 1984.

Vida de Numa. Plutarco. Planeta Agostini. Barcelona 1997.

Historia de Roma desde su fundación. T. Livio. Editorial Gredos. Madrid, 1997.

Historia de Roma. M. Lamé Fleury. Colección Algo. Barcelona.

Los primeros siete Reyes de Roma:

Los siete primeros reyes de Roma que conforman el llamado periodo Monárquico son: Rómulo (753-715 a.C.); Numa Pompilio (715-676 o 672 a.C.), a quien se le atribuyó la introducción de muchas costumbres religiosas; Tulio Hostilio (673-641 a.C.), un rey belicoso que destruyó Alba Longa y luchó contra los sabinos; Anco Marcio (c. 641-616 a.C.), de quien se dice que construyó el puerto de Ostia y que capturó muchas ciudades latinas, transfiriendo sus habitantes a Roma; Lucio Tarquino Prisco (616-578 a.C.), célebre tanto por sus hazañas militares contra los pueblos vecinos como por la construcción de edificios públicos en Roma; Servio Tulio (578-534 a.C.), famoso por su nueva constitución y por ensanchar los límites de la ciudad; y Lucio Tarquino el Soberbio (534-510 a.C.), el séptimo y último rey, derrocado cuando su hijo violó a Lucrecia, esposa de un pariente. Tarquino fue desterrado y los intentos de las ciudades etruscas o latinas de restituirlo en el trono de Roma no tuvieron éxito.

La creación del Año Bisiesto

La expresión «bisiesto» procede de bis sexto calendas martias, que es el nombre que los romanos le dieron al día 25 de febrero cuando el año era bisiesto, y en el que se intercalaban seis días antes de las calendas del mes de marzo.

Julio César reformó el calendario romano del rey Numa Pompilio, pues no era muy exacto,(presentaba un retraso con respecto al año solar), añadió cada cuatro años un día más; sin embargo, la reforma juliana producía un error de un día cada 128 años. 

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