Nos vamos volviendo tecnos

Mangioni, personaje del tercer relato de No alimenten al troll, le hace al cronista llamado Mavrakis (álter ego del autor, reseñista gruñón y cómico surgido de la bruma bloguera porteña) una recomendación: “evitate… caer en más copias maquínicas del estilo Raymond Carver. Esa escritura despojada, dice Mangioni, esa escritura de la abulia no es más que el reverso depresivo del trastorno ansioso de los noventa, con cincuenta años de atraso cultural argentino”. El diagnóstico sirve para entender la apuesta de Mavrakis: un proyecto humorístico alejado del supuesto minimalismo dominante entre sus contemporáneos, resuelto en una prosa epigramática y chantajista, llena de arrebatos de ingenio, de soluciones narrativas originales exigidas por la materia de cada uno de los micromundos que construyen sus relatos.

Así, si el primero se trata de un moderador de comentarios de un sitio web de noticias que deviene demiurgo tiránico y paranoide, la narración se vuelve claustrofóbica y acelera a empujones, fragmentada en espasmos y ambientada con el delirio de los comments de usuarios (reales o imaginarios); las confesiones de un Troll informático (que tienen a Mavrakis como destinatario) son correos electrónicos acompañados con las fechas de envío y el remitente. La reunión de fin de curso de treintañeros palermitanos (esa “morgue moral” llena de fracasados con “anos complacientes” y aplastados por el menemismo) es la piedra de toque: un mundo hecho a la medida de la teoría del Iceberg que Mavrakis explora con un instrumento muy diferente, ácido y entrecortado, la conciencia de un cronista agrio (el mismo Mavrakis) y de un doble (Mangioni) que lo monitorea y le lustra el pensamiento para hacerlo más filoso. Los relatos exhiben esa exploración de formas sui generis mientras construyen la sensación paranoica de que un mundo futuro se está gestando y nosotros somos espectadores abrumados e ignorantes: estamos fuera del mundo glamoroso del publicista de origen griego que va a arrojar las cenizas de su abuelo en el Egeo para recibir el amargo revés de una anagnórisis; estamos entregados a una intemperie salvaje en nuestra condición de usuarios frente a los trolls y los moderadores que son capaces de suspender los pagos de las cuotas de los colegios de nuestros hijos porque les caemos mal. Mavrakis saca una foto agria de su generación y nos patotea con su sobreeducación literaria y digital (aunque escribe “preveer” y “después que sus padres decidieron echarlo”) y con la insinuación de que está del otro lado de las cosas: muestra su músculo nihilista anudando sus pequeñas comedias (realmente divertidas, realmente bien escritas) en una tradición personal que incluye a Borges, Ballard, Palahniuk y Nelson (el matón de Los Simpson), algo que decimos a pesar de que el autor ha declarado que no le gusta la actividad por excelencia del reseñista (la búsqueda policial de filiaciones) y de que en los títulos finales su confesión de robo señale como únicas víctimas a los dos grandes Beatles.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *