“Nos encontramos en el imperio de lo falso”

“Mi idea era que la evolución del maquillaje, más que la vestimenta, era la que reflejaba los avances o retrocesos de las mujeres. Cuanto más libres eran, más abiertamente se maquillaban. Cuando eran ciudadanas de segundo orden, el maquillaje les estaba vedado. Al menos si querían ser mujeres como correspondía”. La afirmación es de Ruth Brandon, autora de La cara oculta de la belleza ante Josyane Savingneau que la entrevistó en 2011 para Le Monde. En esa entrevista explicó los cruces que se han producido entre cosmética, negocios y poder. Brandon nació en 1943, es historiadora, escritora y periodista inglesa.

Según la investigadora, Helena Rubinstein “comprendió que se podía hacer fortuna explotando el sueño de las mujeres: ser cada vez más bellas. Compartía con ellas ese sueño, de modo que entendía a sus clientas. Ese sueño no es nuevo. Ya en la Antigüedad, las mujeres trataban de embellecerse. Pero a comienzos del siglo XX pasó algo particular. Y Helena Rubinstein tuvo la suerte de crear su empresa en el momento en que las mujeres empezaban a emanciparse. El lápiz de labios fue el signo de la libertad. En 1909, abrió su primer salón de belleza en París. Ese mismo año, Eugène Schueller, un joven químico que experimentaba con tinturas para el cabello, y que tenía ideas totalmente diferentes sobre la situación de las mujeres, crea L’Oréal. Es el nacimiento de la industria cosmética, que ambos encarnarán en el siglo XX. Los dos se vuelven muy ricos”.

“Schueller –explica la autora– utilizó parte de sus riquezas con fines políticos. No voy a hacer un paralelo entre el fascismo político y lo que podría llamarse el fascismo del cuerpo, pero no obstante el tema merece reflexión. Helena es mucho más fantasiosa, imaginativa, inventa historias sobre su vida. Entre esas mentiras se encuentra su verdad”.

Brandon entiende que hoy la cosmética cedió el lugar a la intervención directa sobre el rostro con la utilización del Botox, de las cirugías. “Se transforman los labios y también se usa lápiz de labios. Nos encontramos en el imperio de lo falso. Hasta en las fotos. Todas se retocan con Photoshop. Además, la idea es reproducir en la vida la imagen arreglada por Photoshop, por lo tanto se recurre a la cirugía. Por lo mismo, vamos hacia la uniformidad. Cuando en realidad las arrugas, que las mujeres ya no quieren, son las marcas de la vida, cuentan una historia. Cuando se envejece, no se consigue nunca ser joven, se consigue ser una mujer más vieja que intenta ocultarlo”.

“Esta guerra de la belleza –agrega Brandon– no es solamente una relación de las mujeres consigo mismas. Es la victoria de la industria, que quiere vender seguridad. Si usted tiene confianza en sí misma, tendrá éxito. Para tener éxito se debe tener aspecto joven. Las mujeres tienen miedo de perder sus puestos si parecen cansadas, o da la sensación de que envejecen, si tienen canas”.

Para Brandon el universo de los cosméticos es un aliado del control social: “Creemos que nos maquillamos para seducir pero en realidad nos maquillamos mucho más para darnos confianza, para volcarnos a un molde social, para mostrarnos al mundo. Y es ese impacto social el que me interesaba. Y después caí sobre esos dos personajes tan interesantes, Helena Rubinstein y Eugène Schueller. Ella, desde el punto de vista social, psicológico, y él, una historia muy francesa, política”.

Brandon también indagó en los escándalos políticos que han rodeado a la empresa: “Mi tema inicial, la guerra de las mujeres por su belleza a través de los cosméticos, era demasiado amplio. Leyendo todo lo que iba encontrando sobre el tema, me interesé, por un lado, en L’Oréal y por el otro en Helena Rubinstein y me pareció apasionante confrontar sus destinos. Había visto el escándalo que estalló después de la compra de la empresa Helena Rubinstein, cuando Jean Frydman, contratado en L’Oréal, sacó a relucir las conexiones de Schueller con la Cagoule (grupo nazi activo en los años 30) y mencionó crónicas de André Bettencourt –marido de la hija de Eugène Schueller, Liliane– en La Terre française. Corría el año 1994 y François Mitterrand, entonces presidente de la República, que había estado muy vinculado a toda esa gente, no dio demasiado valor a esas revelaciones. Pero resulta que mientras yo trabajaba en el tema, estalló otro caso Bettencourt. Una historia bastante trivial, la amistad y las generosidades de Liliane Bettencourt con el fotógrafo François-Marie Banier, que, de golpe, desemboca en un asunto de Estado. Es muy francés. La extrema derecha, los compromisos en la Segunda Guerra, que después se borran hasta que un día resurgen. En el caso de L’Oréal, se puede hacer un paralelo entre el escándalo de los noventa y el de 2011. Liliane Bettencourt es una heredera que no hizo nada, que se adaptó a la imagen que su padre tenía de las mujeres. Una mujer debe servir a los hombres. Y Liliane es una enorme fuente de dinero, que los hombres utilizaron”. Luego se reconciliaron: “L’Oréal es una especie de ‘monstruo’ de los cosméticos, a nivel mundial, es imposible no comprar los productos L’Oréal, aun creyendo comprar otras marcas, de tanto que han absorbido. Y lo que se jugaba en este asunto era el futuro de L’Oréal”.

Traduccion de Cristina Sardoy

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