‘No hay oposición entre Fe y Ciencia’ S.S. Benedicto XVI y Juan Pablo ll

No era un erudito ni un polígrafo, sino un pensador atento al hombre en todas sus dimensiones. éste es precisamente el mensaje central de la Constitución del Concilio Vaticano II Gaudium et spes, en cuya redacción tuvo un papel destacado el joven arzobispo de Cracovia, moseñor Wojtyla. Gaudium et spes constituye una reflexión acerca de las relaciones entre la Iglesia y el mundo moderno, es decir, la cultura moderna, en un intento de sanar la ruptura que se había producido con la modernidad.

La cultura y el obrar del hombre

Si hubiera que identificar un centro, una clave de lectura de la visión de Juan Pablo II sobre la cultura, es la persona humana que se revela y se despliega en sus actos, en la praxis. Por eso puede decir, ya en su primera encíclica, que «el hombre es el camino de la Iglesia». La cultura es producto del obrar del hombre, y, al mismo tiempo, hace al hombre ser lo que es. La cultura se entiende necesariamente en referencia al hombre, no a las circunstancias económicas, sociales o políticas. Así lo expresó en su discurso ante la UNESCO, el 2 de junio de 1980, un discurso denso, escrito de su puño y letra, que constituye la referencia obligada para quien quiera conocer su pensamiento sobre la cultura. Ante aquella asamblea, Juan Pablo II recordó una verdad fundamental: «Sí, el futuro del hombre depende de la cultura», igual que el futuro del planeta depende de la conservación de su medio ambiente. Para Juan Pablo II, «el hombre es el hecho primordial y fundamental de la cultura». Gracias a la cultura, «el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, es más, accede más al ser». Esta afirmación es también el criterio normativo para el discernimiento cultural: sólo merece verdaderamente el nombre de cultura aquello que realmente ayuda a la persona a alcanzar su plena humanidad. Ciertas realizaciones presuntamente culturales son, en realidad, anti-cultura. El diálogo entre la fe y la cultura tiene en el hombre también su fundamento, pues «el conjunto de las afirmaciones relativas al hombre pertenece a la sustancia misma del mensaje de Cristo y de la misión de la Iglesia», razón por la cual el vínculo entre el Evangelio y el hombre es creador de cultura en su fundamento mismo.

Esta preocupación llevó a Juan Pablo II a crear en la Santa Sede un organismo con la misión de fomentar la atención pastoral a la cultura en todas sus dimensiones, y al mismo tiempo constituir un puente de diálogo con las culturas en la Sede de Pedro. El 20 de mayo de 1982 Juan Pablo II instituyó el Consejo Pontificio de la Cultura, presidido desde su fundación por el cardenal Paul Poupard. NOTA: El cardenal Poupard ha renunciado ya, por motivos de edad, y su sucesor es Mons. Gianfranco Ravasi. Los más de veinte años de vida de este Consejo demuestran sobradamente la acertada intuición del Papa: que la cultura es un terreno de encuentro entre hombres de diversas creencias, e incluso con quienes se declaran no creyentes.

No se puede olvidar tampoco la aportación de Juan Pablo II al diálogo entre la Iglesia y la ciencia. La Historia lo recordará como el Pontífice que tuvo el valor de afrontar el Caso Galileo -o mejor, el mito Galileo-, y sacar de la Historia lecciones para el presente. A él debemos el documento más completo y más claro sobre las relaciones entre la ciencia y la religión y, ya en la última etapa de su pontificado, la puesta en marcha del Proyecto STOQ, un programa de estudio e investigación sobre ciencia, filosofía y teología, con base en las universidades romanas.

Si hubiera que sintetizar en una frase el magisterio de Juan Pablo II sobre la cultura, escogería las palabras que pronunció en España durante su primer viaje apostólico, ante los intelectuales y universitarios españoles: «Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no fielmente vivida, no enteramente pensada». Cuando escuché de viva voz aquellas palabras, que guiaron mi actividad durante mis estudios en la universidad, no podía sospechar que procedían de la Carta de fundación del Consejo Pontificio de la Cultura, al cual, quince años más tarde y siendo ya sacerdote, me tenía destinado la Divina Providencia, como colaborador de Juan Pablo II en la Curia Romana.

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