No hackeen el planeta

Desde hace casi veinte años, paso algunos días en una zona escabrosa de la costa de la Columbia Británica llamada Sunshine Coast, en Canadá. Este verano, viví una experiencia que me recordó por qué amo tanto este lugar y por qué decidí tener un hijo en esta parte poco poblada del mundo.

Eran las cinco de la mañana y mi marido y yo estábamos despiertos con nuestro hijo de tres semanas. Mientras contemplábamos el mar, vimos dos enormes aletas dorsales negras: eran orcas o ballenas asesinas. Luego aparecieron dos más. Nunca habíamos visto una orca en la costa ni habíamos oído hablar de que se acercaran tanto a la orilla. Agotados por la falta de sueño, aquello parecía un milagro, como si el bebé nos hubiese despertado para que no nos perdiéramos esa visita tan poco común.

La posibilidad de que el avistaje no fuese resultado de una feliz coincidencia no se me ocurrió hasta dos semanas después, cuando leí la noticia de un extraño experimento en aguas de las islas Haida Gwaii, a varios cientos de kilómetros de donde habíamos visto nadar a las orcas.

Allí, un empresario estadounidense llamado Russ George había vertido 120 toneladas de polvo de hierro desde un barco pesquero alquilado. El plan era que creciesen algas que secuestraran el carbono y así combatieran el cambio climático.

George forma parte de una creciente cantidad de aspirantes a geoingenieros que proponen intervenciones técnicas a gran escala y de alto riesgo para cambiar de manera fundamental los océanos y los cielos con el fin de reducir los efectos del calentamiento global. Además de los planes de George de fertilizar el mar con hierro, otras estrategias de geoingeniería que se están evaluando comprenden lanzar aerosoles de sulfato a la atmósfera superior para imitar los efectos de enfriamiento de una gran erupción volcánica y hacer “más brillantes” las nubes para que reflejen más rayos solares hacia el espacio.

Los riesgos son enormes. La fertilización de los mares podría crear zonas muertas y mareas tóxicas. Y múltiples simulaciones pronosticaron que imitar los efectos de un volcán podría interferir con los vientos monzones en Asia y Africa, lo que pondría en peligro el agua y la seguridad alimentaria de millones de personas.

Hasta ahora, estas propuestas han servido en su mayor parte para elaborar modelos informáticos y trabajos científicos. Pero con la aventura oceánica de George, la geoingeniería decididamente ha salido del laboratorio. Si hemos de creer en la versión que dio George de su misión, sus acciones crearon una acumulación de algas en una zona de la mitad del tamaño del estado de Massachusetts que atrajo a una enorme variedad de vida acuática, incluidas ballenas.

Cuando leí sobre ellas, comencé a preguntarme: ¿es posible que las orcas que vi estuviesen camino del buffet de tenedor libre de pescados y mariscos que se había reunido en torno de las algas de George? La posibilidad, por improbable que sea, nos da una idea de una de las inquietantes repercusiones de la geoingeniería: una vez que empecemos a interferir de forma deliberada en los sistemas climáticos de la Tierra –ya sea oscureciendo el Sol o fertilizando los mares– todos los acontecimientos naturales quizá comiencen a adquirir un tinte antinatural. Una ausencia que podría haber parecido un cambio cíclico en los patrones de migración o una presencia que se creía un don milagroso de pronto se ven siniestras, como si toda la naturaleza estuviese siendo manipulada entre bastidores.

La mayoría de las notas periodísticas califican a George de geoingeniero “inescrupuloso”. Pero lo que me preocupa, después de investigar el tema durante dos años para un libro de próxima aparición sobre el cambio climático, es que científicos mucho más serios, financiados por billeteras mucho más gordas, parecen estar dispuestos a interferir activamente en los complejos e impredecibles sistemas naturales que sostienen la vida en la Tierra con enormes posibilidades de que se produzcan consecuencias no buscadas.

En 2010, el presidente de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Representantes de los EE.UU. recomendó que se hicieran más investigaciones sobre la geoingeniería, y el gobierno británico ha empezado a invertir fondos públicos en este campo.

Bill Gates ha destinado millones de dólares a la investigación en geoingeniería. E invirtió en una empresa, Intellectual Ventures, que está desarrollando al menos dos herramientas de geoingeniería: el “StratoShield”, una manguera de 30 kilómetros de largo suspendida por globos de helio que arrojaría partículas de dióxido de azufre a la atmósfera para bloquear la radiación solar, y una herramienta que teóricamente podría debilitar la fuerza de los huracanes.

El atractivo de esto es fácil de entender. La geoingeniería ofrece la tentadora promesa de una solución al cambio climático que nos permitiría continuar indefinidamente con nuestra forma de vida basada en el agotamiento de los recursos. Y además está el miedo. Cada semana parece traer noticias más aterradoras sobre el clima, desde informes sobre el derretimiento prematuro de los casquetes glaciares a una acidificación de los mares más veloz de lo previsto. Al mismo tiempo, el cambio climático ha quedado tan lejos de la agenda política que no se lo mencionó ni una vez en los debates entre los candidatos presidenciales. ¿Es de extrañar que muchos cifren sus esperanzas en las opciones que los científicos están pergeñando en los laboratorios?

Pero con los geoingenieros inescrupulosos sueltos por el mundo, es un buen momento para detenerse un momento y preguntar colectivamente si queremos emprender el camino de la geoingeniería. Porque la verdad es que la geoingeniería es en sí misma una propuesta inescrupulosa. Por definición, las tecnologías que interfieren con la química de los océanos y la atmósfera afectan a todos. Sin embargo, es imposible lograr un consentimiento unánime para llevar a cabo estas intervenciones. Y ese consentimiento tampoco podría ser informado ya que no conocemos –ni podemos conocer– todos los riesgos que aquellas entrañan hasta que estas tecnologías que modifican el planeta no se implementen en la realidad.

Si bien las negociaciones de las Naciones Unidas sobre el clima se basan en la premisa de que los países deben acordar una respuesta conjunta a un problema intrínsecamente común a todos, la geoingeniería plantea una perspectiva muy diferente. Por mucho menos de mil millones de dólares, una “coalición de los dispuestos”, un solo país o incluso un individuo pudiente podrían decidir tomar el clima en sus propias manos. Jim Thomas de ETC Group, una agrupación de protección ambiental, plantea el problema de la siguiente manera: “La geoingeniería dice: ‘Lo vamos a hacer y ustedes tendrán que atenerse a las consecuencias’”.

Lo que más asusta de esta propuesta es que los modelos sugieren que muchas de las personas que podrían ser las más perjudicadas por estas tecnologías ya son desproporcionadamente vulnerables al impacto del cambio climático. Imaginen la siguiente situación: América del Norte decide esparcir azufre en la estratosfera para reducir la intensidad del Sol con la esperanza de salvar sus cultivos de maíz, pese a la posibilidad real de provocar sequías en Asia y Africa. En suma, la geoingeniería nos daría (o les daría a algunos) el poder de exiliar a gigantescos segmentos de la humanidad a “zonas de sacrificio” con sólo apretar un botón.

Las ramificaciones geopolíticas son escalofriantes. El cambio climático ya está haciendo difícil saber si los acontecimientos que antes se consideraban de fuerza mayor (una ola de calor infernal en marzo o una tormenta monstruosa en Halloween) todavía pertenecen a esa categoría. Pero si empezamos a jugar con el termostato de la Tierra, convirtiendo deliberadamente nuestros mares en una masa verdosa para absorber carbono y blanqueando los cielos para desviar el Sol, entonces estamos llevando la influencia humana a otro nivel. Una sequía en la India podría ser vista –acertadamente o no– como resultado de una decisión consciente de un grupo de ingenieros que están al otro lado del mundo. Lo que antes era mala suerte podría ser visto como una conjura malévola o un ataque imperialista.

Habrá otras consecuencias viscerales y profundas. Un estudio publicado esta primavera en Geophysical Research Letters reveló que, si inyectamos aerosoles de azufre en la estratosfera con el fin de reducir la radiación solar, el cielo no sólo se volvería más blanco y significativamente más brillante sino que también tendríamos unas puestas de sol más intensas y “volcánicas”. ¿Pero qué tipo de relaciones podemos esperar tener con esos cielos hiperreales? ¿Nos llenarían de admiración o de una vaga inquietud? ¿Sentiríamos lo mismo cuando hermosas criaturas salvajes se cruzasen en nuestro camino de forma inesperada, como le pasó a mi familia este verano? En un libro muy conocido sobre cambio climático, Bill McKibben advirtió que nos enfrentamos a el fin de la Naturaleza. En la era de la geoingeniería, también podríamos encontrarnos ante el fin de los milagros.

George y su experimento de modificación del mar son una oportunidad para el debate público sobre un tema que básicamente ha estado ausente en el ciclo electoral: ¿Cuáles son las verdaderas soluciones para el cambio climático? ¿No sería mejor cambiar nuestro comportamiento, reduciendo el uso de combustibles fósiles, antes que comenzar a jugar con los sistemas básicos de conservación de la vida que tiene el planeta?

Si no cambiamos de rumbo, recibiremos muchas más noticias sobre personas que bloquean el Sol y meten mano en el océano como George, cuya proeza de verter hierro no sólo sometió a prueba una tesis sobre la fertilización del mar sino también tanteó el terreno para futuros experimentos de geoingeniería.

Y a juzgar por la tibia reacción que provocó hasta ahora, los resultados de la prueba de George son claros: los geoingenieros avanzan, y al diablo con la cautela.

© The New York Times, 2012.

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