No a la ley islámica

Los que somos contrarios a la Sharia somos preguntados en ocasiones por qué plantea un problema la ley islámica cuando las sociedades occidentales modernas hace mucho tiempo que dieron cabida a la Halajá, o ley judía.

La respuesta es fácil: hay una diferencia fundamental que separa a las dos. El Islam es una religión misionera, el judaísmo no. Los islamistas aspiran a implantar la ley islámica en todo el mundo, mientras los judíos religiosos aspiran a vivir según la ley judía a título personal.

Imagen de los exteriores de la Residencia Queens.
Dos ejemplos muy recientes acaecidos en el Reino Unido ponen de manifiesto el imperialismo inherente a la ley islámica.
El primero se refiere a la Residencia Queens, una venerable institución de atención a la tercera edad ubicada en la ciudad minera de Maltby, a 64 kilómetros al este de Manchester. En la actualidad, según el Daily Telegraph, ni uno solo de los 37 empleados en plantilla ni de sus 40 inquilinos es musulmán. Aunque la dirección del asilo afirma respetar «las creencias religiosas y culturales de sus residentes,» el propietario de la Residencia desde 1994, Zulfikar Ali Khan, decidía este año a iniciativa propia desviar las compras de carne del centro a un carnicero halal.

Su secreta decisión se tradujo en que los pensionistas del centro ya no podían comer sus huevos con tocino, salchichas con puré, bocadillos de jamón york, de bacon, pasteles de carne, pan tostado con tocino ni redondo de salchicha. El cambio despertó un cabreo generalizado. Un pariente de uno de los residentes lo llamaba «una vergüenza. Los ancianos que residen en el asilo y que viven su jubilación merecen algo mejor. … Es terrible que deban verse privados de la comida que les gusta por el capricho de este hombre.» Un empleado opinaba que «está muy mal que alguien imponga sus creencias religiosas y culturales a los demás de esta forma».

La superintendente en funciones Jackie Roberts, del cuerpo policial de Avon y Somerset, posa para los no musulmanes con el hijab.
Preguntado acerca de su decisión, Khan respondía sin ninguna convicción que hizo los pedidos de carne halal pensando en la (inexistente) plantilla musulmana. Más tarde se retractaba: «Vamos a pedir todo tipo de carne», y llegó a aceptar que las creencias religiosas no deben imponerse a los demás. Su retractación no convencía a un antiguo empleado de la residencia, que manifestaba sus sospechas de que Khan «tenía intención de servir carne exclusivamente halal en el centro, pero ha tenido que pensarlos dos veces a causa del escándalo.»
Un segundo ejemplo de imposición de la Sharia a los no musulmanes viene del sudeste de Inglaterra. El cuerpo policial de Avon y Somerset, que patrulla las ciudades de Bristol y Bath así como los municipios de los alrededores, acaba de repartir el hiyab entre sus funcionarias. Cada hiyab, distribuido a iniciativa de dos grupos musulmanes a un coste de 13 libras la unidad, viene rematado con el emblema de la intendencia.

Bien, repartir hijabs como parte de los uniformes en Gran Bretaña no es nada nuevo – la policía de Londres fue la pionera en el año 2001, seguida de otras fuerzas policiales, un parque de bomberos por lo menos, y hasta la cadena de mobiliario Ikea. Lo que diferencia los hijabs de Avon y Somerset de los demás es que no están destinados únicamente a las funcionarias musulmanas religiosas, sino también al personal femenino no musulmán, en particular para su uso al acceder a las mezquitas.

Rashad Azami, de la Sociedad Islámica de Bath, juzga «muy positivo» que la intendencia del cuerpo haya dado este paso. Una de las siete funcionarias no musulmanas en recibir su propio velo, la superintendente en funciones Jackie Roberts, lo llama «una aportación al uniforme muy positiva y una prenda que estoy segura tendrá buena acogida entre nuestras funcionarias».

Dhimmitud es el término que acuñó Bat Ye’or para describir la subordinación a la sharia por parte de los no musulmanes. El entusiasmo de la superintendente en funciones Roberts por el hijab se podría llamar «dhimmitud aguda».

Los «matones del hijab» (como los llama David J. Rusin, de Islamist Watch) que obligan a las mujeres no musulmanas a llevar velo, son solo una variante de islamistas que imponen costumbres islámicas a Occidente. Otros islamistas se especializan en obstaculizar el debate sin censuras de asuntos tales como Mahoma y el Corán o las instituciones islamistas o la financiación del terrorismo; otros presionan para obligar a las escuelas públicas, los hospitales y los centros penitenciarios a respetar la ley islámica, por no hablar de los taxis o las piscinas municipales. Sus esfuerzos no siempre tienen éxito, pero en conjunto están alterando rápidamente las instancias de la vida pública occidental, y especialmente la británica.

Volviendo al cerdo: tanto el Islam como el judaísmo rechazan la carne del cerdo, así que esta prohibición ofrece una comparación directa y reveladora entre las dos religiones. En pocas palabras, los judíos aceptan que los no judíos coman carne de cerdo, pero los musulmanes se ofenden y tratan de impedir el consumo de carne de cerdo. Eso, en breve, explica por qué el acomodo occidental de la Halajá no tiene relevancia a la hora de abordar la Sharia. Y de por qué la Sharia debe ser combatida como política legislativa.

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