Nicaragua: ¿viento en popa, al garete o a punto de encallar?

Desde un comienzo, la singladura del barco del FSLN (Frente Sandinista para la Liberación Nacional) en su segunda oportunidad en el Gobierno fue trazada en dos coordenadas. En la económica, el Gobierno de Daniel Ortega apostó a garantizar los equilibrios macroeconómicos según los parámetros del FMI. Contando con el aval y los recursos de las instituciones multilaterales sería posible mantener ese expediente, demostrando a todos que el FSLN era más hábil que los gobiernos precedentes administrando el modelo neoliberal, combinando los equilibrios macroeconómicos con algunos programas sociales de erradicación de la pobreza

 

En lo político, apostó a la continuidad en el Gobierno. Con el control de las instituciones (conseguido gracias a una maraña de maniobras en el pacto con el corrupto ex presidente Arnoldo Alemán), y con los recursos venezolanos para organizar redes de clientelismo partidario, sería posible lograr la reelección indefinida de Ortega. Aunque la singladura no ha sido variada, los escollos aparecen por todos lados.

La voluntad de los capitanes

La crisis económica internacional continúa afectando severamente la economía nicaragüense. Se han reducido las inversiones, las remesas, las exportaciones, las inversiones, el consumo interno. Se ha desplomado la recaudación de impuestos. Ya no se escuchan pronósticos optimistas. A estos problemas se suma la subejecución del presupuesto por el congelamiento de desembolsos internacionales y también por la ineficiencia estatal. A la crisis que viene de afuera se ha sumado el fraude electoral en las elecciones municipales de noviembre de 2008, organizado desde dentro, y que desembocó en el congelamiento de la ayuda presupuestaria de los países europeos.

Después de recortar por dos veces el presupuesto de 2009 (60 millones de dólares en abril y 40 millones en junio), el tercer recorte (30 millones) llegó en octubre. El déficit fiscal ha seguido contradiciendo los balances acordados con el Fondo Monetario. Adiferencia de lo ocurrido en los dos primeros años de Gobierno, en este tercer año el equilibrio macroeconómico (presentado por el equipo económico de Ortega como un indiscutible logro) está hoy en riesgo y el Gobierno ha estado ocho meses sin lograr la aprobación del FMI.

El déficit fiscal podría aliviarse si los capitanes del barco decidieran un par de giros en el timón. Incorporar la ayuda venezolana al presupuesto superaría el déficit, pero el Gobierno nunca ha tenido voluntad de hacerlo. Prefiere darle a los millonarios recursos que le envía Chávez destinos sobre los que ninguna institución pública recibe información ni tiene control. Cada vez hay más indicios de que contribuyen a cimentar el capital de esa voraz trinidad que es la familia-partido-Estado.

Otro giro sería admitir, de alguna forma, ante la comunidad internacional el fraude en las elecciones municipales de 2008, dando garantías de que no se repetirá algo similar en las elecciones generales de 2011. Esto también aliviaría el déficit fiscal, porque alentaría a los países cooperantes a continuar apoyando el presupuesto nacional. Tampoco aquí la brújula indica alguna voluntad de rectificación.

Un barco zarandeado

Mientras los capitanes del barco no dan señales de cambio de rumbo, el procelo so mar económico zarandea fuerte la nave nacional. ¿Qué hacer? En un brusco y desesperado bandazo, el Gobierno ha lanzado una nueva ley tributaria para tapar el agujero fiscal con una mayor recaudación de impuestos.

En 2007, recién llegado al Gobierno el FSLN, cuando prácticamente todos los sectores nacionales le daban un cheque en blanco a Daniel Ortega para que demostrara su experiencia de estadista en su segunda oportunidad, ya sin guerra, y cuando la crisis económica internacional no se avizoraba, hubiera sido el momento de hacer reformas al inequitativo sistema tributario nicaragüense. Una reforma “integral” fue promesa electoral de Ortega. La reforma fue también un continuo reclamo de distintos sectores nacionales de izquierda. Lo exigían argumentando con la necesidad urgente de aumentar el gasto social y se montaban en el anunciado “cambio de sistema” o “segunda etapa de la revolución” que el Gobierno proclamaba. La redistribución de las riquezas por la vía de los impuestos es una “revolución” pendiente en Nicaragua.

Pero el esquema tributario no se tocó en 2007. En ese año los capitanes confiaban en el dinero de Venezuela y en la que creían incondicional cooperación europea. Además, no querían perturbar la alianza que priorizaban: con los grandes empresarios. Tampoco hubo reforma en 2008 para no añadir tensiones al año de las elecciones municipales. Todavía a finales de junio de 2009, y en una de sus cordiales reuniones con el COSEP, Daniel Ortega prometió a los representantes del gran capital nacional que no haría ningún cambio al sistema de impuestos en los próximos dos años, hasta el final de su mandato. ¿Ilusos, incompetentes? Tal vez sólo faltó imaginación. Nadie en los gobiernos centroamericanos imaginaba las dimensiones de la tormenta económica que iba a sacudir a la región.

Sin una reforma tributaria que distribuya más equitativamente los recursos nacionales y que disminuya el carácter regresivo de nuestro sistema de impuestos, Nicaragua no superará nunca los niveles de pobreza que hacen tan difícil la vida a la mayoría de su gente. Sin una verdadera reforma tributaria Nicaragua no cumcumplirá en 2015 los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Pero los ajustes tributarios impuestos por el Gobierno llegan en el peor momento. La nueva ley fiscal ha sido descalificada por expertos y economistas porque afectará la liquidez y la rentabilidad de las empresas, golpeará severamente a las micro y pequeñas empresas y profundizará la recesión ya existente. Y porque su lógica es meramente recaudatoria.

El experto en derecho fiscal, Julio Francisco Báez, se dio a la tarea de hurgar en las inconsistencias de la propuesta gubernamental. Señala asombrado que la propuesta ni siquiera menciona el ámbito municipal. Reclama el diseño de un padrón de contribuyentes del que carece Nicaragua. Advierte de que la reforma no viene acompañada de un diagnóstico completo sobre el sistema tributario. Y pone el acento en el tratamiento “aterciopelado” que tiene la propuesta hacia las exoneraciones, comentando que la razón para usar esos “guantes de seda” es que no existe voluntad política para “tocar sacrosantos intereses económicos”. ¿Vinculados a la familia en el poder y a funcionarios del partido en el Gobierno?

Escollos en el mar del pacto

Si el barco gubernamental está empezando a hacer agua en la proa por la crisis en los equilibrios macroeconómicos, también les está resultando muy difícil a los capitanes mantener el rumbo en la popa: dar continuidad indefinida al Gobierno de Daniel Ortega.

La Constitución nicaragüense prohíbe la reelección consecutiva y permite una única reelección alterna a quien ya fue presidente. Daniel Ortega no puede reelegirse. Las encuestas vienen mostrando un rechazo mayoritario de la población a su continuidad en el Gobierno. Pero la reforma que se lo permitiría no la decidirán las encuestas, sino los diputados. Aunque en la Asamblea Nacional el FSLN no tiene mayoría, el Parlamento sigue estando controlado por los intereses del ominoso pacto Ortega-Alemán. Sin embargo, hasta el momento, los seis-siete- ocho votos de diputados alemanistas que le faltan a Ortega para conseguir los 56 que necesita para ser nuevamente candidato y reelegirse, no aparecen.

Nadie duda de que Alemán está decidido a facilitárselos, no abierta, sino encubiertamente, con alguno de esos arreglos- sorpresa a los que nos ha acostumbrado la clase política nacional. Pero pasa el tiempo y no encuentra el cuándo ni el cómo. Alemán sueña con reeditar la competencia de 1996: ser candidato presidencial frente a Ortega. Ortega comparte ese mismo sueño. Si el tiempo nos acercara a ese escenario más parecerá una pesadilla.

Qué ven desde la cabina

La oposición reitera a diario que es un imperativo unirse para derrotar a Ortega, pero permanece fragmentada y en inacabables disputas sin ningún otro contenido que no sea el cambalache de nombres y apellidos de unos o de otros, en alza hoy y mañana a la baja. Alemán sigue demostrando su capacidad de flotación y ganando espacios. Aunque es socio menor en el pacto con Ortega, se proyecta nuevamente como líder de un liberalismo sólo basado en el antisandinismo.

Los liberales que se han distanciado de Alemán permanecen divididos y en permanentes pugnas de protagonismo. El liderazgo de Eduardo Montealegre no atrae a todos los liberales no alemanistas. Tampoco convence nacionalmente: representa cabalmente a una derecha históricamente insensible en lo social y sin visión de país. Su obsequiosa visita a Roberto Micheletti en Honduras, además de ser un error innecesario, dio la medida de su perfil político.

¿Y en el sandinismo opuesto a Ortega? Hay malestar y quizás paciencia. En el sandinismo que aún participa en el FSLN hay descontento por la falta de democracia interna. Están completamente centralizados el control, la autoridad y los mecanismos organizativos. “En partidos que son muy verticales como es el Frente los síntomas de malestar los ves hasta que estallan”, dicen quienes conocen lo que sucede en las escotillas del barco.

¿Por qué no estallan las contradicciones, que ya se adivinan? De momento, puede más el miedo a represalias políticas y el temor a perder el empleo, aunque otros conocedores de lo que sucede en las escotillas del barco hablan de la posibilidad de que se esté cocinando una “gran fractura” que pasaría por aislar a Daniel Ortega en las elecciones nacionales de 2011.

Vientos no favorables

Para afianzar el rumbo político del barco el Gobierno tiene grandes ventajas en la desunión de la oposición. Pero la crisis económica tambalea la nave. Los recursos venezolanos destinados a los proyectos sociales, clientelistas o no, asistencialistas o no, no cubren tantas necesidades. Los dos programas insignia que desde el comienzo Ortega y Murillo pusieron como banderas en el mástil, “Usura Cero” y “Hambre Cero”, experimentan limitaciones porque se alimentaban de los cada vez más recortados recursos presupuestarios.

También cabe preguntarse si los recursos venezolanos experimentan limitaciones porque la voraz acumulación de capital de la familia-partido ha entrado en competencia con los objetivos clientelistas. Ciertamente, el Gobierno tiene todavía expresiones de conciencia y sensibilidad social que calan en mucha gente. En el sistema de salud se nota ya bastante la falta de recursos, pero aún es gratuita la atención. El programa médico oftalmológico “Operación Milagro” se mantiene con mucho éxito. Lo mantiene la solidaridad de Cuba. Yel programa de alfabetización “Yo sí puedo”, también apoyado por Cuba, logró reducir el analfabetismo en el país a menos del 4 por ciento. Este logro merece una ovación, pero también implica nuevos desafíos para el Gobierno, que deberían expresarse en un incremento del presupuesto para la educación que, en cambio, ha sido reducido este año con los recortes presupuestarios y es el más reducido de toda Centroamérica.

Para no encallar

Ante el malestar y las incertidumbres que provoca la crisis económica, el Gobierno no responde ni con tolerancia ni con inclusión, sino intensificando el control político. En esta actitud autoritaria y excluyente está tal vez el mayor escollo, el que está llamado a crecer exponencialmente con el tiempo.

Por un lado, el FSLN está ya diseñando con sus militantes la estrategia electoral para 2011, insistiendo en la reelección de Ortega. Ysigue repartiendo carnets de militantes del FSLN en las instituciones estatales y en los barrios, confiando en que por diversos mecanismos de coacción o de prebendas económicas esos carnets se transmuten en votos. Pero esto no garantiza nada. Las elecciones municipales de noviembre de 2008 fueron precedidas de una intensa etapa de clientelismo y presiones y el FSLN tuvo que hacer un burdo fraude electoral para “ganar” en 40 alcaldías, las más importantes del país.

Por eso, el control político también incluye la represión. Una represión controlada que provoque intimidación. Al carecer de aparatos represivos institucionales, el Gobierno requiere de fuerzas de choque organizadas con lo que tiene a mano. Y lo que tiene a mano son empleados estatales incondicionales y grupos juveniles fácilmente fanatizables y capaces de armarse de piedras y garrotes para amedrentar o atacar a quienes piensan diferente y lo expresan públicamente. Entre esos jóvenes, se incluyen pandilleros de los barrios marginales.

Toda red social con pensamiento propio y crítico, con recursos, con cierto liderazgo y con autonomía es un objetivo potencial de esta forma de represión organizada desde el Gobierno. El Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH) califica a estos grupos como “partidarios y paraestatales utilizando métodos paramilitares”. Y los ha denunciado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: “Destacamos la organización creciente de los mencionados grupos violentos, que obedecen a un líder, y que ahora se conforman como verdaderas tropas, disponiendo, además, de buses, motocicletas y radiocomunicadores. Esto atestigua un reforzamiento y una radicalización de esta nueva forma de reprimir, y podría abrir la vía a la reaparición de grupos armados ilegales que Nicaragua había logrado dejar en el pasado”. Si la opción de la represión se agudiza y esa vía se impone e incrementa para neutralizar el descontento, el barco gubernamental podría encallar.

¿Es cercano este escenario? Es lógico pensar que no lo será hasta que el descontento se traduzca en organización, la pasividad en movilización, hasta que surja un movimiento cívico nacional con un liderazgo creíble, honesto y capaz de articular una estrategia nacional, una propuesta de país, un proyecto que vaya más allá de la escueta y simple consigna de “todos contra Ortega”.

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