Narrativas movilizadoras y construcción de las éticas y estéticas de la resistencia

Estamos hoy en el tiempo de la incertidumbre sobre las ideas en las que otras generaciones apoyaron y realizaron sus vidas, en un presente denominado por algunos analistas políticos como el de la “crisis de las utopías” y de proyectos colectivos. A los movimientos populares se nos antoja esta coyuntura un espacio de reafirmación de otras utopías de resistencia permanente y de ideas esperanzadoras por otras sociedades, con otros valores y otros acuerdos éticos, creando poder desde abajo fuera de las teorías de Estado, el prototipo cultural y el esquema financiero. Sin desconocer el proceso donde vamos y todo lo que nos falta por caminar, sentimos que la crisis utópica no es de la movilización, la crisis real es la de la civilización. [1]

 

El arte tiene que ser hijo de su tiempo… El destino del arte está también en que él encuentre la expresión artísticamente adecuada para el espíritu de un pueblo”. Georg Wilhelm Friedrich Hegel


Sabemos que los formatos en los que se realizan las opresiones actuales cambiaron, pero éstas no. Y la opresión se agudiza tratando de salvar el sistema financiero internacional sin medir consecuencias como el deterioro sistemático a gran escala del entorno planetario y su diversidad.

¿Cómo desconocer que los grandes mitos y alucinaciones occidentales están en decadencia? La idea del Estado moderno o Estado-nación, por ejemplo, ha sido deslegitimada por millones de ciudadanos y ciudadanas en el mundo por no cumplir con las expectativas de las demandas sociales y sus creencias de un Estado de bienestar universal. Ha sido, además, rebasada y manipulada por los Estados supranacionales y los grandes capitalistas con sus nuevas formas de imperialismo [2] (la globalización e internacionalización económica) para tapar la gran crisis, la del capitalismo.

Sin desconocer que algunos aparatos han facilitado la vida de la sociedad, la cultura material antropocéntrica no se construyó para ello, ni está en función de ser un sistema global que garantice y resuelva las angustias de las necesidades reales básicas en la lógica de la sobrevivencia.

Por ende, los movimientos populares de Latinoamérica venimos proponiendo el biocentrismo o la consideración de otras maneras de relacionarse con la naturaleza que nos haga entender que somos parte de ella.

Asumiendo que la forma clásica de movilización que reivindica derechos no es la única vía, es necesario estar reinventando y creando movilización popular que se funda en otra idea de transformación utópica: la superación de los arquetipos hegemónicos que dominan esta cultura. Como lo demuestran los movimientos de mujeres, indígenas, diversidades sexuales, ecologistas, campesinado y grupos urbanos contraculturales, es viable poner en crisis estos arquetipos y ello se puede hacer en lo cotidiano, en el aquí y el ahora, como el paso a un proceso de construcción de poder legitimado en el tejido social.

Reinventando lo político

Colectivos, grupos y personas hacemos de la contracultura un escenario de reinvención de lo político, de lo que podría ser otra humanidad, buscando subvertir esa cotidianidad naturalizada y enquistada en nuestros cuerpos y superando la opresión interna de nuestras relaciones interpersonales, hasta donde el ritmo colectivo lo posibilite. Urge transformar la sociedad, creando otra.

A las experiencias que se construyen en la contracultura, el aquí y el ahora se nos presentan como contexto a comprender y a superar por medio de la creación colectiva de alternativas, restándole poder alienante y legitimidad a los esquemas imperantes de dominación como el patriarcado y el capitalismo.

Esta emergente necesidad la vivimos en la utópica y traviesa lucha de construir (en nuestras experiencias comunitarias en el lugar de “lo micro y lo local” y en el tiempo de los disímiles contextos inmediatos) otros acuerdos basados en formas horizontales de sentir, conocer y ejercer el poder; otras éticas (superar el antropocentrismo y el arquetipo patriarcal) y otras estéticas en las prácticas de lo político y lo sociocultural (construir desde los sentidos y lo experiencial con otros códigos, elaborando un simbolismo no hegemónico ni violento).

Las experiencias de las organizaciones populares vienen planteando la movilización desde el cuerpo como una posibilidad de leer de manera crítica la realidad que circunda los soterrados guiones culturales del colonialismo. Aunque forman parte de la vivencia cotidiana no vemos estos guiones, pues se encuentran naturalizados con códigos y claves a las que nos han acostumbrado en el automatismo de la vida ofrecida por el racionalismo instrumental.

La lucha del ser humano para recibir de otras maneras se tropieza con el contexto del cuerpo atrofiado. El olfato ha dejado de percibir las esencias necesarias para estremecerse, sólo el olor del combustible moviliza y, en las urbanas y grises tardes de la lluvia ácida que nos deja este progreso, los ojos no pueden ver los matices de luz de los que disfrutaron otras generaciones. El gusto ha perdido los sabores de la vida y el tacto ha reducido todas las texturas al manufacturado empaque de las latas y los plásticos. Ni que decir del oído: la “melodía” del motor industrial, ruido de fondo de lo cotidiano, ha ensordecido la posibilidad de que escuchemos el silencio.

En ese trayecto de deconstrucción de arquetipos y estructuras convencionales y de construcción de nuevos acuerdos nos encontramos con tres prácticas políticas a las que venimos dándole fondo reflexivo: resistir, subvertir y construir el propio guión narrativo de nuestra existencia. Buscamos no seguir padeciendo los guiones culturales que otros proyectos que se presentaron como paradigmas de salvación universal han hecho para instrumentalizar nuestro sentido vital de individualidad y colectividad.

Nuevos códigos para nuevas realidades

En todo este marco, el resistir se entiende como creación de la transformación propia, no como reivindicación para que el sistema nos incluya en sus privilegios de supuesto confort consumista de cultura material, ni en los discursos de sus derechos elitistas que nos hace funcionales al mismo sistema que reprobamos. La resistencia planteada tiene que ver con el hecho de superar, a partir de la autoconciencia y la vivencia autorregulada del colectivo y para poder transformar las relaciones intersubjetivas en todos los ámbitos (incluido el económico), al opresor que el colonialismo enquistó dentro de nuestro cuerpo.

Este término tiene que ver con la capacidad de indignarse, conmoverse y movilizarse para crear y defender los ideales propios y la conciencia colectiva en una sociedad uniformada, militarizada y fabrilmente organizada para la producción y el desarrollo material.

Resulta necesario que emerjan otras versiones de la vida, de la historia y de la comunidad para superar estos 500 años de genocidio de seres y construcciones culturales; expresar nuestras narrativas con experiencias estéticas propias, redescubriendo nuestros sentidos de manera integral para lograr otros códigos que nos permitan leer, nombrar y crear otra realidad.

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