Murió Oscar Niemeyer, maestro de la arquitectura moderna

Con 104 años, Oscar Niemeyer murió anoche, a las 21.55, en Río de Janeiro, horas después de un empeoramiento de su estado clínico por una insuficiencia respiratoria. Tal vez haya sido el último exponente de una raza singular de arquitectos: la de los poetas. Lejos de los caprichos artísticos de otros colegas de su época, o del actual empecinamiento tecnológico, así como de la moda de lo sustentable que conquista cada vez más adeptos, la vocación de este notable brasileño siempre fue la de crear una rima y una métrica de la sensualidad, algo fácilmente reconocible en la forma inusual de sus obras.

Niemeyer fue el autor de los principales edificios públicos de Brasilia, de museos, viviendas, bibliotecas, iglesias y hasta sambódromos que poblaron la geografía brasileña desde Belo Horizonte hasta San Pablo. En los últimos 10 años, su vida profesional volvió a cobrar fama y diseminó proyectos por todo el mundo. Hasta en nuestro Rosario está pendiente un proyecto suyo: el Puerto de la Música, un complejo cultural con sala de conciertos, centro de exposiciones y escuela de música a la vera del río Paraná.

A pesar de su éxito y consagración finales, así como de sus más que exitosos comienzos, Niemeyer conoció el ostracismo y la persecución por sus ideas políticas. Su obra siempre fue una profesión de fe humanista. Durante una conferencia en su honor, André Malraux, escritor y ex ministro de Cultura de Francia, señaló: “El mundo todavía espera muchas formas nuevas de usted”. Eran tiempo del exilio de Niemeyer en París, donde encontró sosiego en 1967, impedido de trabajar en su propio país. Perseguido y fustigado por sus vínculos con el gobierno constitucional de presidente Juscelino Kubitschek, Niemeyer nunca repudió sus convicciones. En 1945 ingresó al Partido Comunista y declaró: “La arquitectura no tiene mas importancia que otras cosas de la vida del hombre. Nada se compara a la lucha por un mundo mejor, sin clases”. A los que proclamaban a Brasilia como la ciudad del futuro, Niemeyer les decía: “Nuestra sociedad todavía es la del pasado”.

En 1940, el joven Niemeyer conoció al alcalde de Belo Horizonte, Juscelino Kubitschek, y recibió su primer encargo importante: el proyecto de una iglesia y un casino a orillas del Lago de Pampulha. La producción de Niemeyer fue sorprendente. Las líneas de la pequeña iglesia eran sublimes y la relación con el paisaje inmediata. Su fama creció y en 1952 fue invitado a participar en el proyecto del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York con arquitectos como el suizo francés Le Corbusier. Dos años mas tarde, su casa en Río de Janeiro completaría su naciente fama. Al punto que en 1956, el entonces presidente Kubitschek lo convocó para diseñar los principales edificios de una nueva ciudad: Brasilia. Dicen que también Niemeyer metió su mano prodigiosa en los dibujos que dejó Le Corbusier para el Ministerio de Educación de Río de Janeiro, una de las pocas obras del suizo en Sudamérica (La otra es la casa Curutchet en La Plata).

Hace unos años, cuando era un joven de 93, en entrevista con Clarín , se le preguntó si pensaba que su arquitectura es un ejemplo que se debía repetir. “No veo a mi arquitectura como un modelo ideal. –contestó– Es una arquitectura desenvuelta, cubierta de curvas que siento cercana a la arquitectura colonial brasileña. Pero es apenas mi arquitectura. Por eso es que no me interesa la opinión de los demás, no porque los desprecie, sino porque confío en mi intuición”.

Niemeyer fue el último testimonio de un tiempo en el que la arquitectura se proponía como sinónimo de progreso, democracia y justicia social. Eran los tiempos más mesiánicos de lo que se llamó el Movimiento Moderno. Sus grandes mesías eran los Le Corbusier, los Mies Van der Rohe y los Walter Gropius, entre otros.

Para Oscar Riberio de Almeida Niemeyer Soares, antes de ser Niemeyer a secas (o como prefieren en Brasil: Oscar) el compromiso ideológico era fundamental. Pero en sus comienzos, él era apenas un candidato a aprendiz de brujo. Un joven entusiasta oriundo de un país exótico y postergado que tenía ideas novedosas. Así y todo, con su dinámica impredecible, la historia le dio la oportunidad de convertirse en un creador absoluto. Lo puso en el podio de los realizadores modernos, le dio tiempo y talento. Y, además, quiso que sobreviviera a todos sus maestros con suficiente humor como para sonreírles con benevolencia. A pesar de su éxito en la profesión, Niemeyer siempre afirmó que la arquitectura no era lo más importante del mundo, ni siquiera lo era la política, por la que sufrió varios años en el exilio. Niemeyer decía que, para él, lo más importante era la vida.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *