Mundos posibles

Muy aburrido es mirar el mundo desde la estratósfera. Una burbuja maciza de colores codeada por un cosmos de estrellas y conjeturas absurdas, estática y en lenta rotación. Pero si metiéramos la vista en esa mancha azulada, verde, gris, y qué sé yo cuantos colores más, encontraríamos otro mundo, un mundo que parece girar a gran velocidad, y si tomáramos una distancia prudencial, y por prudencial digo unos diez o doce metros, seguiríamos viendo obviamente ese otro mundo, igual de homogéneo, aunque estimulado por el calor de los gritos de seres pequeños, por el movimiento de la mano de un hombre mayor y cansado, por el gesto adusto, inconsciente y qué sé yo qué más de padres que miran ese mundo momentáneo, plástico, que gira rígido como una gran metáfora de la vida y el futuro. Hablo de una calesita. Una calesita que como un mundo acelerado gira, y adentro de ese mundo que gira, gira con él un chico, un chico que parece más bajo que el resto, mucho menos excitado, mucho menos estimulado, y si bien no podemos perder mucho tiempo con el padre, porque se ha ido justo a comprar una botella de agua, una gaseosa, lo que sea, algo podemos imaginar, y es que adentro de ese mundo, decía, cargado de estatismos en movimientos centrífugos y centrípetos, como una enorme y monótona lavadora, se caldea también el pensamiento fijo y circular del chico quien ya ha pensado en todo; las consecuencias, las desgracias, los impactos, el viento, la incidencia de la luz, la nubosidad de los ácaros, el vuelo de la mano, de su mano, y el vuelo de la otra mano; ha previsto el momento exacto en el que el mundo girará y junto con él lo hará ese otro mundo, el mundo de fantasía, de caballos plastificados, de elefantes flotantes, de carros azules y estáticos como un ejército vengativo por estar condenado a girar y a girar en esa angustiante rotación; será, entonces, el momento exacto, sí, lo dije, el momento exacto de la música aguda, el momento exacto en el que el mundo de ese otro hombre, su enemigo, el gigante de sombrero y barba, el hombre que nunca en toda su vida de conductor circular, nunca en todas las veces que lo supo tener a él, al chico, como tripulante de esa nave, le dio alguna posibilidad, alguna alegría, alguna llave, porque esa es la palabra, la llave, para abrir una puerta diferente, para sentirse otro, para mostrarse de otra manera en esa fama especular, así que ahí está ahora, ahí, a punto de girar, con viento a babor, la mano sudando en su bolsillo, y la otra mano libre, la del gigante, volando peluda en su libertad, mientras que agita en el aire el bien más preciado: la sortija, la famosa sortija, la envidiada sortija, la sortija no de la libertad, sino del eterno retorno, del regreso, de la pertenencia y la permanencia, digamos, de la inclusión, pero no confundamos, el chico no está para simbolismos, el chico está para obtener eso que le han negado, no la libertad, no el pedazo de metal que hace ruido, sino la posibilidad, la chance de ser único, insoslayable en ese mundo de caballos lunáticos, música frenética, osos danzantes, elefantes zombis, y es que el momento se acerca, porque cuando de golpe ve que la mano ajena se agita haciendo el clásico tintineo de llaves, el chico hace volar en un espasmo la suya, y es un movimiento que nadie ve, rápido, conciso, de cirujano, eterno, un movimiento que se incrusta a la altura del cuello del otro, y es un grito de horror, y es que el gigante una vez más ha sido vencido por ese David enano que se suma al grito generalizado y despierta en los padres una sorpresa genuina, mientras ven cómo ese gigante, tan gigante como ellos, tan frágil como ellos, da unos pasos hacia atrás con la mano en el cuello ensangrentado, los ojos desorbitados por el terror, la cara deformada por la sorpresa, y ven cómo cae al suelo con los ojos ahora blancos, y corren hacia sus hijos, y sus hijos vectoriales buscan la contención de esos brazos, y todos corren hacia sus autos, y él, que corre sin padre, porque su padre no se sabe dónde está, suelta el punzón rojo que le robó a su hermano dos años mayor y lo cambia por la sortija, pero al sentir el peso de esa sortija en la mano, tan fría, tan real, siente que no era lo que estaba esperando, no hay posibilidad de algo distinto, nada nuevo, ninguna sensación original, sino que ahora tiene sed, quiere el agua, la gaseosa, o lo que sea, que su padre tiene en la mano, así que vuelve a agarrar el punzón por las dudas, lo limpia, y lo mete en el bolsillo, mientras su padre corre a contrapelo en su búsqueda desaforada y culpable por haber dejado a su hijo solo, así sea por unos minutos, en ese otro mundo ahora estático, ahora macizo, ahora aburrido.

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