Mundos interiores

La poesía de Fabio Morábito surge de una indagación original. Sus poemas nacen, a menudo, de una pregunta. Puede ser sobre la ciudad, sobre la infancia, sobre la familia, sobre la lengua. La respuesta, siempre personalísima, se transforma en un saber propio, en una conclusión íntima. Un náufrago jamás se seca es una antología de los cuatro libros de poesía que tiene publicados el escritor mexicano.

Morábito nació en Alejandría, Egipto, pasó su infancia en Italia y a los quince años emigró junto a su familia a México, donde reside desde entonces. A menudo se ha referido, en entrevistas y hasta en su propia columna en esta revista, al hecho de escribir en una lengua que no es la materna. Pero esto no es una debilidad en el escritor. Más bien lo contrario. Se podría pensar que su extranjería en el castellano es piedra de toque y refugio en donde se encuentra su potencia. El yo mira el mundo como si lo descubriera por primera vez. Los poemas se van construyendo a medida que la búsqueda de un lenguaje propio donde anclar se hace cada vez más necesaria. Atravesado por un origen múltiple, Morábito construye su lengua como un artesano: puliendo de a poco las palabras, revelando nuevas asociaciones, creando texturas: “Puesto que escribo en una lengua/ que aprendí, / tengo que despertar/ cuando los otros duermen.” No se adueña del lenguaje con comodidad y soltura, y es por ello que el resultado es preciosista, delicado –como un invitado que no se anima a ciertos gestos que sí tendría en su propia casa.

Intimidad

La poesía que viene escribiendo Morábito es una poesía de lo menor. Si hay grandes temas, es porque éstos salen de las preocupaciones de lo íntimo, no porque una voz impostada se los proponga a priori. Cada pieza es una observación atenta de pequeños detalles, de mundos interiores que miran hacia afuera para construirse más sólidamente. La pregunta por el origen es constante. A veces la voz parece la de un niño: “¿Quién escribe en los muros?/ ¿Quién inventa los chistes?/ ¿Quién sella los refranes?”. Otras veces se pregunta por lo propio: la paternidad, (“Un padre se hace padre con dos hijos. /Es padre quien provee de hermanos, / no aquél que tiene el corazón unívoco”), el amor conyugal, la profesión, la infancia. Los objetos más banales –una silla, un jardín, unas tuberías entrevistas– son excusas para pensar los lugares en los que el yo se define, se piensa como sujeto y como sensibilidad poética. Una lectura atenta revela, como un don adicional e inesperado, que existen vías de contacto entre su poesía y su prosa, que se alimentan mutuamente. Para quien haya leído los cuentos de Grieta de fatiga, La lenta furia, o su primera novela, Emilio, los chistes y la muerte, esta asociación es evidente: su prosa es lírica, busca siempre la palabra justa y la imagen sensible; en su poesía aparecen gérmenes de cuentos, de micro relatos que podrían fácilmente saltar de un género al otro.

El último poema de la antología, “Como delante de un prado una vaca” podría entenderse como poética: “…sólo la poesía no desecha/ ve el mundo antes de comer”. La poesía permite digerir lo real de otra manera, más lenta: “Por eso escribo: para recobrar/ del fondo todo lo adherido, / porque es el único rodeo en el que creo, / porque escribir abre un segundo estómago en la especie”. Escribir es ponerse en riesgo, usar una lengua –la literaria– que, al fin y al cabo, nunca es la propia: “y a mí también, como el cetáceo, / me sale un chorro a veces, / una palabra vertical que rompe el tedio de los mares.”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *