Muerte y Escatología en el Rig Veda

La muerte y sus consecuencias es un tema poco frecuente en el Rig Veda (Rigveda) pues el mayor interés de los poetas sacerdotes que lo compusieron era propiciar a los dioses y celebrar la vida en la tierra. Casi todos los himnos escatológicos del Rig Veda, al igual que los relacionados con la creación del universo examinados en el artículo precedente, se encuentran en el libro X, el más tardío cronológicamente. De los primeros, destacan cuatro comenzando por uno dedicado a Yama, el rey de los muertos (X 14). Le siguen un himno en honor de los “padres” o ancestros (X 15), otro cuyo tema central es la cremación (X 16) y por último uno cuyo foco es un entierro (X 18). A ellos se añade una breve alegoría en la forma de un diálogo entre un muchacho y su difunto padre (X 135) y parte de un himno dedicado al Soma, la bebida sagrada, que exalta los goces de la existencia de ultratumba (IX 113), además de algunas referencias dispersas en otros himnos. El plan de este artículo es presentar la traducción, directa del sánscrito al español, de los cinco himnos mencionados y la parte relevante del sexto, comentándolos uno a uno para al final intentar una síntesis.

Himno a Yama (X 14)
En la religión védica al igual que en el hinduismo posterior, Yama es considerado el rey de los muertos. Si bien Yama juega un rol importante en las ideas védicas sobre la muerte, solamente este, de entre los más de mil himnos del Rig Veda, le está íntegramente dedicado. Es protagonista junto a su hermana Yami de otro himno (X 10), basado en un mito de posible raigambre indoeuropea, que no nos dice nada sobre su rol funerario, y que, por ello, no incluyo. Como de costumbre dejaré hablar al himno por sí solo para analizarlo después.

Al que llegó al más allá por grandes escarpas
mostrando a muchos el camino, (1a)
al hijo de Vivasvat, colector de hombres,
al rey Yama, honra con la oblación. (1b)

Yama, el primero, encontró para nosotros el acceso
a esta pradera que no se abandona. (2a)
Allí llegaron otrora nuestros ancestros
y siguiendo su camino los que nacieron después. (2b)

Brihaspati fue exaltado por los Rikvans
Matalí por los Kavyas y Yama por los Angirasas. (3a)
Ellos exaltaron a los dioses y los dioses a ellos.
Unos se alegran con bendiciones y otros con libaciones. (3b)

Oh Yama, siéntate sobre este sitial
junto a los Angirasas, los ancestros. (4a)
Que los mantras de los vates te convoquen.
Oh Rey, regocíjate con la oblación. (4b)

Ven con los santos Angirasas.
Oh Yama, alégrate con los Vairupas. (5a)
Sentándote sobre la hierba sacrificial
invocaré a tu padre, Vivasvat. (5b)

Nuestros ancestros son los Angirasas, Navagvas,
Atharvans y Bhrigus, amantes del Soma. (6a)
Que esos santos sean benevolentes,
que recibamos sus auspiciosos favores. (6b)

Avanza, avanza por los caminos antiguos
hasta donde llegaron otrora nuestros ancestros. (7a)
Los dos reyes disfrutando de libaciones
verás allí, a Yama y al dios Varuna. (7b)

Encuentra a los ancestros, a Yama
y al mérito de los ritos, en el cielo más alto. (8a)
Descartando lo imperfecto, retorna al hogar.
Encuentra un cuerpo lleno de vida. (8b)

Retírense, dispérsense, desaparezcan de aquí.
Los ancestros hicieron este mundo para él. (9a)
Provisto con días, con aguas, con noches,
es este refugio donado por Yama para él. (9b)

Corre por el buen camino pasando a los dos perros
variegados, de cuatro ojos, hijos de Saramá, y (10a)
entonces aproxímate a los propicios ancestros
quienes bebiendo se regocijan junto a Yama. (10b)

Oh Yama, encomienda este a estos dos
perros guardianes tuyos, de cuatro ojos, (11a)
protectores del camino, vigilantes de los hombres,
y dispone para él, Oh Rey, salud y riqueza. (11b)

De anchas narices, saciándose con vidas, del color del cobre,
los dos mensajeros de Yama se mueven entre los hombres. (12a)
Que estos dos den aquí y ahora la vida auspiciosa
para que podamos ver nosotros de nuevo el sol. (12b)

Extraigan el Soma para Yama.
Ofrezcan la oblación a Yama. (13a)
El sacrificio bien hecho alcanza a Yama
conducido por el mensajero Agni. (13b)

Acérquense y ofrenden (14a)
a Yama manteca fundida.
Que él nos guíe hacia los dioses
y se nos conceda larga vida. (14b)

Ofrezcan al rey Yama
la oblación más rica en miel. (15a)
Nos inclinamos ante los sabios de otrora,
ante los antiguos hacedores del camino. (15b)

Con las tres vasijas de Soma vuela
hacia los seis orbes y al grande. (16a)
Trishtub, Gayatri y los otros metros,
todos ellos están depositados en Yama. (16b)

Yama, el primer hombre y el primer muerto, llega al cielo, al más alto y de acceso más difícil, indicando el camino a los que murieron después de él (1a y 2). Es hijo de Vivasvat, una forma del sol, pero a pesar de su estirpe divina se lo considera más un rey que un dios, precisamente el rey de los muertos (1b). Los que siguieron el camino de Yama son los ancestros o “padres” los cuales se dividen en categorías o clases, a menudo oscuras. Un ejemplo es la estrofa 3 donde se mencionan a tres grupos de ancestros aparentemente relacionados con clanes sacerdotales (Rikvans, Kavyas y Angirasas). En la estrofas 4 y 6 otros son mencionados (Vairupas, Navagvas, Atharvans y Bhrigus). Existe una estrecha relación entre Yama y los ancestros como lo sugiere un verso un poco críptico (3a) que dice que Yama junto a Brihaspati y Matali reciben su homenaje. Brihaspati es el sacerdote de los dioses y su mención junto a los ancestros de los sacerdotes humanos es lógica; la alusión a Matalí en cambio no es comprensible hoy pues su nombre no aparece en ningún otro himno del Rig Veda. Los dioses, el mismo Yama y los ancestros deben ser honrados por los hombres con diversos tipos de oblaciones sacrificiales, tales como manteca clarificada o la bebida euforizante llamada Soma que pueden ser sustituidas, a veces, por simples bendiciones. Los mantras o fórmulas orales pronunciadas por los sacerdotes (que pueden o no tener un sentido aparente) convocan a Yama y a los ancestros al lugar de sacrificio para que consuman las oblaciones dedicadas a ellos (4b).
Luego, el autor del himno habla directamente a un difunto reciente (7) instándolo a ascender al mundo de los ancestros (los cambios de interlocutor son frecuentes a partir de ahora) donde verá a Yama y a Varuna, este último un importante dios védico, regulador del orden universal y administrador de recompensas y castigos que, sin embargo, no tiene una conexión específica con la muerte. Su mención aquí se relaciona, quizás, con la estrofa siguiente (8a) donde se afirma que el difunto encontrará en el cielo los méritos adquiridos por los hombres al ejecutar los ritos religiosos. Esto podría sugerir que el ascenso al cielo es una recompensa por las buenas acciones practicadas en la tierra, un punto importante y controvertido que sólo puede aclararse con el examen del conjunto de himnos escatológicos del Rig Veda y al cual regresaré en el fin del artículo. Lo que es indudable es que él muerto recibirá cuando “retorne a su hogar”, es decir el cielo, un nuevo cuerpo (8b), idea que se reitera en otros himnos donde se revela que la vida de ultratumba es concebida como una versión perfeccionada de la vida en la tierra. Un anticipo de esa concepción se encuentra en el verso 11b en el cual se pide a Yama otorgue al difunto salud y riqueza. En el camino al más allá, este último puede encontrar demonios que intenten detenerlo (9a) y a los dos perros mensajeros de Yama (10-12). Estos heredaron su función de Saramá, la perra de Indra (el líder del panteón védico), cuya hazaña más notable fue ayudar al dios a rastrear unas vacas robadas. De manera similar, sus hijos vagan entre los hombres detectando a los que van a morir como parece sugerir la expresión “saciándose con vidas” (12a). Su otro rol es vigilar a los hombres en su camino al cielo (11) y, según algunos, rechazar a los malvados aunque no hay, en realidad, prueba sólida de esta creencia en el Rig Veda. La última estrofa insta, una vez más, al difunto, en un verso algo oscuro, a volar a través de los seis mundos hasta llegar al “grande” (16a). Los seis mundos son, probablemente, la tierra y el cielo concebidos cada uno como triples mientras que el “grande” debería ser el último receso del cielo más alto donde habita Yama.

El Muchacho y el Carro (X 135)
Este breve himno es una alegoría de la muerte, bastante misteriosa, protagonizada por un muchacho (1-2) y su padre muerto (3-4). A ellos se suma el poeta en la parte final (5-7):

Cerca de un árbol de bellas hojas
donde Yama bebe con los dioses (1a)
el señor de la casa, nuestro padre,
añora la compañía de los antiguos. (1b)

Añorando él a los antiguos
estando en tan mala situación, (2a)
lo observé con tristeza
pues extrañaba su presencia. (2b)

Muchacho, al carro nuevo,
sin ruedas, hecho por tu mente, (3a)
cuya única vara apunta a todos lados,
montaste no viéndolo. (3b)

Muchacho, luego de poner en movimiento
el carro, alejándote de los sacerdotes, (4a)
partió desde allí un canto
colocado sobre un barco. (4b)

¿Quién engendró al muchacho?
¿Quién creó el carro? (5a)
¿Quién podría decirnos hoy
cuál fue el regalo para el viaje? (5b)

Como era el regalo
así nació el frente. (6a)
En el comienzo se extendió el fondo
y después su salida se hizo. (6b)

Este es el hogar de Yama
donde residen los dioses. (7a)
Esta flauta es soplada por él
a quien envuelven las canciones. (7b)

El muchacho extraña la presencia de su padre fallecido a quien de alguna manera logra ver en el reino de los muertos, cerca de un árbol y esperando reunirse con los ancestros. Todo sugiere que el muchacho está vivo y que gracias a la eficacia de los ritos funerarios establece una comunicación con el más allá. El padre se dirige a él con una metáfora: la de un carro construido por la mente del niño. “Carro de la mente” (mano-ratha) es una expresión frecuente en sánscrito, una perífrasis de la palabra deseo. Por lo tanto, este carro simbólico “sin ruedas cuya única vara apunta a todos lados” representa en un primer nivel el ansia del muchacho por alcanzar a su padre. En otro nivel puede representar el poder de la ofrenda funeraria y/o del sacrificio ritual que permite al hijo llegar hasta el padre. Acompañando a la oblación y, de manera similar, el canto de los sacerdotes es vehiculizado por un bote hasta el cielo. Luego se plantean varios enigmas (5) y se alude aún más enigmáticamente a algunos aspectos del viaje (la construcción del carro o del bote o la naturaleza de las ofrendas) (6). Finalmente, retornamos a un terreno más familiar, continuando con la descripción del reino de Yama (7) comenzada en la estrofa inicial.

Cremación (X 16)
La cremación era entre los arios el procedimiento usual para disponer del cadáver aunque no el único como testimonia el mismo Rig Veda. Por supuesto, Agni, el dios del fuego, cumple un rol esencial y, como muestra este instructivo himno, múltiple. Jatavedas es un epíteto suyo que puede significar tanto “conocido por todas las criaturas” como “conocedor de todas las criaturas”, pues el fuego presente en todos los hogares era el dios védico más familiar a los hombres.

Agni no lo quemes ni lo cubras con llamas,
no dañes su piel ni su cabeza. (1a)
Cuando lo hayas cocido, Oh Jatavedas,
envíalo entonces a los ancestros. (1b)

Cuando lo hayas cocido, Oh Jatavedas,
entrégalo entonces a los ancestros. (2a)
Cuando haya alcanzado el mundo de los espíritus
devendrá entonces el vasallo de los dioses. (2b)

Vaya el ojo al sol y el aliento al viento.
Ve al cielo o a la tierra según tu disposición. (3a)
Yace entre las plantas con tus huesos
o ve a las aguas si es adecuado para ti. (3b)

La cabra es tu porción. Quémalo con tu calor.
Que tu llama, que tu resplandor lo queme. (4a)
Oh Jatavedas, con tus auspiciosas formas
llévalo al mundo de los meritorios. (4b)

Agni, remite hacia los ancestros
a quien, ofrendado a ti, se mueve con libaciones. (5a)
Que vistiendo una vida alcance su conclusión.
Que encuentre un cuerpo, Oh Jatavedas. (5b)

Lo que un pájaro negro ha arrancado de ti
o la hormiga o la serpiente o la bestia de presa, (6a)
que Agni, el devorador de todo, y el Soma
que ha entrado en los brahmanes lo restituyan. (6b)

Haz una armadura contra Agni con carne vacuna
y cúbrete completamente con grasa y médula (7a)
para que él, ferozmente excitado, con llamas
no te abrace y violentamente te consuma. (7b)

Agni, no derribes esta copa de madera
querida por los dioses y los amantes del Soma, (8a)
la misma que sirve a los dioses para beber
y con la cual los dioses inmortales exultan. (8b)

Yo envío lejos a Agni, consumidor de carne.
Que vaya donde Yama es rey removiendo la impureza, (9a)
pero que este otro aquí presente, Jatavedas,
el conocedor, transporte la oblación a los dioses. (9b)

Agni, el consumidor de carne, entró en vuestra casa
viendo a este otro, a Jatavedas. (10a)
Yo traigo ese dios al sacrificio para los ancestros.
Que infunda calor en la asamblea suprema. (10b)

Que Agni, el que transporta el cadáver,
honre a los ancestros que fomentan la verdad. (11a)
Que proclame las oblaciones
para dioses y ancestros. (11b)

Jubilantes te depositaríamos,
jubilantes te encenderíamos. (12a)
Jubilante, transpórtalo a los jubilantes
ancestros para que coman la oblación. (12b)

Agni, tú que has quemado este lugar
restaura su lozanía. (13a)
Que crezcan aquí el Kiyambu,
la Pakadurva y la Vyalkasa. (13b)

Oh fresca y refrescante,
sombría y ensombrecedora, (14a)
ven con la rana hembra.
Deleita a este Agni. (14b)

La noción de que el muerto encontrará un nuevo cuerpo en el más allá, esbozada en el himno anterior, deviene en este el tema dominante, casi obsesivo. De alguna manera misteriosa el cuerpo quemado por el fuego en la cremación será restituido. Para que pueda ser recreado este debe ser preservado aunque más no sea en la imaginación y en la poesía. Por ello se pide a Agni, quien es a la vez el fuego y el dios del fuego, que no lo consuma por completo (1). Cualquier porción dañada por el mismo o por los animales será restaurada por el propio Agni en el otro mundo, en cooperación con el Soma (6). Con el mismo fin, se insta al propio cadáver a protegerse del fuego devorador (7). Agni cumple aquí varias funciones: libera el espíritu del cadáver y lo conduce al mundo de los ancestros, purifica el cuerpo del muerto (9a) y provee al difunto con un cuerpo más perfecto en el cielo. Su rol es comparable al que cumple en el sacrificio pues en este rito central de la religión védica consume las ofrendas destinadas a los dioses y las purifica transportando su esencia hasta los dioses para que las consuman. Por ello, se lo considera el mensajero de los dioses. En contraste, en el himno precedente el encargado de crear un cuerpo nuevo era Yama y en otro himno ese rol le cabe a Tvashtri, el artesano de los dioses. Por momentos, hay una dicotomía entre el fuego funerario y el sacrificial (sobre todo en 9-10) donde el primero es llamado Agni y el segundo Jatavedas, un epíteto del mismo Agni.
Una visión diferente del destino del difunto, incongruente con el resto del himno y con la corriente central del pensamiento védico, se esboza en la estrofa 3 la cual puede ser fruto de la imaginación del autor o el resabio de creencias más antiguas. Se dice allí que según la afinidad, naturaleza o disposición (dharman) del muerto este puede dispersarse en las aguas, en la tierra, el viento y el sol o ir al cielo. Es decir, puede fundirse con los cinco elementos reconocidos por los indios (aire, agua, fuego, tierra y espacio). Esta alternativa encuentra un vago eco en algunos versos del Rig Veda y en el próximo himno (X 18) que parecen admitir una existencia insubstancial de ultratumba en las inmediaciones de la tierra. Algunos autores (adjudicando a la palabra dharman un significado moral) ven en este verso la afirmación precoz de la transmigración del alma, una doctrina que, en realidad, sólo surge con claridad siglos más tarde, tema que examinaré en la conclusión. El final de este himno coincide con el fin de la cremación cuando el fuego es apagado con agua la cual, metafóricamente, convertirá el lugar quemado en otro fértil donde crecerán plantas acuáticas (a ellas se alude en singular en 14a) y cantarán las ranas (aunque ese poder restaurador sea adjudicado a Agni).

Entierro (X 18)
La cremación era ya en el Rig Veda por mucho la práctica más usual, pero se solía recurrir también al entierro como evidencia este himno y también la mención de la “casa de arcilla” en otro (VII 89.1). El entierro nunca fue excluido por completo de las costumbres funerarias de la India, persistiendo incluso hasta el día de hoy. Como dijimos, uno de los principales roles del fuego es purificar al difunto y como consecuencia lógica es juzgado innecesario para aquellas personas consideradas puras, tales como ascetas y niños pequeños, que generalmente eran (y son) enterradas. Por supuesto, esta limitación del entierro a un reducido grupo no es necesariamente válida para el período védico cuando parece haber sido menos infrecuente que en épocas subsiguientes. Este himno, particularmente poético y bastante transparente, necesitará apenas un breve comentario. Dejemos que primero nos hable sin intermediarios.

Oh Muerte, transita por otro camino,
el tuyo propio, diferente del que lleva a los dioses. (1a)
Yo te digo a ti que tienes ojos y que tienes oídos
que no dañes a nuestros hijos ni a nuestros héroes. (1b)

Cuando se hayan ido, borrando la huella de la muerte,
prolongando aún más la duración de su vida (2a)
devengan merecedores de sacrificios, limpios y puros,
prosperando con progenie y con riqueza. (2b)

Estos vivientes han sido separados de los muertos.
Nuestra invocación a los dioses fue auspiciosa hoy. (3a)
Hemos avanzado para la danza y la risa
prolongando aún más la duración de nuestra vida. (3b)

Yo erijo esta cerca para los vivos.
Que ninguno de ellos traspase este borne. (4a)
Que vivan cien otoños plenos
y confinen a la muerte en esta colina. (4b)

Como los días se suceden con regularidad,
como las estaciones alternan debidamente, (5a)
como lo posterior nunca abandona a lo anterior,
dispone así las vidas de estos, Ordenador. (5b)

Alcancen larga vida eligiendo la vejez,
todos ustedes combinados en orden. (6a)
Que Tvashtri, el hábil creador, satisfecho,
haga para ustedes una larga vida. (6b)

Que estas mujeres, no viudas, con buenos esposos,
se provean con ungüento de manteca clarificada (7a)
y sin lágrimas, saludables, ataviadas con joyas,
suban primero al lugar de nacimiento. (7b)

Surge mujer al mundo de los vivos. Ven.
Tú yaces junto a este cuyo hálito se ha ido, (8a)
Fuiste la esposa de este hombre
que asía tu mano y te cortejaba. (8b)

De la mano del muerto tomo el arco
para nuestro dominio, gloria y fuerza. (9a)
Tú allí y nosotros aquí, heroicos,
batiremos todos los ataques enemigos. (9b)

Deslízate al interior de la madre tierra,
de esta tierra, muy vasta y muy amable, (10a)
joven y blanda como lana para los que ofrendan.
Qué ella te proteja del seno de la Destrucción. (10b)

Ábrete tierra, no lo oprimas.
Permítele entrar y yacer en ti. (11a)
Envuélvelo, Oh tierra,
como la madre al hijo con su vestido. (11b)

Abriéndose la tierra, que se tenga firme
y que mil pilares en ella surjan. (12a)
Sean ellos casas chorreando manteca
y sean aquí refugios para él, por siempre. (12b)

Para ti, compacto la tierra a tu alrededor.
Que no te dañe arrojando un manojo de arcilla. (13a)
Que los ancestros sostengan este pilar.
Que Yama te provea aquí con un hogar. (13b)

En el fin del día como a la pluma
de una flecha me colocaron. (14a)
Sujeto, ahora, la palabra final
como a un caballo con una rienda. (14b)

El tono de este himno es el de una oración funeraria cuya mayor preocupación es, paradójicamente, el bienestar de los vivos (1-4) quienes deben estar claramente separados de los muertos (3a). Para ello se delimita la tumba primero con una cerca o vallado (4a) y luego se erige un montículo sobre la tumba misma (4b). Los vivos aspiran a una larga existencia, conforme al ritmo de la naturaleza y al paso ordenado del tiempo, rica en hijos y posesiones, fabricada por Tvashtri, el artífice de los dioses (5-6). En la misma vena, se insta a las mujeres no viudas a ataviarse y subir a la cama matrimonial (“el lugar de nacimiento”) para procrear antes que las alcance la vejez (como sugiere la expresión “primero”) (7b). La segunda parte del himno se adentra en la ceremonia del entierro, iniciada por dos ritos cuyos detalles sólo podemos entender en líneas generales. Ambos establecen un vínculo temporario entre el mundo de los vivos y de los muertos. Primero, la viuda yace junto al cuerpo de su difunto esposo para, luego, levantarse y retornar al mundo de los vivos (8). Luego, el sacerdote toma el arco del muerto (probablemente un guerrero) que transmite su fuerza viril a los vivos sellando una suerte de alianza para combatir a los enemigos (9). Luego, se inicia el entierro propiamente dicho.
La tierra es un ser benéfico a quien se solicita proteja al difunto de la aniquilación, especialmente de la corrupción de la carne y, quizás, también de la aniquilación del espíritu. Como tantos otros conceptos védicos, estos aspectos particularmente desagradables y negativos de la muerte se han personificado en un ente sobrenatural; en este caso la siniestra diosa Nirriti cuyo nombre puede traducirse por “Destrucción” (10b). A diferencia del himno de la cremación, en este no hay ninguna indicación de un destino celestial para el alma del muerto. Por el contrario, se imagina que este perdura de alguna manera en la tierra en una casa construida por Yama en colaboración con los ancestros (12-13). Hay una única referencia a la abundancia (los pilares “chorreando manteca”), pero en comparación con el deleite celestial de los que han sido cremados, esta existencia de ultratumba en el seno de la tierra parece bastante lastimosa. En la críptica estrofa final, el poeta habla por sí mismo llamándose a silencio.

Los Ancestros (X 15)
Los difuntos previos son llamados literalmente “padres”, término que he traducido por ancestros pues se trata de los antepasados conocidos o desconocidos de los hombres. Están íntimamente conectados con Agni y con Yama, pero también con el Soma que, además de ser una bebida sagrada, era considerado un dios. Se relacionan asimismo con otros dioses aunque no de manera tan estrecha. Entre ellos Vishnu, en esta época un dios solar que habita como ellos en el cielo, e Indra, el jefe de los dioses con el cual “viajan en el mismo carro”.

Que surjan los ancestros inferiores,
superiores y medios, amantes del Soma, (1a)
Que los inofensivos ancestros, que fueron a la otra vida
y conocen la verdad, nos favorezcan en las ofrendas. (1b)

Que este saludo sea hoy para los ancestros,
para los que fueron primero y después. (2a)
Para quienes asientan en la atmósfera terrestre
y para quienes habitan ahora en bellas regiones. (2b)

Yo encontré a los muy propicios ancestros,
al hijo y al gran paso de Vishnu (3a)
quienes vienen aquí a toda velocidad para compartir
el Soma con libaciones funerarias, sentados sobre la hierba. (3b)

Los ancestros sentados aquí sobre la hierba
disfruten las ofrendas que nosotros les hicimos (4a)
y vengan con muy provechosa ayuda
otorgándonos benéfica paz y prosperidad. (4b)

Los ancestros, amantes del Soma, son invitados
al pasto sacrificial donde hay queridos tesoros. (5a)
Que vengan aquí y nos escuchen,
que nos hablen y ayuden. (5b)

Hincando la rodilla, sentándose al sur,
acepten todos este sacrificio. (6a)
Ancestros, no nos dañen si algún
agravio os hicimos por debilidad humana. (6b)

Sentados en la falda de la aurora
otorguen bienes a los mortales que os adoran, (7a)
Oh Padres, y presenten parte de esa riqueza
a sus hijos. Concedan aquí vigor. (7b)

Nuestros primeros ancestros, amantes del Soma,
los Vasishtas que llevaron la bebida de Soma, (8a)
comparten con Yama las oblaciones,
los jubilosos con el jubiloso, comiendo a voluntad. (8b)

Agni ven aquí con los propicios ancestros,
los verdaderos, los sabios, los que se sientan junto al fuego, (9a)
entre los dioses, sumamente sedientos de Soma,
conocedores de invocaciones, elogiados con himnos. (9b)

Agni ven con los mil ancestros que elogian a los dioses.
los primeros, los superiores, los que se sientan junto al fuego, (10a)
los verdaderos, los que comen y beben la oblación
y viajan junto a Indra y los otros dioses en el mismo carro. (10b)

Ancestros degustados por el fuego, venid aquí.
Oh guías certeras, sentaos cada uno en su sitio. (11a)
Comed las oblaciones dispuestas sobre el pasto
y otorgadnos, entonces, riquezas e hijos varones. (11b)

Agni, después de haberte implorado, Oh Jatavedas,
haciéndolas fragantes has transportado las ofrendas (12a)
a los ancestros quienes las comieron con libaciones.
Consume tú, ahora, las oblaciones dispuestas para ti. (12b)

Los ancestros que están aquí y los que no,
los que conocemos y los que no conocemos, (13a)
tú conoces cuantos son, Oh Jatavedas.
Disfruta con libaciones del sacrificio bien hecho. (13b)

Los consumidos por el fuego y los que no
se deleitan en medio del cielo con ofrendas. (14a)
Con ellos, Soberano, fabrica un cuerpo
dotado de vida, según tu inclinación. (14b)

Existen innumerables clases de “padres” o ancestros diferenciándose por su clan, localización (1a), antigüedad (2a) y por si fueron cremados o enterrados (14a). Sólo Agni los conoce a todos (13). Muchos habitan en el cielo más alto adonde llegó el tercer paso de Vishnu y donde él mismo reside. Vishnu en el Rig Veda es todavía una deidad menor cuyo evento más notable es, precisamente, haber dado tres pasos gigantescos cuya extensión y motivación varían en uno u otro himno. En lo que hay unanimidad es en su carácter solar y en su relación con Agni quien habita en el mismo lugar y a quien se aludiría con el epíteto “hijo” (napat), pues se lo suele llamar “hijo de la fuerza” e “hijo de las aguas” (3a). Los ancestros son benévolos, concurren al lugar de sacrificio y, a cambio de ofrendas, otorgan bienes materiales a los hombres. Ese intercambio se manifiesta en las estructuras de las estrofas 4-6 donde en el primer verso de cada una son invitados a concurrir y recibir oblaciones y en el segundo se les pide ayuda, prosperidad y perdón por posibles agravios. Como se vio en el himno X 14, el rey de los muertos tiene un vínculo especial con los ancestros y por haber sido el primer muerto es un primus inter pares. Así, ellos y él comparten la misma mesa donde comen las oblaciones y beben el Soma euforizante y sagrado.
Aunque se menciona a ancestros “no consumidos por el fuego”, por lo visto en otros himnos y por el rol preponderante de Agni en este, debemos suponer que la gran mayoría fueron cremados. En efecto, la segunda parte de este himno (9-14) explora la relación entre Agni y los ancestros en términos muy similares al himno de la cremación (X 16) y en la estrofa postrera el dios del fuego es el encargado, en cooperación con los ancestros, de proveer al difunto con un nuevo cuerpo (a él se alude como Soberano en 14b).

Los Goces del Paraíso (IX 113. 7-11)
Para concluir, es interesante presentar las cinco estrofas finales de un himno dedicado al Soma que proveen la descripción más gráfica de las expectativas que el hombre védico depositaba en la morada celestial. El Purificador es Agni, por supuesto, e Indra, como dijimos, es el jefe de los dioses:

Llévame Oh Purificador
donde está el paraíso,
al mundo donde hay luz perpetua,
al mundo inmortal que no decae.
Fluye, Oh gota de Soma, para Indra.

Donde el hijo de Vivasvat es rey,
donde está contenido el cielo,
donde las aguas son frescas,
hazme allí inmortal.
Fluye, Oh gota de Soma, para Indra.

Donde uno se mueve en libertad,
en la tercera bóveda del cielo,
donde los mundos son luminosos
hazme allí inmortal.
Fluye, Oh gota de Soma, para Indra.

Donde abundan los placeres,
donde está el mundo del sol
y donde hay satisfacción y libaciones,
hazme allí inmortal.
Fluye, Oh gota de Soma, para Indra.

Donde hay felicidades y placeres,
alegrías y deleites,
donde se obtienen los deseos del deseo,
hazme allí inmortal.
Fluye, Oh gota de Soma, para Indra.

Conclusiones

1. Al igual que el tema cosmogónico, el escatológico aparece con poca frecuencia en el Rig Veda limitándose a algunos himnos relativamente tardíos del libro décimo a los cuales se suman algunas referencias dispersas. No hay una completa uniformidad en las concepciones de la muerte, pero estas son menos divergentes que las de la creación del universo. Como en períodos ulteriores, la cremación era ya en tiempos védicos la costumbre funeraria más común aunque el entierro también se practicaba.

2. Existía la creencia generalizada, aunque no universal, de que algo perduraba de cada individuo después de la muerte, un alma o espíritu llamado usualmente manas. Así en un himno (X 58) se insta al espíritu de alguien que yace inconsciente, quizás a punto de morir, a retornar al cuerpo desde los lugares remotos donde pudiera haber errado. En otro (VIII 89.5), se precisa que manas asienta en el corazón. Muchas veces ese espíritu se identifica con la respiración, con el aliento vital llamado asu. Esa conexión semántica persiste en el período postvédico cuando se designa al alma como atman, término que en su origen significaba también respiración, una acepción que perdura en el verbo alemán atmen (“respirar”) y en el griego atmos (“vapor”) incorporado en nuestra palabra atmósfera.

3. Distintos himnos conciben varios destinos posibles para el difunto. La mayoría de ellos concuerda en que el espíritu del difunto asciende al cielo donde es provisto con un nuevo cuerpo (una forma más perfecta del mismo que tenía en la tierra), libre de enfermedades, con el cual disfrutará una existencia inmortal de placeres celestiales. El himno del entierro concibe, en cambio, una existencia de ultratumba debajo de la tierra desprovista, en gran medida, de las alegrías de la vida celestial. Algunas estrofas aisladas sugieren que el difunto puede dispersarse entre los elementos sin aludir a su perduración y, como veremos a continuación, los inicuos pueden ser aniquilados o arrojados a un abismo.

4. El cuerpo celestial del difunto es fabricado por uno u otro dios según el himno. En algunos casos, el creador del mismo es Yama, en otros Agni, el dios del fuego, o Tvashtri, el artesano de los dioses, a menudo en colaboración con los ancestros o el Soma. No se trata de un cuerpo enteramente nuevo sino, más bien, de la restitución o recreación del suyo. De ahí, la pretendida necesidad de que Agni no lo destruya por completo. Con este cuerpo humano el difunto pasa a formar parte de los ancestros o “padres”, en compañia de los cuales disfrutará de una existencia inmortal en un orbe de luz, acompañado por la música y provisto con ofrendas de comida y bebida. Los ancestros son seres benévolos pudiendo beneficiar a los vivos concediéndoles favores a cambio de ofrendas. Los más antiguos tienen un estatus superior al de los más recientes, viven junto a los dioses y pueden como ellos otorgar hijos, salud y posesiones a los humanos.

5. Según la convicción más extendida, el mundo de los muertos se encuentra en el cielo más alto regido por Yama, hijo del sol, el primer hombre (más tarde Manu es considerado tal) y el primer muerto quien descubrió el camino al más allá. Casi siempre se refiere a él como rey, pero aunque su estatus divino no sea explícito, posee muchos de los atributos de un dios. Además de indicar el camino al difunto, Yama lo protege en su travesía mediante sus dos perros mensajeros y una vez en el cielo le brinda un hogar y, según algunos himnos, un cuerpo nuevo. Más tarde, con el surgimiento del hinduismo, Yama devendrá el juez de los difuntos, castigando a los malvados, pero en el Rig Veda no hay trazas de ese rol pues siempre se lo imagina como una figura protectora y nunca suscita temor.

6. Además de Yama, el otro dios más íntimamente relacionado con la muerte es Agni quien era, como dijimos, tanto el fuego como la personificación del fuego. Muy próximo a los hombres, presente en todos los hogares y elemento indispensable del sacrificio ritual, Agni actúa como un mensajero entre el mundo terrestre y el divino. De naturaleza similar a su rol en el sacrificio son sus varios roles funerarios comenzando por la purificación del cuerpo y la liberación del espíritu del muerto. A continuación, conduce este último al cielo y allí puede conformar un nuevo cuerpo para él. Finalmente, transporta las ofrendas que hacen los humanos a los ancestros o convoca a los ancestros a descender al lugar de sacrificio para recibirlas.

7. No hay una afirmación unívoca en el Rig Veda de una relación entre el comportamiento del hombre en la tierra y su destino ulterior. Sin embargo, un breve himno (X 154) enumera algunos individuos meritorios que parecen calificar para una existencia celestial tales como ascetas, guerreros heroicos y donantes de ofrendas sacrificiales. Especialmente apreciados eran estos últimos pues la generosidad en la dádiva ritual es reconocida también en otros himnos como conducente al cielo. Igualmente, en el himno a Yama traducido aquí (X 14.8) se dice que el difunto encontrará en el cielo el mérito adquirido por los ritos celebrados en la tierra. En contraste, las alusiones al castigo de los malvados son más bien vagas consistiendo en su caída en un abismo (IV 5.5; VII 104.3) y/o posible aniquilación, pero en esta temprana época no se ha formulado aún la noción de infierno. Tampoco se manifiesta en el Rig Veda la creencia en la reencarnación o transmigración del espíritu o alma, idea que recién se expresará con claridad, por primera vez, siglos más tarde con las primeras Upanishads, textos místicos bastante lejanos ya del mundo védico que constituyen una transición hacia el hinduismo.

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