Muchos awás viven aún aislados y están huyendo para salvar sus vidas.

“Un hombre puede parar lo que está ocurriendo: el ministro de Justicia de Brasil.
Pero ahora esta no es su prioridad. Tenemos que conseguir que lo sea”.

“En la ciudad nos sentimos tan inseguros como los forasteros en la selva”,
cuenta un hombre awá llamado Espada. Sin embargo, la densa selva amazónica que antaño cubría enormes extensiones del noreste de Brasil prácticamente ha desaparecido, y no para ser reemplazada por ciudades, sino por un páramo aparentemente infinito de haciendas ganaderas. El último reducto de esta otrora fantástica selva, una de las más antiguas del mundo, se encuentra allá donde los pueblos tribales han resistido frente a los avances de los ganaderos y madereros.

Esta es la historia de un pueblo indígena, los cazadores-recolectores awás, y su extraordinaria historia de amor con su selva. Una historia de resistencia y destrucción, de esperanza y, tal vez, de supervivencia.

La caza

La mayoría de los awás siempre tiene la caza en mente.

“Cuando mis hijos tienen hambre, tan solo tengo que internarme en la selva y les encuentro comida”, explica Pecarí Awá. Las mujeres animan a sus maridos a que regresen con abundante carne de caza, y los hombres les hacen caso. Aquellos awás que aún viven sin contacto en la selva cazan con arcos de dos metros de longitud. Las flechas, silenciosas, vuelan alto hacia las copas de los árboles, lo que les permite disparar varias veces antes de que los animales se percaten de la presencia de los cazadores.

Algunos awás sedentarizados han confiscado rifles a los furtivos y se han convertido en habilidosos tiradores. Pero todos los cazadores siguen contando con un arco cuidadosamente fabricado y un juego de flechas para cuando se acaba la munición.

Comida prohibida

La selva les proporciona su botín, pero no se lo llevan todo. Algunos animales, como la capibara y el águila harpía, son tabú y ningún awá se los comería. Dicen que si te comes un murciélago te dará dolor de cabeza. ¿El gran zorro de cuatro ojos? Huele mal. ¿Los colibríes? Demasiado pequeños. Otros animales solo pueden ser cazados en determinados momentos del año. Así los awás garantizan la supervivencia de toda la selva, y la suya propia.

Cazadores vs. agricultores

Los awás tienen un conocimiento muy profundo de la selva. Cada valle, arroyo y sendero está inscrito en su mapa mental. Saben dónde encontrar la mejor miel, cuáles de los grandes árboles de la selva darán frutos pronto y cuándo los animales están listos para la caza. Para ellos, la selva es la perfección: no pueden imaginar que se pueda desarrollar o mejorar más.

Como cazadores-recolectores nómadas, los awás están siempre en movimiento. Pero no vagan sin objeto, ya que es precisamente esta forma de vida la que alimenta ese vínculo fundamental con sus tierras. No pueden concebir el marcharse a otro lugar, el abandonar el hogar de sus antepasados.

“Los forasteros están llegando, y es como si estuvieran devorando nuestra selva”, dice Takia Awá. Para los forasteros –para nosotros- quedarse quieto es quedarse atrás.

La frontera siempre se está moviendo, empujada por las inquietas sociedades occidentalizadas que deben seguir avanzando hacia nuevos territorios simplemente para mantener su modo de vida.

Tal vez sea este otro tipo de nomadismo.

Auge y decadencia

El espectacular filón de recursos subterráneos de Brasil ha ayudado a impulsar su milagro económico. Tan solo bajo la mina de Carajás, 600 km al oeste del territorio awá, hay siete mil millones de toneladas de mineral de hierro. Es la mina de hierro más grande del planeta. Trenes de más de dos km de longitud, unos de los más largos del mundo, recorren día y noche el trayecto entre la mina y el océano Atlántico. A su paso circulan a tan solo algunos metros de distancia de la selva en la que aún viven los awás no contactados.

Cuando en los años 80 se construyeron los 900 km de esta vía ferroviaria, las autoridades decidieron contactar y sedentarizar a muchos awás a través de cuyas tierras pasaba el tren. Pronto tuvo lugar el desastre en forma de malaria y gripe: de las 91 personas que conformaban una comunidad, solo 25 seguían con vida cuatro años después.

En la actualidad el ferrocarril trae a foráneos hambrientos de tierra, de trabajo y de la accesible caza furtiva en el territorio de los indígenas.

Pero los colonos invasores no tienen por qué ser el fin de los awás. Otros pueblos indígenas de Brasil, como los yanomamis, también han sufrido devastadoras invasiones. Se recuperaron cuando el Gobierno se vio presionado a tomar medidas para proteger sus tierras.

 

Familia

“¡Paloma!”, exclamó una mujer awá llamada Parakeet. “Llamémosla Paloma Awá, las palomas cantan y caminan sobre el suelo”.

Los awás esperan a que sus hijos alcancen la edad en la que se presenta un nombre adecuado antes de decidir cómo se llamarán. Otra de las hijas de Arakari’ĩa se llama Árbol Ka’awyra. A un niño awá especialmente inquieto le acaban de llamar Lombriz de Tierra.

Los indígenas son extraordinarios amos de mascotas: en la mayoría de las familias hay más mascotas que personas, desde coatíes parecidos a mapaches hasta jabalíes y zopilotes reales. Pero sin lugar a dudas, los monos son sus favoritos.

“PASO MUCHO TIEMPO AMAMANTANDOa los monos bebés”, explica Parakeet. “Y cuando han crecido lo suficiente vuelven a vivir a la selva. Puedo oír al mono aullador que solía ser mi mascota, cantando ahí en la selva”.

Aunque los monos salvajes son una importante fuente de comida, una vez que una cría es acogida por una familia y amamantada, nunca se la comerán. Incluso si regresa a la selva, los awás reconocerán a ese mono como hanima: parte de la familia.

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