Mitología Celta

Los nombres de cientos de dioses son conocidos, pero la mayoría parecen ser deidades locales. Durante el período romano, muchas deidades celtas fueron identificados con dioses romanos.

Uno de los más importantes llamado Lugh en Irlanda, fue identificado como Mercurio. A él se le atribuye la invención de todas las artes, guía de los caminos y viajes, y virtud para las ganancias del dinero y comercio.

Tambien están: Apolo, cura enfermedades; Júpiter, gobierna el cielo y Marte preside la guerra. A éste le ofrecen los despojos del enemigo al entrar en batalla. Dicen los galos que son todos hijos de Plutón.

El ciclo mitológico celta puede ser dividido en cuatro grandes divisiones.

La primera es el ciclo histórico-mitológico. Dos textos importantes son parte de este ciclo: The Lebhar Gahbla (Libro de Invasiones), una historia mitológica de Irlanda; y The Dinnshenchas (Historia de Lugares), una geografía mitológica de Irlanda.

El principal tema en el ciclo Histórico-mitológico concierne a la gente de Irlanda y las fortunas de The Tuatha De Danann (Gente de la divinidad Danann), quienes fueron los ancestros mitológicos de los irlandeses.

La segunda división es el ciclo de Ulster.

Estos mitos son historias de los guerreros del Rey Conchobar.

Los temas se basan en el honor y prestigio que envuelven las muertes heroicas y el héroe Cuchulain (o Cuchulainn).

La tercera división es el ciclo Fenian que cuenta las hazañas de Finn Mac Cumbail y sus compañeros.

La última división se refiere a la institución y fundación de los grandes y menores reyes de Irlanda. Existen otras dos divisiones referentes a cuentos folklóricos.

Claves para comprender el Mito Celta

Los Celtas son, los hombres más religiosos de la antigüedad conocida, si exceptuamos a los egipcios de las primeras dinastías.

Lejos de su imagen de guerreros palurdos, belicosos, saqueadores y siempre ebrios que han transmitido los romanos (recordemos que los romanos todo lo que tienen lo han robado), su vida estaba orientada casi constantemente hacia el mundo mágico y el espiritual por el sistema semiteocrático impuesto desde el druidismo, esa prodigiosa organización religiosa que supo dotar a la civilización en la cual se desarrolló de una comprensión mitológica de la existencia.

El mito en sí no deja de ser, en su origen, un tipo de historia sagrada; es decir, pertenece no sólo al ser humano sino a las entidades por encima de él, a las divinidades. Es una tradición sacra, lo que se conoce como la revelación primordial.

En torno a los celtas, todo era prodigioso y devenía de algún tipo de encantamiento: desde sus propios e inciertos orígenes hasta los bosques o los animales con los que convivían, desde los combates con el enemigo o las expediciones al confín del mundo hasta su calendario de fiestas.

Los dioses se manifestaban en todo momento y, si no eran ellos, lo hacían entidades de otros planos, como las del mundo feérico: las hadas, los elfos o cualquier otro.

La vida no podía considerarse otra cosa que una mera transición más o menos entretenida hasta el momento de la muerte, que se aceptaba sin complejos ni culpas ya que ella no constituía más que un paso previo a la existencia en el Otro Mundo.

En algunos textos se sugiere la creencia en la reencarnación aunque no está muy claro si los celtas la entendían tal y como hoy lo hacen, tras su reciente re-importación durante el decenio de los años sesenta.

De todas formas, se trata de un concepto de origen indoario igual que ellos mismos, así que resulta muy factible que la llevaran con ellos cuando llegaron a Europa o incluso que existiera entre algunos pueblos allí asentados con anterioridad.

Sabemos que estuvo muy enraizada en amplias zonas del Viejo Continente, hasta el punto de que el Concilio de Nicea -en el año 325 d. de C.- tuvo que definir lo que había que entender de forma obligatoria como la sustancia divina de Cristo, en contra de las objeciones de los arrianos, al tiempo que condenaba la idea reencarnacionista de forma explícita por enfrentarse al dogma cristiano.

Para ellos, los celtas, la vida significaba movimiento y dinamismo y por ello no había alternativa posible: descartada la opción de quedarse quieto, o pena de ser destruido por el incesante oleaje de la existencia, lo único que quedaba por hacer era cabalgar sobre éste.

Es otro puente a través del espacio y del tiempo con la filosofía oriental, según la cual el cambio es lo único que nunca cambia en el mundo.

De aquí arranca suo desapego hacia lo material y su comprensión de cuanto de pasajero tiene esta vida, expresado en la ausencia de grandes asentamientos permanentes, de impresionantes templos físicos de piedra o de la simple necesidad de dejar constancia de la propia existencia tras la muerte de uno más allá del recuerdo familiar.

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