Mis amigos los artistas

El libro ya estaba listo. Una compilación de semblanzas de viejas y entrañables amistades. Retratos de amigos desaparecidos. Así nombra Carlos Fuentes a los que ya no están, como si la muerte fuese un truco resultado del chasquido de dedos de un mago supremo. Es que la muerte siempre es sorpresiva, como un truco de magia. El mismo Fuentes muere semanas antes de la publicación de Personas y el libro póstumo se transforma, de pronto, en un obituario que lo incluye a él.

Memorias, retratos, biografías, epistolarios, diarios íntimos, pueden ser leídos como distintas formas de acumulación. Acumulación de vida y acumulación de objetos: cartas, fotos, cuadernos, recuerdos. Un capital, un legado, la textura de una vida. Y aunque se hable de otras personas, no se deja de escribir sobre uno mismo.

Recordar y recordarse

Los retratos están cruzados por este doble movimiento de recordar y recordarse. En el caso de Fuentes, se trata de personas que ya eran figuras al momento de conocerse: Pablo Neruda, Julio Cortázar, Susan Sontag, François Mitterrand, Bill Clinton, Lázaro Cárdenas, son apenas algunos de los recordados. No hay amigos anónimos, todos tienen un nombre, es decir un reconocimiento social, un estatus nacional e internacional. Y todos forman parte, de un modo relevante, de la historia del siglo XX. Tanto los maestros y padrinos de su juventud cuando todavía era un estudiante de leyes, como los amigos y colegas que se irá cruzando en su vida adulta. Fuentes se sabe parte de una elite liberal, cosmopolita y con sensibilidad social. Una estirpe de intelectuales latinoamericanos que se va extinguiendo.

Su prosa es la del viejo sabio del pueblo, el sobreviviente de muchas guerras. Se contiene en nombres, fechas y lugares, aunque lo tienta desbocarse. Se vuelve distante en los pasajes solemnes y ampulosos. Y es extraordinaria cuando se olvida del homenaje, de la posteridad y vuelve a los detalles. Ahí su voz rejuvenece. Como el capítulo que abre con la receta del “Buñueloni”: mitad ginebra, un cuarto de cárpano y un cuarto de martini dulce. El trago que le ofrecía Luis Buñuel cada vez que lo visitaba en su casa de la ciudad de México, y se embarcaban en esas charlas místicas sobre cine y religión.

O cuando recuerda el fallido matrimonio entre el dramaturgo Arthur Miller y Marilyn Monroe. La confianza herida de ella ante una cena de escritores: “Marilyn empezaba a prepararse al mediodía, se peinaba, se maquillaba, se despeinaba para peinarse de nuevo, cambiaba el maquillaje, bebía para calmarse, volvía a beber y a las seis de la tarde ya no podía ir a ningún lado”.

En todos estos momentos, y en muchos más, la mano de Carlos Fuentes tiene la palabra precisa y la imagen perfecta, que son en realidad las que no se olvidan. Nadie podrá olvidarse del general Bernardo Reyes después de leer esta frase: “Una larga bala lo mató. Venía persiguiéndolo toda la vida”. O del periodista y novelista mexicano Fernando Benítez (“feo pero con cara de gente decente”) que en un bar portuario de Veracruz saca a bailar a una muchacha y se le aparece el novio que es un marinero argentino: –Dejala. ¿No ves que podrías ser mi papá?

–Pude. Pero no quise –responde Benítez antes de empezar a las trompadas.

Estas son las personas que más gozamos leer, porque tienen vida, porque lo trascendente es cómo escribe el que las recuerda, porque la literatura puede hacerlas reaparecer con un chasquido de dedos.

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