Minúsculas y penetrantes

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La nanotecnología se ha ganado praa muchos expertos el título de «tecnología clave del siglo XXI». Las diminutas nanopartículas alcanzan cualquier tejido del cuerpo, incluso el cerebro.

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Nano sonaba hace algunos años como un concepto mágico. Ahora, en pleno sigloxxi, la nanotecnología es una realidad que marca el camino: cada vez se comercializa más su aplicación en electrónica, ingeniería médica o protección ambiental. A la par, empero, crece el número de críticos que advierten de las secuelas que las diminutas partículas representan para la salud.
Desde largo tiempo convivimos con las partículas del mundo enano. Las nanopartículas se originan, por ejemplo, al quemar gasóleo. Además, hace algunos años que se fabrican con fines industriales: las partículas de silicio y de dióxido de titanio mejoran las propiedades de las lacas, tóneres, medicamentos y productos cosméticos. El toxicólogo Günter Oberdörster, de la Universidad de Rochester, estima que las nanopartículas constituyen la inmensa mayoría de las partículas del ambiente, incluso más que el polvo grueso y fino. Después de que los epidemiólogos se interesaran durante décadas por las secuelas de la inhalación de polvos finos (partículas con un diámetro de hasta 10 micrómetros), el foco se ha desplazado a los efectos biomédicos de las nanopartículas, con un tamaño más de 100 veces menor.

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