Miguel Poveda: “He usado al flamenco de terapia muchas veces”

Intérprete profundo, muy rápidamente se ha convertido en una de las figuras más reverenciadas del flamenco. Con un nuevo disco bajo el brazo, donde comparte créditos con artistas emblemáticos del género, vuelve a Buenos Aires luego de seis años, cuando debutó en el Colón junto al bandoneonista Rodolfo Mederos.

Hace casi 20 años que Miguel Poveda ganó la Lámpara Minera, el premio más codiciado del mundo del flamenco. Hace casi 20 años, Miguel Poveda tenía apenas 20 e iniciaba así, casi como una fatalidad, su andadura profesional. Testimonio de ese camino son 9 discos editados, donde abordó distintas formas del flamenco, desde las más tradicionales hasta los mestizajes con el pop y la cançó catalana. Su último disco (de edición española) es Artesano, donde graba con mitos como Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar o el inmenso cantaor Rancapino. Sensibilísimo intérprete, dilecto del flamenco contemporáneo, Miguel Poveda también es un nexo  luminoso entre el pasado y el futuro del género. Esta semana se presenta por segunda vez en Buenos Aires, donde debutó en 2006 y en el Colón, junto al bandoneonista Rodolfo Mederos.

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-¿Tus padres tenían algo que  ver con el cante?
-Nada que ver, vengo de una familia humilde, trabajadora, pero mi madre era aficionada a esta música, la ponía en la radio y tenía muchos discos. Mi padre, en cambio, era más seguidor de cosas tipo The Police, Alan Parsons o Los Beatles… Sin embargo, no era esa música la que me despertaba curiosidad, sino la que escuchaba mi madre: música de flamenco, de copla. Pura música andaluza, pero allí en Badalona, donde vivíamos.

-¿Por qué te parece que elegías las canciones de tu madre por sobre las de tu padre?
-Entendía la música flamenca. Me llamaba la atención y la entendía. Entendía las canciones, las letras…

-¿Cuáles eran los discos de tu madre?
-¡Muchos discos tenía! Había de Bambino, de Chiquetete, de Marifé de Triana… Recuerdo discos de Manolo Caracol, de Rocío Jurado, de Isabel Pantoja. Muchos, muchos discos…

-Siempre de música popular.
-Exactamente, música popular antes que música flamenca. Tenía alguno de Juanito Vilar, un cantaor de Cádiz muy bueno, pero todos los discos de los grandes clásicos del flamenco tradicional los conseguí más tarde, por otro lado.

-¿En qué momento descubrís que podés cantar?
-Con 13 o 14 años ya tenía ganas de dedicarme a esto y a los 15 tuve la oportunidad de cantar en el centro andaluz que había cerca de mi barrio. A partir de ese día, que subí por primera vez a un escenario, supe que iba a dedicarme a esta profesión.

-Está bien, pero te pregunto por cuando eras más niño aun.
-Ahí lo soñaba, quería ser artista… ¡Eran fantasías de niño! Cuando me detenía a pensar qué sería de mayor siempre me decía que cantante, pero no con la conciencia ni con la firmeza con que lo pienso ahora.

-Es lógico, ¿no?
-Claro, ¡ahora se ha hecho realidad!

-¿Cantabas en las fiestas familiares?
-No, cantaba en la habitación y para mí solo. Antes de los quince años, que ya te digo que quise cantar en un escenario, sólo cantaba en la soledad mía.

-¿Me estás diciendo que cantabas a escondidas?
-Muy a escondidas.

-¿Tus padres no sabían que cantabas?
-No, me daba mucho corte. De mi familia cantaba entre mis hermanas o para algún primo, pero poco más.

-¿Eras un niño solitario?
-Pues sí, no he sido un chaval de pandillas o amigos del colegio. Tenía que convivir con otros niños, vale, pero una vez que salía del colegio ya no salía yo con la panda. Me pasaba mucho tiempo escuchando música en casa.

-¿Por qué crees que era así?
-Bueno, porque me gustaba mucho la música y era para mí un divertimento mucho mayor que cualquier otro. Para mí tener un radiocasete y escuchar música y grabar todo lo que sonaba en la radio y hacer mi propia colección de grabaciones era muy entretenido. No me divertía más jugar en la calle que estar con mi radiocasete.  El porqué no lo sé…

-Contame, entonces, qué pasó ese día en el que cantaste por primera vez en público.
-No estaba para nada nervioso, creo que tenía muchísima inconciencia de lo que significa cantar. Recién una vez que saqué la voz y aquello sonó en el micro, me di cuenta de lo dificultoso que es cantar. No era lo mismo que cantar con mi primo, que tocaba la guitarra en la habitación. Lo que me sucedió aquel día fue que la voz me sonaba distinto a través del micro. Nunca había cantado con micro y me asusté mucho.

-¿Qué es lo que te dio tanto susto?
-El sonido de la voz, tan fuerte.

-Tu propia voz, al fin de cuentas.
-Totalmente. Yo siempre había cantado a pelo en la habitación.

-Para ese momento, ¿tus padres ya se habían enterado de que cantabas?
-Unas semanas antes les dije que iba a cantar y me escucharon por primera vez.

-¿Qué te dijeron?
-Estaban sorprendidos, porque no se esperaban que yo cantase. Estaban como felices, como contentos. Se lo tomaron un poco como “mejor que esta afición lo tenga distraído antes de que esté en la calle”. No sospechaban que yo pudiera dedicarme a esto profesionalmente.

-¿Ellos nunca te preguntaban qué harías de mayor?
-No… O no lo recuerdo. Mi padre estaba todo el tiempo trabajando y mi madre lo que quería era que fuésemos buenas personas y educados, nos dedicáramos a lo que nos dedicásemos. Aquellos años eran difíciles y aunque yo hubiera querido seguir una carrera, ellos no hubiesen podido pagármela. Creo que no me preguntaban un poco por miedo a que les dijese “quiero ser arquitecto”… Así que en seguida que crecí me di cuenta de la situación que había en mi casa y decidí trabajar en una fábrica.

-¿En qué fábrica?
-En una fábrica de cerrajería estuve unos años trabajando para aportar dinero en mi casa. Los fines de semana cantaba en la peña. Y ganaba algún concurso y mi dinerito.

-¿Te acordás qué cantaste aquel día que te presentaste en público por primera vez?
-Canté una canción de Chiquetete.

-¿Cuál?
-Ahora no me acuerdo cómo era. “Los ojos de mi niña” se llama, creo. Y de Manzanita también canté una y luego alguna canción popular también. Como tres o cuatro canciones canté.

-¿”Los ojos de mi niña” no es esa de “Los ojos de mi niña me tienen loco,/han tratao de enamorarme o me ha echao el mal de ojo…”?
-¡Sí, esa es! Es muy buena. “Qué mal hago yo,/no merezco este castigo que me manda dios…/Yo  tengo un mal de amores…”

-“…Mira qué dolor, ni yo me reconozco…”    
-“¡Los ojos de mi niña me tienen loco!” Qué bonita es, ¿verdad?

-Cuando bajaste del escenario, ¿qué pasó?
-Que tenía la boca seca, estaba como desubicado. Me costó cantar, no escogí bien algunos tonos de las canciones. Como no tenía experiencia me agoté muy rápido, cantaba como muy cortado.

-¿Ya estabas en la cerrajería ahí?
-Todavía no, estaba en FP (Formación Profesional)

-¿Qué estudiabas?
-Auxiliar administrativo.

-¿A la fábrica vas cuando terminás el instituto?
-Así ocurre. Durante la semana trabajaba en la fábrica, pero me pasaba todo el día pensando en cantar. Así que con el ruido de las máquinas yo iba ensayando a mi aire.

-¿Cantabas sobre las máquinas?
-Sí, cuando me hicieron encargado de las máquinas, porque primero estaba como empaquetando. En medio de todo ese ruido, mientras iba colocando las barras, ensayaba lo que iba a cantar el fin de semana.

-¿En qué momento podés dejar la fábrica?
-Recién cuando regreso de la mili…

-¡No me digas que te tocó la mili!
-Sí, en Huesca, en la montaña. Fueron nueve meses muy duros para mí. Tuve que dejar la fábrica y cuando volví ya no pude recuperar mi puesto.

-¿La pasaste muy mal?
-Sí… Los que eran veteranos se portaban fatal, te lo hacían pasar canutas. No me gustan las guerras ni la agresividad. Tuve la mala suerte de que me tocara un capitán enfermo de las guerras que nos ponía unos documentales bélicos que eran para mí un martirio. Nos llevaba a los campos a tirar con rifles, con bazooka, con todo tipo de utensilios de disparo. Nos hacía vestirnos y pintarnos como de guerra, tirarnos en el suelo y arrastrarnos, pista americana… Y yo no era un niño que estuviera acostumbrado a hacer mucho deporte ni preparado para estar rodeado de tantísima gente bruta. Luego me espabilé, pero en un primer momento la pasaba muy mal.

-Qué horror, Miguel. ¿Ahí no cantabas ni loco?
-No. Alguna gente sabía que cantaba flamenco y como allí en la mili todo mundo tiene un mote, me llamaban Camarón… Pero no les cantaba ni nada.

-¿Y cómo vivías sin poder cantar?
-Algunos fines de semana iba a Badalona y allí me desquitaba, pero aquellas temporadas largas en las que no podía cantar la pasaba fatal. En el entorno de las peñas yo era un poco el niño mimado, porque no había gente de mi edad cantando, por lo que llegar a la mili y que todo mundo me destratase no lo llevaba para nada bien.

-¿Qué sucedió cuando volviste a tu casa?
-Iba a buscar otro trabajo, pero tuve la suerte de que un guitarrista con el que actuaba de vez en cuando me propusiera cantar en el tablado El Cordobés, de Barcelona. Nos hicieron una prueba y entramos allí. Por primera vez pude ganarme un sueldo haciendo lo que me gustaba, aunque tuviese que ser por las noches y todas las noches. Estaba aprendiendo: cantaba para bailar, en contacto diario con el público, dos pases todos los días…

-En seguida grabaste tu primer disco, ¿verdad?
-Sí, al año siguiente.

-¿Era el mismo repertorio que cantabas en el tablado?
-Más o menos… Lo que ocurre es que yo en el tablado cantaba de forma distinta, al servicio de un bailaor o una bailaora. Al cantar solo sientes más libertad, no tienes que entrar ni salir en un tiempo determinado.

-¿Cómo fue escucharte por primera vez en disco?
-Emocionante, muy emocionante… Es que yo consideraba que no estaba para grabar un disco todavía. Con 20 años era muy consciente de lo que me quedaba por aprender y de las grandes figuras que estaban en activo por aquel entonces: la Paquera de Jerez, Fernanda y Bernarda de Utrera, Chocolate, Enrique Morente, Fosforito, Carmen Linares, en fin, todas las grandes figuras estaban en lo mejor y yo era un chaval de Badalona, un payo… Pero una vez que grabé el disco era emocionante tenerlo para que mis padres se sintiesen orgullosos de mí, más que otra cosa.

-¿El hecho se ser payo fue un problema para entrar en el flamenco? ¿Sufriste por eso?
-Tú sabes, Diego, existen comentarios de todo tipo… Hay artistas que son defensores nada más que de la raza gitana: solamente cantan bien los gitanos, sólo bailan bien los gitanos y tocan bien la guitarra los gitanos… Se ha demostrado históricamente que no es así: ellos cumplen un papel muy importante, pero el flamenco es un universo muy amplio donde caben muchas formas. Hoy en día los prejuicios no existen tanto ni tan fuerte como antes, no te diría que he sufrido especialmente por ser payo.

-Qué impresionante que a los 20 años se te haya cumplido todo lo que deseabas de niño… Porque, ¿y luego qué?
-Luego vienen historias que me superan… Porque después de ganar el concurso y antes del disco me propusieron hacer una película de protagonista, La teta y la luna, de Bigas Luna, que fue muy exitosa. Algunos me decían: “¿cómo es eso de que no te sientes preparado para grabar, pero haces una película?” Entonces ensayé los cantes que mejor dominaba y Nuevos Medios, que era una discográfica de Madrid, me dio la oportunidad de hacer el primer disco.

-Una discográfica puntal en los 90 para el desarrollo del nuevo flamenco.
-Apostaba más por la vanguardia de aquella época, por el mestizaje de grupos como Ketama o Pata Negra.

-Sin embargo, pasaron unos años hasta que grabaste un segundo disco (“Suena flamenco”).
-Fue complicado hasta que conocí al guitarrista Chicuelo, con él preparamos el segundo disco para Harmonia Mundi, una discográfica francesa. Al disco lo elaboré un poquito más, hice algo mucho más variado: flamenco tradicional, algunas zambras de Manolo Caracol que grabé con Joan Albert Amargós… Luego hice algo que en esa época se llevaba mucho, la canción aflamencada.

-¿Cómo llegás a interesarte por la Generación del 27 y grabar los poemas del exilio de Rafael Alberti?
-Me llegó una propuesta de la Universidad de Bolonia para hacer un encuentro entre el flamenco y la poesía y me hablan de esos poetas: a los 24 los descubro y ya se me despierta para siempre el interés por la poesía.

-¿Qué poetas preferís?
-Federico García Lorca es muy especial para mí, no sólo como poeta, sino como artista comprometido con el teatro, que defendía las músicas populares, que organizaba eventos para difundir el flamenco…

-Yo te hacía más cernudiano…
-Tienes razón, me encanta Cernuda. Aquí en Sevilla está la casa donde él vivió, ¿la has visto? Cuando paso por ahí y veo el cartel me da un vuelco el corazón. El era muy tímido y su personalidad tiene mucho que ver conmigo…

-Imagino que cuando preparaste el disco dedicado a las coplas (“Coplas del querer”), habrás hecho un viaje a tu infancia para elegirlas…
-Pues sí, porque hay coplas que grabé que no eran muy conocidas, pero que yo recuerdo de los discos de Rafael Farina que escuchaba mi madre. Mientras las iba grabando se las ponía a mi madre y ella se emocionaba muchísimo… Una que se llama “Ay, hermanita”, mi tío se la cantaba de joven a mi madre… Fue como volver a la niñez y devolverle a ella todo lo que me enseñó en su día.

-Además, ese disco sirve para revalorizar el canto masculino en la copla, tan silenciado por figuras totémicas como la de Concha Piquer …
-Muy pocos hombres destacaban en la copla, es cierto, a no ser que tuvieran una personalidad arrolladora como la de Miguel de Molina. Para el público, los hombres que cantaban copla eran gente afeminada.

-Y muchas veces lo eran. En realidad, la copla y la homosexualidad están muy ligados, como ligadas la homosexualidad y el universo femenino. Fijate que la primera traición del homosexual es su alianza con las mujeres.
-Pues sí, totalmente. Por esa cosa de compartir gustos, ¿no? Cuando te digo “gustos” no me refiero solamente a lo sexual…

-Por entender el sufrimiento más bien, ¿no?
-Exactamente: entender la sensibilidad de las mujeres, el modo de vivir el amor… Incluso, como las mujeres, tener una mentalidad más abierta…

-Cuando cantás la zambra “A ciegas”, versos de Rafael de León, te dirigís a otro varón…
-Sí, porque yo puedo cantarle a otro varón con total naturalidad. Porque el amor no tiene sexo. Si la canción es así, dirigida a un varón, ¿por qué cambiarle la letra?

-Pero vos cantás “esclavo de tu querer” y la Piquer “esclava…”, ¿ves la diferencia?
-No me parece extraño, a estas alturas de la vida tenemos que ser dueños de la naturalidad de cantarle a quien nos dé la gana y así lo hago yo. Me da igual lo que pueda pensar nadie.

-¿Por qué te mudaste a Sevilla?
-Viví diez años en Barcelona y experimenté muchas cosas, pero necesité el paisaje de Andalucía, del Sur. Quería retomar mi contacto con el mundo del flamenco, que no es que lo hubiese perdido, pero llevaba tanto tiempo haciendo cosas con orquesta de cámara, con músicos de jazz o de tango, que tenía ganas de tener contacto con el paisaje andaluz, con esa forma de vida. Estoy muy tranquilo, ¿sabes? He encontrado mucha calma, ya llevo 9 años aquí.

-¿Cómo llegás a cantar en el Colón con Rodolfo Mederos?
-Ocurrió que fui a México, a cantar en el Festival Cervantino y dio la casualidad de que él tocaba un día antes que yo. Yo no lo conocía ni él a mí. Fui a su concierto porque me gustaba el tango, pero de paso para conocer el teatro donde tenía que actuar al día siguiente. Me fascinó Mederos, pensé en cómo me gustaría cantar el tango con orquesta. Así que di mi concierto y me volví a España. Entonces el mismo productor que nos había programado en México se le ocurrió la idea de juntarnos y yo viajé a Buenos Aires para que nos conociéramos. En seguida surgió un cariño tremendo con Mederos, como si hubiésemos ido al colegio juntos. Preparamos un repertorio y lo estrenamos en Sevilla. A partir de allí, hicimos una gira en Noruega, nos presentamos en Madrid y Barcelona hasta que llegamos al Teatro Colón y el Palacio de Carlos V de Granada.

-¿Qué tangos hacían?
-Hacíamos “Fuimos”, “Cuesta abajo”, “Cambalache”, “Trenzas”, “Como abrazao a un rencor”…

-Qué raro que hicieras “Cómo abrazao…”, un tango tan alejado de esa lista un poco for export que señalás…
-Mederos me mandó muchísimos para que escogiese y ese en particular me gustó porque es la carta de alguien que se va a suicidar… Aparte, al estribillo yo lo conocía porque en el flamenco se canta, se ha sacado de ese tango y se ha aflamencado. Solamente se canta eso de  “Nada le debo a la vida, nada le debo al amor…”.

-¿Cómo es tu nuevo disco, “Artesano”, que has grabado con figuras tan importantes del flamenco?
-Tenía ganas de mostrar en un disco lo que hago en directo y lo que soy en esencia. Es un poco el disco que soñaba con tener, con Paco de Lucía, con Manolo Sanlúcar, con Isidro Muñoz como invitados… Después del éxito de Coplas del querer tenía que hacer un disco de flamenco a esa altura. Llamé a la puerta de esos genios con tal suerte de que se abrieron todas y con una disposición que no me puedo creer.

-Con este disco empezás a componer algunas cosas…
-Componer lo que se dice componer, hombre… Algunas letras nomás. Antes ya había hecho alguna letra, pero nunca he dicho que era mía. Más que escribir, soy de la generación de apuntarlas en el móvil, me las canto en el móvil.

-¿Qué pasa que tus discos no están editados en Argentina?
-Eso me pregunto yo. Sí estaban en Buenos Aires los de Harmonia Mundi, pero no los últimos, que son de Universal y que supuestamente tiene más poder para sacarlos. Contigo hago un llamamiento a Universal Music de Argentina y España para que editen allí mis trabajos.

-¿Cómo va a ser el concierto que llevás a Buenos Aires?
-Está dividido en dos partes, una flamenca más tradicional y otra en la que viene Joan Albert Amargós, que ya sabes que es un genio de la música, para hacer algunas coplas. Luego cantaré algún tango, veré si puedo invitar a Mederos…

-Volvamos al inicio: ¿cómo escuchás ahora tu voz a través del micrófono en relación a aquella primera vez que me contabas?
-Me reconozco más. Ahora ocurre que soy más metódico con el sonido. Siento que tengo la voz más hecha a mi personalidad, con otra naturalidad, porque cuando empiezas tiendes a imitar… Ahora escucho mi propio sonido. Tu propio sonido es el que va del alma hasta el color de tu voz. Es tuyo, es el que te ha tocado tener, el que has ido curtiendo. Tu propio sonido es el más bonito que existe.

-Digamos que el cante te ayudó a conocerte…
-Ay, Diego, no sabes cuánto… La oportunidad de contar mis sentimientos más hondos y más profundos y más íntimos es a través de la música. Yo he usado al flamenco de terapia muchísimas veces.

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