Mi escena primaria




En la terminología psicoanalítica llámase «escena primaria» a la, real o imaginada, circunstancia en que el niño es testigo del coito de sus padres. Se reputa a esta visión usualmente como traumática y nuclear en el devenir del desarrollo del individuo. Siempre según la teoría psicoanalítica, el coito sería interpretado por el niño como una agresión del padre a la madre dentro de una relación sadomasoquista: a su vez, dicho suceso provocaría una excitación sexual en el niño que al mismo tiempo le inocularía un germen de angustia. Pero no cualquier angustia sino el mismísimo temor a ser castrado.

Por cierto, o no recuerdo a mis padres en semejante -para ellos- goloso trance o reprimida albergo mi escena primaria en los entresijos hipocampales. Sea, como fuese, sublimadora como siempre la poesía a mí acude:

cuerpo anterior

El arco iris atraviesa a mi padre y a mi madre
Mientras duermen. No están desnudos
Ni los cubre pijama ni sábana alguna
Son más bien una nube
En forma de mujer y hombre entrelazados
Quizás el primer hombre y la primera mujer
Sobre la tierra. El arco iris me sorprende
Viendo correr lagartijas entre los intersticios
De sus huesos y mis huesos viendo crecer
Un algodón celeste entre sus cejas
Ya ni se miran ni se abrazan ni se mueven
El arco iris se los lleva nuevamente
Como se lleva mi pensamiento
Mi juventud y mis anteojos.

Por supuesto, la represión, ese piadoso olvido, es lo más probable. Habiendo transcurrido los primeros años de mi vida arracimado con dos hermanos en la alcoba de mis padres, imposible sería no haber percibido ese resoplido ahogado que trata de no ser sino de parecer. Quizá mis propios somniloquios precipitaron la interrupción cautelosa, la abreviación del goce, la premura del disimulo. Pobre padre, pobre madre. Tras las largas jornadas diarias para que nada nos falte, extenuados y deseosos de no estarlo, mirando el reloj mientras su quisquilloso vástago no se dormía cual si intuyese edípicamente algo, calculando si valía ya la pena, si no era mejor aprovechar unos minutos más de sueño en vez de dedicarse a improvisar arcoíris desvaídos.

Tal vez inquieto por dichos repetidos simulacros de escena inconclusa y por mi frustrante incapacidad de espiar en vela, solía aventurarme en los armarios y la cómoda materna, escrutador de percudidas lencerías, de desvencijados portaligas, impotente y resignado voyeur de naftalina y de gaveta. Algo buscaba, algo sospechaba en su ira Edipo mientras los días de Layo y de Yocasta se consumían entre privaciones y discordias.

En aquellos procelosos merodeos accedí al cajoncillo con llave del velador de mi madre: entre papeles antiguos y revoltijo de envoltorios -¿qué escondían?-, encontré lo que sería mi escena primaria: una píldora -pero no la anticonceptiva-, aunque de hecho, había sí un disco giratorio que hablaba de cierto ritmo y que yo malentendí por un método para hacer rítmicos los movimientos -¿pero cuáles?-.

La píldora que hallé venía en un tubito metálico, liso y frío, duro de abrir y donde las pastillitas no tenían el confite colorado de otras que eran para la alergia y que yo lamía hasta que se acababa el dulce y escupía el resto. Éstas no, éstas eran amargas desde el principio. Su envase estaba rotulado con grandes letras que rezaban Ansiopaz.

Mamá tomaba estas pastillas. O sea que mamá ansiaba paz. Y esas pastillas le daban paz.

No ha sido fácil y no sé cuánto haya podido resolver mi complejo de Edipo enfrentado no a mi padre sino a un tubo de benzodiazepinas.

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