Metáforas de la Córdoba revolucionaria

“Para maximizar los votos hay que minimizar los principios”, cita el historiador y politólogo cordobés César Tcach. Usa esa sentencia para ilustrar la actualidad de la mayoría de los partidos y movimientos políticos. En Córdoba y en el mundo. Pero eso no siempre fue así. Su último libro, De la Revolución Libertadora al Cordobazo. Córdoba, el rostro anticipado del país (Siglo XXI) da cuenta de una época en la que la arena política era otra. Tiempos de compromisos. Su investigación recorre el período que va desde septiembre de 1955 a mayo del 1969, días de tensiones entre el conservadurismo vinculado con militares, Iglesia y empresarios, y su contracara, representada por las vanguardias obreras y estudiantiles que imaginaron su ciudad como la capital de una futura patria socialista. Fueron años en los que los gobiernos militares alternaron con otros elegidos por el pueblo, pero bajo una democracia ficticia empañada por la proscripción del peronismo. “Si algo mostró Córdoba durante ese período fue la fortaleza de su cultura política”, dice Tcach. De aquello poco queda. Fue durante esos años que la provincia gestó dos mitos que entonces tenían cimientos firmes pero que hoy son cuasi discursivos. El de “Córdoba como una isla”, una contracorriente capaz de desafiar al país, y el de sus acciones políticas (Reforma del 18, Cordobazo) como “rostro anticipado del país”, capaz de influir en el rumbo del país. La charla con Tcach no rehúye al uso, insípido, que los “nuevos” dirigentes cordobeses hicieron de aquéllas virtudes. “Tanto Angeloz en su momento como hoy de la Sota, no escaparon a la fascinación por el uso instrumental de eso mitos previos”, dice Tcach. Pero es tiempo de volver a su libro, a esos 14 años en los que los cordobeses tuvieron sólo 5 años de gobiernos elegidos por el pueblo: el del frondicista Arturo Zanichelli, y el del radical Justo Páez Molina, que acompañó la experiencia presidencial de Arturo Illia. Si hubo una vez una isla vanguardista, estas son algunas de sus memorias.

El apoyo de los radicales al golpe del 55, autodenominado Revolución Libertadora, fue cívico militar, ellos tomaron las armas…

Sí, tomaron las armas. En las fotos de los diarios de la época vemos camiones con chicos de la Acción Católica, de los demócratas, de los socialistas y de los radicales. Mientras en el resto del país la mayoría de los civiles se dedicaba a escuchar los acontecimientos por radio en Córdoba no. En Córdoba no fue un mero cuartelazo. Hubo una participación de civiles muy relevante en el derrocamiento de Perón.

El golpe tuvo dos momentos clave, el bombardeo a la Plaza de Mayo y la «revolución» de septiembre. ¿Cómo medir el peso de esos dos hechos a la hora de evaluar la decisión de Perón de irse del país?

El podría haber aplastado la Revolución en Córdoba, pero decidió no hacerlo, porque hubiera implicado una masacre, la muerte de muchísimas personas.

¿Cómo definiría entonces el papel del radicalismo?

Hay dos etapas de la Revolución Libertadora en Córdoba. La primera de predominio católico y la segunda de predominio radical. Con los conservadores del Partido demócrata participando de las dos etapas. En solamente ocho años, desde 1955 a 1963 el radicalismo transita el camino desde su participación en la revolución de septiembre, el momento en que Lonardi proclama a Córdoba capital del país durante cuatro días, hasta llegar a la presidencia con Arturo Illia. El lugar de Córdoba en esa revolución tiene que ver con dos factores, allí confluyen un radicalismo muy poderoso y un catolicismo muy poderoso. Convergen en el derrocamiento de Perón. La revolución de septiembre contribuyó a reforzar el mito de Córdoba como rostro anticipado del país, mito que tiene un trasfondo histórico. Es una metáfora que se corresponde con la realidad. La Reforma del 18 en Córdoba antecedió e impulsó movimientos estudiantiles en el resto del país y América latina; el cordobazo anticipó el tucumanazo, el mendozazo…

Y esa idea se fortalece durante esos años…

Sí. En 1959 se produce un giro a la derecha del gobierno de Frondizi, que pone a Alvaro Alsogaray como Ministro de Economía y de trabajo. Arturo Zanichelli, que era el gobernador de Córdoba, no compartió esa decisión, ni la legitimación de la participación militar en la represión interna a través del plan Conintes. En franca oposición, Zanichelli empezó a reunirse en la casa de gobierno con Agustín Tosco, con Atilio López, manteniendo una política de puertas abiertas hacia el sindicalismo. Incluso llegó a pedir, a través de un escrito firmado por los diputados provinciales, la libertad de los presos políticos encarcelados bajo el plan Conintes. Hay un desafío al gobierno de Frondizi.

Lo que motiva una definición exagerada, Alain Rouquié lo llama en algún momento neoperonista a Zanichelli..

Yo no se si lo era. Pero sí puedo afirmar que esa decisión abona la metáfora de Córdoba como una isla.

El hecho de haber tenido un gobierno democrático, el de Sabattini, durante el la dictadura del 30 habrá contribuido…

Claro. Abona la metáfora de Córdoba como una isla. Vale el ejemplo que decís de Sabattini. Mientras en el país en la década del 30 gobierna una dictadura, en Córdoba en el 36 hay un gobierno elegido democráticamente sin fraude. Así nace esta idea de que Córdoba puede ir a contracorriente de lo nacional.

¿Y qué se deduce de estas dos metáforas?

Qué Córdoba tenía una cultura política fuerte. Cuando se dice Isla, se dice autonomía, remite a un orgullo, a una capacidad de decidir como ciudad estado. Y en el caso de rostro anticipado del país se está diciendo que Córdoba no sólo tiene autonomía sino que puede influir de manera decisiva en el rumbo nacional. Esto evidencia una cultura política fuerte, portadora de valores y proyectos propios, que además puede incidir en el ámbito nacional.

¿De dónde surgen estas cualidades, estas tensiones?

Hay dos ideas a tener en cuenta. Una es la de Córdoba como ciudad de frontera, que la trabajó inicialmente José M Aricó. Y la otra es la de Córdoba como ciudad enclave. Cuando se habla de la ciudad frontera se refiere a un aspecto cultural: entre lo tradicional y lo moderno, entre lo progresista y lo reaccionario, entre lo laico y lo clerical. Ambas córdobas conviven en tensión, y es justamente esa convivencia en contraposición, la que le dio a la dinámica política cordobesa una virulencia muy particular. Pero esta idea de ciudad frontera, en el período que va del 55 al 69 debe asociarse con otra, que la de ciudad enclave automotriz. En la Córdoba de los 60 cuando se paraba la industria automotriz, se paraba la ciudad, la provincia. Ese era el eje de la actividad económica.

Un nuevo actor social…

Los actores eran un proletariado joven, que no había vivido la experiencia peronista, y que por ello era más permeable a las ideas de izquierda que recorrían América latina. Era culto, porque estaba bien pago, y tenía acceso a consumos culturales. Muchos estudiaban en la universidad. No es casualidad que Santiago Pampillón, la primera víctima del gobierno de Onganía, pasara a ser un símbolo, un emblema por reunir en una persona la condición de obrero de la Kaiser y ser a la vez estudiante de ingeniería. Pasó a ser un símbolo de la unidad obrero estudiantil.

Esa clase obrera industrial se articuló en sindicatos que desde 1957 habían comenzado a recorrer los senderos del pluralismo. A diferencia de lo que ocurría en el peronismo

¿Cómo se gestó ese pluralismo?

Cuando se produce el Golpe o Revolución del 55, se mandan intervenciones nacionales a todas las regionales de la CGT. Había un interventor militar en cada regional. Y la primera regional que se normaliza es la de Córdoba. En el 57 se hace un plenario y lo eligen a Atilio López como Secretario General. Era peronista pero de familia radical, y mantuvo una política muy abierta. Pronto entabla relación con Agustín Tosco, y le da forma a esa matriz abierta que logró el sindicalismo de Córdoba. A esto se asocia el componente estudiantil. En las pensiones de Nueva Córdoba o en el barrio de Clínicas se concentraban muchos estudiantes del interior, lejos de la tutela paterna y con lugares de socialización como el Comedor Universitario. Entonces vemos que los actores que participaban de esa Córdoba reunían ciertas características y factores abiertos a una lógica de radicalización política.

Ahora, hay excepciones a esta regla, a esta idea de Córdoba a contracorriente del país. Por ejemplo, Zanichelli, aunque luego lo corra por izquierda es gobernador de la mano de Frondizi, en sintonía con la nación y desbancando al sabattinismo, la opción más lógica para el radicalismo cordobés…

Es cierto. En ese momento acompañó.

¿Y cómo se explica que el electorado cordobés haya optado por Zanichelli?

El elemento de desequilibrio fue la orden de Perón. En las entrevistas que hice, muchos peronistas me contaron que votaron a Frondizi y a Zanichelli tapándose la nariz.

Su caída está emparentada con el giro a la derecha de Frondizi…

No cabe duda. Un episodio, que cuento en el libro, y que creo supone una interpretación original, tiene que ver con el derrocamiento de Zanichelli, algo que pedían los conservadores y el Ejército. En febrero de 1960 explotan los depósitos de combustible de la empresa Shell. En principio causa nueve muertos que, con el correr de los días, sumarán 15. Siempre existió la duda sobre quienes cometieron el atentado.

¿Fue ese el detonante para intervenir la gobernación de Zanichelli?

Sí. No fue la causa pero sí el detonante. Hay que pensar que el día del atentado, estaban Alsogaray y el jefe del Estado en Córdoba. Lo primero que dicen es que la culpa la tiene el comunismo y quienes dejan actuar al comunismo en esta provincia. El Partido Demócrata saca un comunicado acusando de la responsabilidad política a Zanichelli. Y posteriormente el informe Conintes, que era secreto, acusa a Zanichelli de armar bandas terroristas. Pero en relación al atentado, también es acusado un grupo de la Alianza Libertadora Nacionalista.

Y de allí la duda, el interrogante de quién fue…

Por eso yo entrevisté a Carlos Rizzo, el abogado de Pedrotti y de los otros integrantes de la Alianza Nacionalista que habían sido acusados. Le pregunté si creía que sus defendidos eran realmente inocentes. Me respondió que habían sido ellos, infiltrados por el ejército. Esa alianza, cuyo referente era Guillermo Patricio Kelly, que estaba preso, era un grupo muy torpe intelectualmente.

¿Eso quiere decir que el ejército planeó y dirigió el atentado para sacarse de encima a Zanichellli?

Totalmente. Le pregunté a Rizzo por qué, si Zanichelli recibía a la Alianza Libertadora, tenía diálogo con ellos, iban a hacerle esto. Subjetivamente, ellos querían demostrarle al mundo, los huevos que tenían los nacionalistas argentinos, que eran capaces de hacer volar la Shell.

Durante todo este período transcurre lo que podríamos llamar una democracia ficticia, con interlocutores partidarios sí, pero con el Ejército, la Iglesia, las corporaciones en el centro de una discusión que excluye al peronismo de la vida política. Una banalización de la democracia que tiene como contracara la militarización de la política. ¿Es una causa de la otra?

Yo creo que sí. Esa democracia ficticia necesitaba de la militarización de la política. Hay un dato que lo refleja, y es la militarización de la sociedad. Un año antes del Cordobazo, el Instituto Geográfico Militar edita una obra que se llamó Operación contra fuerzas irregulares. Constaba de tres volúmenes, el primero de ellos tenía carácter reservado. Un año antes del Cordobazo, y dos antes de la fundación de Montoneros y del ERP ya estaban previendo y articulando la participación civil en la represión de los enemigos. Decían que los civiles no podían ser neutrales ni pasivos. Y solicitaban su participación patriótica. O sea que un año antes del Cordobazo, estaban pensando y armado grupos paramilitares para reprimir. En el año 69 existía en Córdoba una unidad de inteligencia, un consejo cívico militar clandestino integrado por el Ministro de Gobierno, el Jefe de Policía, oficiales del Tercer Cuerpo, los rectores de las dos universidades, la nacional y la católica, y sectores de las grandes empresas. Era un organismo en el cual las cabezas de instituciones civiles suministraban información al Tercer Cuerpo del Ejército, sobre lo que pudiera ocurrir en sus respectivas instituciones.

El libro revela unas cuantas curiosidades, las elecciones anuladas de 1962, en las que Illia gana la gobernación y Bercovich Rodríguez la intendencia, marcando que le peronismo seguía vivo…

Sí, la clase obrera cordobesa votaba peronismo. Y eso ocurre en una ciudad muy industrializada. Y muestra la incapacidad del arco antiperonista para disolver al peronismo. El sueño de la Libertadora era liquidar a Perón como identidad colectiva.

Es interesante también el intento golpista de abril del 63, para apoyar a los Colorados, los militares más antiperonistas, del que participan los radicales…

Participaron activamente. Tomaron las radios, el correo, eran jóvenes radicales que luego fueron desautorizados por la dirección partidaria.

¿Cómo se explica?

Yo entrevisté a gente que participó en esa intentona, y en la subjetividad de ellos, no se sentían golpistas. Creían que estaban llevando a cabo una revolución radical al viejo estilo yrigoyenista, lo cual era un absurdo. Porque a principios del siglo sí había militares radicales, pero en los 60 los militares abrazaban la doctrina de las fronteras ideológicas. Entonces por qué un dirigente juvenil de barrio San Vicente va a participar de una intentona golpista. Porque en su subjetividad creían que estaban haciendo una revolución.

¿Qué quedó de esa Córdoba de dos caras, la de la patria socialista y el conservadurismo extremo? Hoy los debates son pobres, vacíos, ¿se aniquilaron entre ellas ambas facciones?

Esa Córdoba bicéfala fue destruida por la dictadura militar terrorista instaurada en 1976. Videla y Menéndez la liquidaron. Cambiaron su estructura industrial, su estructura social. Córdoba se ha normalizado, es una provincia como cualquier otra. Los actores sociales que relata este libro ya no existen.

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