‘Menosprecio de los bienes externos’: L. A. Séneca

«Mis palabras se dirigen a los imperfectos, a los medianos y a los dolientes, no al sabio. Éste no debe andar tímidamente y tanteando el terreno; es tal su confianza en sí mismo, que no duda en salir al encuentro de la fortuna ni le cede nunca el paso. Y en verdad no tiene porqué temerla, ya que no sólo los esclavos, las posesiones y las dignidades, sino también su propio cuerpo, sus ojos, sus manos, todo aquello que hace la vida agradable y aun todo su mismo ser, es para él cosa precaria y vive como prestado a sí mismo y dispuesto a devolverlo todo sin tristeza en cuanto se lo reclamen. Y no se menosprecia porque sepa que no se pertenece, antes al contrario, es en todos sus actos tan diligente y circunspecto, como un hombre religioso y formal suele guardar lo que se le confiara. Así que se le mande devolverlo, no se quejará de la fortuna, sino que dirá: ‘Te doy las gracias por todo aquello que poseí. Cierto es que he conservado tus bienes a mi costa; pero, pues tú lo mandas, te lo cedo agradecido y voluntarioso. Si quieres que siga guardando alguno de tus bienes, lo conservaré; mas, si dispones otra cosa, te restituiré toda la plata labrada y acuñada, mi casa y mis esclavos’. Y si la naturaleza, nuestra primera acreedora, nos llamare, le diremos: ‘Recibe mi alma mejor de cómo me la diste; no retrocedo ni me escabullo; voluntariamente pongo a tu disposición lo que entregaste a un inconsciente: tómalo’.»

«¿Qué mal hay en volver allí de donde viniste? Mal vivirá quien no sepa morir bien. Esta es la primera cosa a que hay que rebajar el precio, contando la vida entre lo que menos vale. Como dice Cicerón, vemos con malos ojos aquellos gladiadores que a todo trance quieren defender su vida; aplaudimos, en cambio, a aquellos otros que hacen gala de despreciarla. Debes saber que a nosotros nos sucede lo mismo, y que a menudo el miedo a morir es causa de la muerte. La misma fortuna, que también tiene sus juegos, dice: ‘¿Para qué guardarte, animal dañino y cobarde? Ya que no sabes ofrecer tu cuello, serás más herido y traspasado; en cambio, tú, que esperas animosamente el cuchillo, sin volver la cabeza ni forcejear, vivirás más tiempo y morirás más pronto’. Quien temiere la muerte, no obrará nunca como hombre vivo; pero quien supiere que la muerte le espera desde que fue concebido, vivirá según este pacto, y al mismo tiempo, con igual fortaleza de su ánimo, logrará que no le sorprenda ningún acontecimiento. Porque, considerando toda cosa posible como si en realidad hubiera de realizarse, mitigará el choque de todos los males, que no suponen nada nuevo a quien los aguarda prevenido, y, en cambio, resultan gravosos a quienes vivían seguros y esperando sólo felicidades.»

«Existen las enfermedades, el cautiverio, la ruina, los incendios; pero ninguna de estas cosas me sorprende, porque ya sabía en qué tumultuosa compañía me había encerrado la naturaleza. ¡Tantas veces he oído llantos en mi vecindad; tantas veces pasó delante de mi puerta, precedido de hachas y antorchas, un entierro prematuro; tan a menudo oí junto a mi casa el estruendo de un edificio que se derrumba; la noche se llevó a tantos de los que el Foro, el Senado o el trato amistoso habían ligado conmigo; tantas manos unidas de compañeros separó el hacha del lictor! ¿Cómo he de admirarme si alguna vez me acosan los peligros que siempre vagaron a mi alrededor? Los más de los hombres se embarcan sin pensar en la tempestad. Nunca tendré reparo en citar a un autor malo, si la frase es buena; Publilio, más vehemente que los autores trágicos y cómicos cuando abandonaba sus estúpidos sainetes y los chistes destinados al peor vulgo, dijo entre otras frases, más fuertes no sólo que las de los cómicos, sino aun que las de los trágicos:

‘A todos puede suceder lo que puede suceder a alguno.’

«El que guardare en su médula esta sentencia y considerase todos los males ajenos, que todos los días se multiplican, como capaces de alcanzarle libremente, se armaría mucho antes de ser atacado; puesto que cuando los peligros han pasado es ya demasiado tarde para disponer el ánimo y arrostrarlos. ‘No creí que esto hubiera de suceder’, y ‘¿hubieras creído que algún día pudiera suceder?’. ¿Y por qué no? ¿Qué riquezas hay que no acompañe la pobreza y el hambre y la mendicidad? ¿Qué honores, cuya toga pretexta, bastón augural o calzado patricio, no vayan seguidos de impurezas, señales de infamia, mil manchas y, en fin, el desprecio definitivo? ¿Cuál es el reino que no tiene preparada la caída, la degradación, el usurpador y el verdugo? Y estas alternativas no están separadas por grandes intervalos, sino que basta el espacio de una hora para pasar del solio a postrarse ante las rodillas del otro.»

«Sepas, pues, que toda situación es mudable y que cuanto ocurrió a otro puede también ocurrirte a ti. Eres rico; ¿acaso más que Pompeyo? Sin embargo, a éste, cuando Cayo, antes cuñado suyo y luego su huésped, le abrió la casa de César para que cerrara la suya, le faltaron el pan y el agua. Poseyendo tantos ríos que nacían y desembocaban en sus propiedades, se veía obligado a mendigar el agua a gotas, y murió de hambre y de sed en el palacio de su cuñado, mientras su heredero le pagaba, a él hambriento, unos funerales públicos. Llegaste a la cumbre de los honores; ¿por ventura son tan altos o tan inesperados o tan extensos como los de Sejano? El mismo día en que le escoltara el Senado, fue despedazado por el pueblo, y de aquel hombre a quien los dioses y los hombres habían colmado de felicidades no quedó nada en qué hacer presa el verdugo. Eres rey; no te mentaré a Creso, que vió encenderse y apagarse la pira de su suplicio, sobreviviendo no sólo a su reino sino también a su muerte; ni a Yugurta, a quien el pueblo romano, el mismo año en que le había temido, le vio pasar encadenado. Hemos contemplado a Tolomeo, rey de África y Mitrídates, de Armenia, en las cárceles de Cayo Calígula; el uno fue luego desterrado, el otro deseaba ser libertado con mayor seguridad. Si en medio de semejantes vaivenes, subidas y descensos de la fortuna, no tienes por posible en lo futuro todo lo que puede acontecer, das a la adversidad una fuerza que le quitarías si previeras esa posibilidad.»

Lucio Anneo Séneca (4 a.C – 65) Filósofo y funcionario romano. Imprescindible precursor de los actuales libros de autoayuda -sobre todo Plato, not Prozac!- El presente texto es extraído de su obra «De la tranquilidad del alma.»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *