Medellín. Entre el pasado y el futuro

El sitio donde se asentó la villa de Medellín en 1675 es un valle estrecho y longitudinal en sentido norte-sur y, más que eso, una depresión profunda en la cordillera central de los Andes colombianos, recorrida en todo su eje por el río Aburrá. Ocupadas las tierras bajas, planas o ligeramente onduladas, primero por la agricultura y la ganadería, luego saturadas por la industria y la urbanización, el crecimiento hacia las laderas de occidente y de oriente fue inevitable. Así, las fuertes pendientes fueron ocupadas en distintos momentos históricos por viviendas de recreo, por casas para obreros o por esforzados y tambaleantes tugurios, por edificaciones de uno o dos pisos hasta torres de 30 pisos, por viviendas individuales o urbanizaciones cerradas.

Ese marco estrecho y longitudinal del paisaje ha sido la admiración de los visitantes; en el siglo XIX para los cronistas viajeros era casi obligatorio detenerse en un alto llamado de Santa Elena y describían extasiados el escenario bucólico de casas encaladas, alamedas, verdes prados y arroyos cristalinos que se encontraban mil metros debajo de sus pies. Hoy se sigue contemplando desde ese mismo sitio y desde otros más el paisaje urbanizado al fondo del valle, cuya forma ha determinado en gran medida el crecimiento de la trama de la ciudad, la pintoresca arquitectura popular en ladrillo de las laderas y la espesa contaminación atmosférica y auditiva.

La ubicación en un lugar agreste de la geografía andina más el encerramiento mismo de Medellín podría tener otras implicaciones sociológicas y culturales. La villa que se convirtió en capital provincial en 1826 estaba lejos del mar y los puertos, y no tenía vías de comunicación fáciles. La cultura provinciana, cerril, conservadora, que se formó en toda la región de Antioquia, construyó un imaginario en el que los habitantes eran parte de la “raza paisa”, a la que se le atribuyeron valores como trabajo, pujanza, inteligencia, viveza e incluso adscripciones de tipo étnico y religioso (blancos y católicos). Así, aislada entre montañas, se planteó en la ciudad desde entonces una tensión entre la endogamia cultural y el deseo de insertarse en el mundo, de mirar qué había más allá del perfil cordillerano que la circuía. Mientras se mantenía en su lento trasegar, su clase dirigente buscó romper el aislamiento mediante vías de comunicación que la conectaran con los mercados del mundo, algo que se logró por primera vez con la construcción del Ferrocarril de Antioquia entre 1874 y 1912.

LA CIUDAD DE LA ETERNA PRIMAVERA
Al protagonismo administrativo, político y religioso que ya había logrado en diferentes momentos del siglo XIX, Medellín sumó entonces el económico, espacial y vial, y se convirtió en la segunda ciudad más poblada de Colombia. Las transformaciones urbanas y arquitectónicas acompañaron ese crecimiento demográfico, y el ideario de progreso y civilización se inoculó con fervor; un ideario cuya premisa básica era demoler para alcanzar las aspiraciones futuras. Mientras se enriquecía la tradición del “paisa” emprendedor e industrioso, aferrado a su tierra, se miraba al mundo para copiar o adoptar aquello que se considerara válido a sus principios. Una curiosa mezcla de ideal renovador en lo físico material y a la vez fidelidad a las tradiciones.

Barriendo las viejas casonas y construcciones representativas, se erigió entre los años treinta y setenta la ciudad vertical y moderna, de edificios de apartamentos –llamados “de renta”–, comerciales o bancarios, con arquitecturas renovadoras, obras insulsas del estilo internacional o casos que terminarían convirtiéndose en paradigmáticos, como el edificio Coltejer. En lo urbanístico, se siguieron los dictados del ciam (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna) mediante el Plan Piloto elaborado en los años cincuenta por José Luis Sert y Paul Lester Wiener; y posteriormente se pusieron en marcha los planes viales que ordenaron el espacio.

La idea de encerramiento y la necesidad de conexión con el mundo aún se mantienen. Desaparecido el ferrocarril hace años, se busca llegar al mercado mundial mediante autopistas, túneles y viaductos que unan a la lejana Medellín con un puerto de aguas profundas en el golfo de Urabá, al noroccidente de Colombia.

El provincianismo cultural, si bien muchos creen que aún subsiste, se ha combatido desde lejanos tiempos con el desarrollo de rutas, el tránsito de ideas que van aparejadas con las mercaderías, y otros medios de comunicación. El cine y la música, para señalar dos ejemplos, crearon otros imaginarios citadinos, que en un proceso largo y complejo tuvieron consecuencias en el entorno social y urbano. Carlos Gardel y el tango, por ejemplo, que fueron la expresión de los nuevos proletarios de la ciudad industrial en que se convirtió Medellín en la primera mitad del siglo XX; o la salsa neoyorquina, que llegó en los años setenta a los barrios obreros de la mano de las nuevas generaciones, que se aventuraron como “mulas”, para, luego de “coronar”, regresar cargados, pero esta vez de la música de los ídolos neoyorquinos.

LA CIUDAD QUE DESBORDA EL VALLE
La crisis económica del país y de la ciudad, la falta de oportunidades de empleo, las ansias de enriquecimiento rápido, encontraron en el narcotráfico una alternativa. Fuera de moralismos, este mercado ilegal tal vez fue la primera inserción real y simultánea en el mercado mundial, un antecedente de la pretendida globalización. Nuevas modas, lenguajes y estéticas se imbricaron en el gusto popular y dieron lugar a lo que muchos años más tarde se conocería como Narc Decó, construcciones de dudosa gramática arquitectónica, pero con una pluralidad extravagante de versiones. Las formas atávicas no necesariamente desaparecieron sino que se hibridaron, de ahí que la religiosidad popular fuera usada para invocar beneficios en las acciones criminales haciendo peticiones a las distintas advocaciones marianas. Surgió una clase cuyo epígono, Pablo Escobar, proyectó al mundo la ciudad de Medellín por su desatino, locura y barbarie, que alcanzó el clímax en las masacres, las acciones sicarias y las bombas entre fines de los años ochenta y diciembre de 1993, cuando él mismo murió acribillado. La añorada arcadia perdida, la ciudad maldecida por el escritor Fernando Vallejo en las tres primeras novelas de El río del tiempo (Los días azules, El fuego secreto y Los caminos a Roma), esa ciudad chiquita, la de la “eterna primavera”, “en donde crecimos juntos, y nos corrompimos juntos… se desbordó del valle, y como osado ciclista se fue a subir y a bajar montañas”, fue literalmente explosionada y masacrada por la violencia del narcotráfico, narrada por el mismo Vallejo en La virgen de los sicarios, para hacerle honor al atavismo religioso.

Se inaugura así una literatura que el escritor Héctor Abad Faciolince llamó “sicaresca”, la de los jóvenes de No nacimos pa’ semilla (de Alonso Salazar) o de la película No futuro, del cineasta Víctor Gaviria. Relatos que muestran una ciudad con una acentuada segregación socio-espacial por la estigmatización de los barrios marginales, en donde los jóvenes se embarcan en una frenética guerra al servicio de los narcotraficantes, las guerrillas o las delincuencias armadas, pero en la que a su vez surge un nuevo lenguaje urbano: el parlache, tan marginal como sus creadores pero que terminó imponiéndose en los demás grupos sociales, no sólo de Medellín sino del país.

LA CIUDAD REINVENTADA
De esa ciudad colapsada, fragmentada, desesperanzada, surgió la necesidad de plantear alternativas urbanas y de vida. De recuperar la noche perdida, el espacio público y los lugares de memoria. Obras físicas pero también procesos sociales; lo uno sin lo otro no era posible.

El ejemplo más contundente es la construcción del Sistema Masivo de Transporte –familiarmente, el Metro– como símbolo de ese tránsito del caos urbano y social de los años ochenta a las transformaciones iniciadas en los noventa, pero consolidadas sólo hace cinco años. Aprobado en 1982, recién se inauguró en 1995, con señalados casos de corrupción antes y después, y un paréntesis en las obras entre 1988 y 1992, en el momento más álgido de la crisis de la ciudad. La finalización de las obras fue emprendida como un desafío y una estrategia política. Si bien la mole de concreto del viaducto arrasó parte del centro de la ciudad, cada una de las estaciones, al igual que los bajos del mismo viaducto, se pensó como un renovado espacio público. A la obra ingenieril y arquitectónica se sumaron las ventajas de la movilidad, pero, sobre todo, un uso y una apropiación que determinaron una nueva idea de cultura urbana.

A partir de allí se planteó la recuperación del centro de la ciudad con una diversidad de proyectos no cumplidos en su totalidad, pero que poco a poco perfilaron otro escenario urbano. Así, antiguos cementerios de carros se convirtieron en plazas (Parque de San Antonio), algunos lugares representativos fueron restaurados (Estación del Ferrocarril, Paraninfo de la Universidad, Palacio de la Cultura), se reciclaron edificios históricos para un uso comercial o cultural, se construyeron otros edificios administrativos simbólicos (sede de las Empresas Públicas Municipales y Museo Interactivo), se reubicaron los vendedores ambulantes en módulos del amoblamiento urbano o en locales comerciales colectivos denominados “bazares”. Estas estrategias sueltas paliaron pero no determinaron un cambio significativo a escala mayor. Sólo a partir de 2004, estas acciones puntuales se convirtieron en sistemáticas, en la medida en que partieron de una política de gobierno; eslóganes como “Medellín, la más educada”, “Del miedo a la esperanza” o “Urbanismo social”, eran la proyección de una idea de sociedad deseada y buscada, y las obras físicas urbanísticas y arquitectónicas fueron la respuesta a ese planteo.

Al mismo tiempo, un conjunto de obras ejecutadas en las diferentes comunas de la ciudad generaron procesos de inclusión social real en todos los órdenes. Con sistemas novedosos como el denominado metrocable (cabinas por cables aéreos) se mejoró la movilidad hacia barrios periféricos encaramados en la ladera nororiental y centroccidental, y se habilitaron nuevos espacios urbanos en estaciones y bulevares; cinco parques-bibliotecas en barrios populares configuraron lugares de encuentro y socialización (“parches”, en el lenguaje barrial) para los jóvenes; parques lineales en las márgenes de las quebradas permitieron recuperarlas ambiental y paisajísticamente; peatonalizaciones en el centro urbano y en los barrios populares disminuyeron impactos ambientales y produjeron nuevas formas de sociabilidad; edificios temáticos, como el Parque Explora, acercaron la población a la ciencia y la tecnología, entre otras intervenciones. Muchas de ellas se hicieron ex profeso para ir conectando lo que estaba disperso y construir así el nuevo tejido social y urbano. Otras se fueron haciendo sobre la marcha hasta definir los denominados Planes Urbanos Integrales.

En todo este intenso y prolífico accionar, la arquitectura jugó un papel fundamental. Arquitectos colombianos representativos y un equipo de la Universidad de Tokio fueron los encargados de las obras. La dignidad espacial, el simbolismo expresivo de las formas, la calidad material y la novedad técnica fueron pensados desde lo político- administrativo como atributos y principios de la transformación social. El derecho a la estética que se reclamaba de tiempo atrás para los sectores populares se planteó como premisa. Concursos y bienales nacionales e internacionales han reconocido el valor de estas construcciones, que transformaron radicalmente el paisaje de Medellín. Pero esta es una arquitectura que no se puede desligar de su función, de la manera en que se usa, ni de su gestión y administración o de sus implicaciones sociales; por eso mismo, los premios concedidos han tenido en cuenta valores extraarquitectónicos: sociales, políticos o simbólicos.

Hace mucho que Medellín se propuso ser una ciudad global, tal vez por eso alguna parte del urbanismo y la arquitectura producida es mediática. Una ciudad que acude al arquitecto estrella, aunque en versión local, con la idea de la arquitectura espectáculo que inunda las ciudades globales, mientras que en lo urbanístico bascula entre el “modelo Barcelona” y los ensayos más ajustados a la realidad local, especialmente afortunados en las intervenciones de mejoramiento barrial in situ.

La ciudad del caos y la incertidumbre se planteó una visión esperanzadora (“Del miedo a la esperanza” era la consigna gubernamental) y lo ha logrado. Hoy se proyecta en el escenario internacional por su capacidad de transformación e inclusión. Pero ¿será sólo presente?, ¿un pequeño paréntesis antes de que los fantasmas del pasado renazcan en el futuro? En su novela Angosta, el escritor Héctor Abad Faciolince es un pesimista futurista. Angosta (clara y evidente referencia al valle donde se asienta la ciudad, pero también a la mentalidad –¿de su clase dirigente?–) es una metrópoli que siguió subiendo y bajando montañas en términos vallejianos, para generar una ciudad de tres pisos, tres gentes y tres climas: el de la Tierra Fría, el de la Tierra Templada y el de la Tierra; un planteo literario que sigue la actual tendencia geográfica y urbanística en el valle de San Nicolás, el valle de Aburrá y la región de San Jerónimo y Santa Fe a orillas del río Cauca, pero donde se configura una metrópoli segregada y conflictiva. ¿Un futuro con vueltas al pasado de endogamias sociales y culturales después de un paréntesis optimista y de apertura?

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