«… ME LEVANTARE, IRÉ A MI PADRE Y LE DIRÉ…»

La parábola del hijo pródigo nos presenta por lo menos tres maneras distintas de vivir en consecuencia a esa fe que tenemos, a ese estilo de vida que pretendemos; tres maneras diferentes de enfrentarnos con una realidad cotidiana, que podemos aplicarla a nuestras instituciones.

Tres personajes que nos dicen desde la fe, quiénes somos, qué sentimos y podemos hacer y no hacer.

Estos párrafos  que acabo de transcribir, corresponden al editorial anterior. Desde allí nos internaremos en el de hoy, a través de la figura del hijo menor de la parábola. Entre los vaivenes de sus actitudes, veremos emerger lo mejor: la nobleza y grandeza de su corazón.

Es necesario hacer algunas precisiones, para no confundir campos, para no depotenciar el evangelio y para que lo que escribimos nos resulte útil.

Ante la actitud del hijo menor de reclamar su parte de la herencia e irse de la familia, se impone hacer una distinción de planos. Una cosa es hablar de la pertenencia a un contexto familiar y otra muy distinta es hablar de la pertenencia en un contexto laboral.

Cuando la relación es laboral, es más difícil hablar de estos temas, aunque la sustancia de lo que digo es correcta y conviene, ya que si hay una institución cercana a la familia, esa es la escuela. De todas maneras, la familia de origen no se elige y la escuela sí.

Partimos de la frase del hijo menor:  “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde”.

Ya en el terreno de las conjeturas, podríamos decir, que no se sentía a gusto bajo la tutela paterna. Tal vez para sus ansias juveniles, el tener ya definido un proyecto de vida en ese ámbito era considerado de poco valor.

He escuchado muchas veces en estos tiempos, “…ya llegué a mi techo….”, por lo tanto hay que buscar nuevos rumbos. Y es una frase y un criterio que dan mal olor.

Ojalá que el Señor me dé luz para darme a entender y poder decirles de manera clara, qué es lo que quiero explicarles.

Pero repito, esa frase da mal olor… Algo tiene que huele mal. Por ejemplo, si decimos que estamos en el techo, hay que ver en el techo de qué. ¿En el techo profesional? ¿En el techo económico? ¿En el techo familiar? ¿En el techo humano?

Tal vez se liga demasiado el crecimiento personal a la actividad profesional y se obliga a la familia, a vivir riesgos de algo que estaba más o menos seguro, por una necesidad de “superación de techo”, que vuelvo a decir, no la veo del todo clara. “Superación de techo” de un miembro de la familia, suena a veces a pensar demasiado en sí mismo y a olvido del contexto.

Por otro lado, la gran ausente de estas decisiones es la santidad. Santidad que da el Señor, claro. Entre mí pienso: ¿estará tan ligada a la santidad la superación profesional, que obliga a vivir algunas cosas y realizar algunas opciones que no son seguras para el resto de la familia?.

Incluso lo he escuchado de personas que tienen un compromiso apostólico  con la obra en la cual trabajan y a la cual pertenecen. Algo huele feo cuando se dice la expresión “…estoy en mi techo…”.

Creo que es mejor pensar, qué es lo que el Señor quiere. Por que en realidad, el techo de una humanidad que es capaz de compadecerse, de un hombre cada vez más hombre o de un humano cada vez más humano, lo da el Señor que es capaz de hacer de las “piedras hijos de Abraham”. Fuera de Él, o de la familia o en el caso de los consagrados, los pobres, nada puede ser techo para el hombre. No me atrevería a afirmar que la actividad profesional pueda resultar “techo” para una profundización humana.

Esas ansias ilimitadas de un crecimiento a su vez ilimitado, suenan a hombres desprovistos de sus límites humanos, a pretensiones angélicas y ya sabemos cómo termina el hombre que quiere marchar más rápido de lo que su humanidad le permite.

Justificaría más un cambio por una mejora económica, que aquello del “techo”. Son cuestiones disputadas, por lo tanto admito disensos. Es más: como es un tema que me interesa, porque está bastante en boca de muchos, me vendría muy bien escuchar otros fundamentos porque tal vez puedo equivocarme.

Volviendo al tema, estas conjeturas se me ocurrían al tratar de interpretar cuál habría sido el pensamiento de este hijo menor que decide irse de su casa buscando nuevos rumbos para su vida tal vez con la impresión de que una vida tan opaca, silenciosa y monótona, no era para él.

Aún no sabía, quizá por demasiado pequeño, que lo que da sentido, color, plenitud, hace fuerte, hace crecer y quita esas ansias de recorrer mundo que dejan con la sensación de las manos vacías, es esa pertenencia (pertenencia cordial nos dirían las Líneas Pastorales) a algo o a alguien, ese afecto fraternal y filial que nuestro Señor da a cada uno a través de la familia y de su comunidad.

Ahora bien. Si miramos desde el sacerdote, el religioso o la religiosa, el docente, el directivo, el apoderado legal, ¿tal vez no sería conveniente que si no se está a gusto en una institución educativa sea preferible dejarla?.

Reconozco el peso que significa para la misma persona estar a disgusto en un lugar y es fácil percibir desde la comunidad, cuando se comienzan a buscar motivos que justifiquen la salida. Y la influencia negativa en el humor de sus compañeros o colegas al transmitir una carga grande y permanente de pesimismo, ironías y desánimo.

Hoy sin embargo nos detendremos en esa extraordinaria nobleza que subyace en este hijo menor. Puede darse cuenta hasta qué lugar ha caído y tomar la decisión de emprender el camino de retorno. No abundan las personas que pueden reconocer con argumentos honestos, que en otra situación se encontraba mejor.

También sé que no es fácil. Eso nos habla de grandeza de corazón. Grandeza y nobleza de corazón. Y fuera de los padres o de la familia o la que inspira el Señor en el corazón de la Iglesia, si el docente no la tiene, quién la va a tener.

Tradicionalmente ha sido patrimonio de nuestros docentes. Saber exactamente quién es y qué hace en cada momento. Qué es lo mejor para sus niños, para la escuela y para el país. Y ese saber ha anidado y ha resultado fecundo para la Patria en su grandeza de ánimo y en su nobleza de corazón.

Como comunidad política y bajo esa luz docente ¿no será éste el momento de decir con el hijo menor: “…me levantaré, iré a mi padre y le diré…” y retornar a la familia, a la Patria, a Dios?

 

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